Los manifestantes chilenos afirman que la desigualdad los obligó a hacerlo
IVAN CARRINO
Un coche detiene su marcha frente al semáforo en rojo. Al volante, un abogado de 40 años mira su teléfono celular para comprobar la hora. Ella espera llegar a casa y ver a sus hijos.
De repente, se oye un estruendo.
En cuestión de segundos, el ladrón entra en el vehículo por la ventana y coge su bolso, que estaba en el suelo del asiento del pasajero.
Aterrorizada, mira los daños de su coche. La ventana se ha roto y la cartera no está. También han desaparecido su dinero, la tarjeta de crédito y algunas fotos de su familia.
Sin embargo, está feliz de estar viva e ilesa.
Los observadores parecen estupefactos, con miedo… indignados. En cualquier país normal, si el ladrón es arrestado, irá a juicio. En ese caso, podría tratar de justificarse diciendo que robó porque él «no tenía nada», mientras que ella «tenía mucho».
Una vez más, en un país donde las instituciones funcionan correctamente, el ladrón cumpliría una sentencia. Así que sin importar el motivo, el hombre será sancionado.
Por último, esto le parecería bien a todo el mundo. A nivel «micro», el robo es un delito, y más allá de las justificaciones, la violencia debe ser castigada. Este es un pilar básico de cualquier sociedad civilizada.
Curiosamente, cuando se producen situaciones similares a nivel «macro», las reacciones no son las mismas. ¿Por qué decimos esto? Porque lo que está sucediendo en Chile ahora se explica a menudo utilizando el mantra de la «desigualdad».
Evo Morales deja una economía destruída en Bolivia
MAURICIO RIOS GARCIA
Voy a contarles algunos de los más grandes mitos y mentiras del supuesto gran y exitoso modelo económico de Evo Morales en Bolivia, en una serie de 42 tweets.
1. Obviamente, la primera causa del gran auge económico estuvo en el extraordinario incremento de precios de los commodities entre 2003 y 2014. Esto le permitió a Morales tener un presupuesto 4 veces mayor al de la era “neoliberal” de los 90.
2. Bolivia nunca tuvo una explicación sobre la causa de la cotización de commodities, pero confundió al mundo explicando los ingresos abundantes en la Nacionalización de hidrocarburos en 2006, que sólo fue una renegociación de contratos realmente. Consecuencias vendrían luego.
En Bolivia no hubo golpe militar
AGUSTIN LAJE
En Bolivia no hubo ningún “golpe de Estado” ni tampoco es cierto que la renuncia de Evo Morales se haya consumado por “presión de las Fuerzas Armadas”, tal como irresponsablemente casi todos los medios de comunicación han dicho hasta el momento. Tal es, sencillamente, el discurso (recurrente, gastado, trillado) con el que la izquierda defiende a los tiranos de sus propias filas que padecen una rebelión popular. Porque lo que ha acontecido en Bolivia es, ni más ni menos, una rebelión popular. Y no empezó ayer, ni se trató de una conspiración militar ni policial: empezó al día siguiente de las últimas elecciones del 20 de octubre pasado, cuando el fraude electoral resultó evidente para todos.
Bolivia, la esperanza que la región necesita
HUGO MARCELO BALDERRAMA
Hoy, 10 de noviembre 2019, Bolivia vivió una de las jornadas más intensas de los últimos trece años. En realidad, la convulsión social lleva 18 días, pero la semana que culmina fue crucial. Desde el amotinamiento policial, los ataques a los buses de los mineros de Potosí, los combates de los ciudadanos cochabambinos contra los partidarios del gobierno, las violaciones a estudiantes por parte de mercenarios masistas, la confirmación del fraude electoral por parte de la OEA, hasta la renuncia de Evo Morales al poder. Definitivamente, mi patria pasó por una semana de lágrimas y sangre.
Dentro todo ese zafarrancho, es importante destacar a Luis Fernando Camacho, presidente del Comité Pro Santa Cruz, y Marco Antonio Pumari, máximo ejecutivo del Comité Cívico de Potosí. Estos jóvenes líderes pusieron el pecho a las balas, y le taparon la boca a muchos escépticos –debo admitir que una de esas fue la mía-. Su valentía fue vital para debilitar al régimen, y obligarlos a renunciar después de trece años de hegemonía socialista.
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