JUAN CARLOS URENDA
La paradoja política más notable de nuestro tiempo es que el envenenamiento del lenguaje de los fracasados comunistas y populistas ha acabado acomplejando a los liberales en todas las latitudes, no obstante el éxito relativo que la aplicación del liberalismo ha logrado en el mundo. Hoy en día ‘neoliberal’, ‘derechista’ o ‘capitalista’ son adjetivos que se usan como insultos y, entonces, hay que ser de alguna manera ‘socialista’ para parecer bueno.
El liberalismo político aportó al mundo el sistema democrático como lo conocemos hoy, y el liberalismo económico regulado ha generado cuanto desarrollo económico existe en los países avanzados y, sin embargo, los marxistas y los populistas han logrado exitosamente posicionar en el imaginario colectivo la idea de que ellos son mejores que los liberales porque ellos buscarían el bien común y los liberales serían unos egoístas, aprovechadores e infinitamente insensibles que llevarían a sus países al enriquecimiento de unos pocos y al empobrecimiento de las mayorías. Y esto ya se sabe que es una patraña. Es cierto que el mercado hay que regularlo para frenar el ímpetu acaparador de la naturaleza humana, pero ello no significa que el liberalismo político y económico no haya tenido éxito. El liberalismo regulado es como la democracia, el menos malo de los sistemas.
No ha habido ni hay privilegios de clase (partido) más evidentes que los que se han dado en la esfera comunista. El marxismo no ha traído más que miseria y tiranía donde se lo ha experimentado, ya sea en la China de Mao, la URSS de Lenin y Stalin, la Cuba de los dos Castro o la Corea del Norte de los tres Kim, y también no se tiene noticia de que el populismo socialista haya llevado a país alguno hacia el desarrollo, sino todo lo contrario, como los casos de Venezuela y Argentina cuyos populismos están acabando con las economías de esos países privilegiados por la naturaleza. En contraposición a ello, todos, pero todos los países de-sarrollados económicamente y con menores índices de pobreza, han llegado allí mediante el sistema de libre mercado, incluido el formidable desarrollo económico de China, que ha implementado un feroz sistema de libre mercado dentro de una férrea dictadura de partido único.
Bolivia, país con mejores índices económicos relativos de todos los países que pregonan el populismo chavista, ha logrado ello gracias al tratamiento que se dio a los hidrocarburos en los 90 del odiado ‘neoliberalismo’, a los precios de las materias primas generados por el comercio ‘liberal’ internacional, y ha dejado el sistema de libre mercado intacto, salvo algunos asaltos a tierras y minas y a medidas restrictivas a las exportaciones que no afectaron el de- sarrollo general de la economía. La fórmula de éxito ha sido envenenar el lenguaje creando enemigos raciales, ‘neoliberales’, regionales y políticos, pero manteniendo un claro sistema de libre mercado en todos los renglones de la economía.
En el mundo el marxismo y sus variables, salvo un puñado de países comunistas, han quedado reducidos a la retórica para ganar votos y perpetuarse en el poder. A estas alturas de la historia, el discurso marxista es atractivo solo para mentes ingenuas e ignorantes porque ahora ya sabemos que es inaplicable y miente, y la mentira en política trae beneficios porque las mayorías en los países subdesarrollados están dispuestas, por voluntad o por ignorancia, a ser engañadas. Una de las facetas más exitosas del uso de la mentira es el envenenamiento del lenguaje, construyendo con habilidad enemigos en el imaginario colectivo de manera simple, irreflexiva, para que no haya lugar a la discusión, a la reflexión y al análisis.
Es que en el discurso político de estos tiempos, las palabras no condicen con la realidad. No es posible entender racionalmente, por ejemplo, que la ONU designe a Cuba y a otras dictaduras como miembros de su Consejo Permanente de Derechos Humanos. Los no marxistas y no populistas perdieron la batalla de las ideas y, en general, se dejaron ganar la moral con patrañas y están silenciados, acomplejados y perdieron el valor de llamar a las cosas por su nombre. Es un mar de medias verdades, en un discurso político decadente al extremo en donde nadie se anima a decir la verdad
Tomado de eldeber.co.bo
