Noruega no es socialista
VICTOR H. BECERRA
Mucha gente, y los socialistas de manera preponderante, han estado obsesionados con hacer creer a otras personas que Noruega es un país socialista, ante el fracaso de regímenes como Cuba, Venezuela y otros: solo mintiendo pueden presumir algo. Pero eso está muy lejos de la realidad. Si por socialismo entendemos que el estado sea dueño de empresas estatales, el control de la producción, que haga planificación de la economía y que controle los precios, entonces tal concepto no corresponde a Noruega.
Digámoslo claro: Noruega nunca ha sido un país socialista. Si bien tiene un estado benefactor muy sobredimensionado con altos impuestos y gasto público, en él se respeta la propiedad privada mediante un estricto estado de derecho, no hay expropiaciones, ni planificación estatal o barreras de entrada impuestas por la burocracia. Noruega mantiene estabilidad monetaria, sin intervención gubernamental. El país tiene un gran compromiso con el libre comercio. Noruega es además un paraíso para comenzar nuevas empresas. Ninguna de estas características de Noruega corresponden al socialismo.
El ABC de una economía de mercado
HENRY HAZLITT
Básicamente, sólo hay dos maneras de organizar la vida económica. El primero es la elección voluntaria de familias e individuos y la cooperación voluntaria. Este acuerdo ha llegado a conocerse como el libre mercado. La otra es por orden de un dictador. Esta es una economía de mando. En su forma más extrema, cuando un estado organizado expropia los medios de producción, se le llama socialismo o comunismo. La vida económica debe estar organizada principalmente por un sistema u otro.
Por supuesto, puede ser una mezcla, como desgraciadamente lo es hoy en día en la mayoría de las naciones. Pero la mezcla tiende a ser inestable. Si es una mezcla de una economía libre y una economía coaccionada, la sección coaccionada tiende a aumentar constantemente.
¿Tienen los socialistas buenas intenciones?
GRANT BABCOCK
En discusiones de ideologías liberales (según el término norteamericano de “liberal”) los socialistas son frecuentemente alabados por al menos tener buenas intenciones, aunque sean ingenuas o ignorantes – a diferencia de los fascistas, quienes tienen la intención de causar daño a ciertos grupos de personas. Mientras se sobreentiende que los fascistas tienen malas intenciones, la comparación los coloca en un estándar muy bajo para los socialistas. El admitir que los socialistas tienen buenas intenciones les confiere demasiado mérito.
Antes de continuar, es necesario aclarar a lo que me refiero con “socialismo.” El socialismo es cualquier ideología en favor de someter la producción económica al control democrático, ya sea una democracia representativa o más directa. Es decir, en lugar de actores económicos individuales – con derechos garantizados sobre su trabajo y su propiedad – tomando decisiones sobre qué y cómo producirlos, dichas decisiones son tomadas de manera política. Pero hay áreas grises aquí: la mayoría de las economías del mundo real son “economías mixtas”, las cuales incluyen elementos tanto socialistas como capitalistas. Si debemos fijar un límite claro, existen buenas razones para seguir a Ludwing von Mises, quien dijo que “la clave es identificar si una economía tiene un mercado de valores.”[1] Por ejemplo, Cuba no ha tenido un mercado de valores desde la revolución. El de Venezuela existe, pero a estas alturas es sólo un vestigio de lo que era, teniendo sólo una docena de empresas cotizadas en la bolsa, con un bajo volumen de comercio y la amenaza de nacionalización siempre presente.[2] Pero el término que estoy usando en el presente artículo no sólo abarca los socialistas bajo la definición más estrecha – esos que están en el lado socialista según el límite de Mises – sino a personas como Bernie Sanders que quieren presionar hacia el lado más socialista del espectro político. El argumento que estoy ofreciendo se aplica incluso a personas relativamente moderadas, como Elizabeth Warren, quien busca intimidarnos hablando sobre la necesidad de que la empresa privada sea responsable (legalmente) hacia el “bien público” como ellos lo entienden.
Propuestas liberales contra el cambio climático
JUAN RAMON RALLO
Se hace imperativo que los liberales expongamos alternativas que descarbonicen la economía minimizando los perjuicios sobre nuestras libertades y nuestra prosperidad.
Durante demasiado tiempo, demasiados liberales se han centrado en cuestionar la existencia misma del cambio climático antropogénico. Algo legítimo —siempre que se haga desde el rigor y la honestidad—, pero no consustancial al pensamiento liberal. El liberalismo, como filosofía política que es, no entra como tal en el debate sobre la existencia o inexistencia del cambio climático (para eso existe la climatología), sino en cómo preservar la libertad individual en los distintos contextos sociales imaginables: y uno de esos contextos, claro, puede ser perfectamente el de un mundo donde la actividad humana sí genere cambios en el clima. Por tanto, el liberalismo, como filosofía política, sí debería tener mucho que decir acerca de cómo frenar el cambio climático de un modo que resulte mínimamente invasivo en las libertades individuales.
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