FERNANDO MOLINA 

Durante muchos años la economía japonesa ha estado estancada. Su crecimiento ha sido muy pequeño o nulo, entre otras cosas porque su poderoso mercado interno estaba afectado por un fenómeno llamado ‘deflación’, una sistemática caída de los precios, que lleva a los consumidores a postergar las compras con la esperanza de obtener, después, mejores ofertas. Sin embargo, hasta mediados de la pasada década la situación no era en exceso dañina, porque este estancamiento se producía a un nivel muy alto.



Las cosas empeoraron en los últimos años. La crisis europea, el debilitamiento de EEUU y la mayor tecnificación de otros países asiáticos competidores hicieron urgente reavivar la marcha de la economía nipona. Justamente esto es lo que prometió el nuevo primer ministro, Shinzo Abe, al llegar al poder en diciembre. Y lo está cumpliendo con medidas que no se habían tomado antes por ser ‘heterodoxas’. En primer lugar, en estos meses el Gobierno ha logrado debilitar el yen, que por esto ha estado cayendo en los últimos meses. Su intención con ello es abaratar las exportaciones y hacerlas más competitivas respeto a las que provienen de China, etc. En segundo lugar, el Gobierno ha prometido que “aumentará la inflación” hasta un 2% anual, un “objetivo político” que resulta curioso para los latinoamericanos.
Para lograr ambas cosas, debilitar la moneda y aumentar la inflación, lo que Abe está haciendo es tomar control del banco central e imprimir más yenes. Los primeros resultados de esta política han sido buenos: el comercio exterior japonés está mostrando una cierta recuperación y se espera que, con un Gobierno “fuertemente comprometido con la inflación”, los consumidores locales dejen de postergar sus compras para más adelante. Sin embargo, la manipulación de la moneda con propósitos competitivos siempre es peligrosa. Vuelve ‘menos ricos’, por decirlo así, a los acreedores del Gobierno, que en el caso japonés son los propios ciudadanos. Y disminuye la capacidad adquisitiva de los trabajadores.
Además, lo que está haciendo Japón puede llevar a otros países a imitar a Tokio (que, a su vez, está imitando a Washington), lo que podría llevar a una ‘guerra de divisas’ y al fortalecimiento del proteccionismo, que en el pasado estuvo asociado a un incremento de la recesión. Por eso la última reunión del G-8 ha llamado a no usar el tipo de cambio para obtener ventajas comerciales. Japón ha puesto cara de inocencia, pero Abe cree que su país ha sido en verdad muy inocente al no tomar en cuenta, en el pasado, que China no cumple nunca los llamados en este mismo sentido de la OMC

Periodista

Tomado de eldeber.com.bo

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