CARLOS HERRERA

Francois Revel, una de las mentes más lúcidas del siglo pasado, escribió un libro que presta su título a este artículo. En él se pregunta si a diferencia de las ciencias exactas o naturales, cuyo avance es incuestionablemente fruto del conocimiento objetivo, esto es, comprobable mediante la experimentación reiterada, la historia política actual de la humanidad está determinada por el conocimiento objetivo, o si más bien la mentira, el cálculo egoísta y la alienación ideológica, han desempeñado un papel más gravitante en esta historia.

Veamos entonces, a guisa de ejemplo, la suerte que han corrido algunas de las mejores ideas políticas en este último tiempo (es decir, las que han mostrado ser las más eficaces para lograr una mejoría en la calidad de vida de los pueblos) y lo difícil que ha sido para ellas alcanzar la popularidad, es decir, ser propiedad de la inteligencia común. Nos referimos por supuesto a las ideas que han definido el perfil de los pueblos exitosos del mundo, las ideas democrático liberales. ¿Cómo se puede explicar esta dificultad para su avance?

La primera razón que ha impedido su difusión exitosa podría ser que el conocimiento político es diferente al conocimiento científico, por lo que su demostración es más difícil de realizar, porque se trata más bien de ideas y abstracciones teóricas que difícilmente pueden comprobadas de forma inmediata, como ocurre con las verdades de las ciencias exactas o naturales.

La otra razón (ya según el punto de vista de Revel) se explica por la muralla de mentiras y elucubraciones que la izquierda populista mundial ha levantado en torno a la naturaleza de las ideas libertarias, a las que se acusa de olvidarse de la solidaridad a costa del individualismo egoísta, lo cual no es mas que una pura argucia demagógica.

La verdadera debilidad del conocimiento político radica en que es un conocimiento abstracto y teórico que sólo puede ser constatable en un espacio de tiempo prolongado, y de ahí su dificultad para ser aceptado con facilidad. Demos, para ilustrar mejor el asunto, un ejemplo de conocimiento político verdadero que se desecha en muchos países todavía: “Que los países con políticas económicas que restringen la intervención del Estado a lo esencial y que alientan las libertades económicas, es decir, que encargan la generación de riqueza al sector privado y la distribución de la misma a los mercados abiertos, son los más exitosos a la hora de reducir la pobreza”.

¿Por qué pasa entonces esto? ¿Por qué si la verdad esta ahí para todo el que quiera verla, hay aún una mayoría abrumadora de países que se niegan a aplicar y usar el conocimiento político verdadero? ¿No es acaso natural la inclinación humana a la racionalidad y al deseo de mejorar la vida? ¿Por qué sólo un puñado de países prosperan y el resto continúa en la miseria y la confusión?

Pues porque se lo impide la también natural tendencia humana a entender la vida social mediante la ideología, esto es, a entender la realidad social no de forma racional, ni de acuerdo a los datos que ella misma proporciona, sino de acuerdo a un cúmulo de creencias y dogmas de fe, en apariencia racionales y científicos, pero que a final no pasan de ser ingeniosas elucubraciones que solo sirven para justificar el rol político de sus creadores, esto es, de aquellos que han hecho de la política su medio de vida.

¿O acaso no es rigurosamente cierto que alentar y desarrollar una economía de mercado, es un arma cierta para derrotar la pobreza y la exclusión social? ¿No es acaso un dato de la realidad que donde se instalan las ideas de comercio abierto, donde se permite la competencia limpia entre productores, donde se respeta la propiedad privada como el fundamento del orden social y político, la generación de riqueza aumenta geométricamente? ¿Por qué entonces este empecinamiento y esta obcecación en la mentira y el error, si los ejemplos de bienestar y acierto político son ya muchos?

Otra razón de tan tremendo despropósito podría estar también en la propia esencia de la Democracia, en el espíritu de libertad y tolerancia que la define. Las libertades democráticas, aquellas que le han permitido a los enemigos de la libertad hacer política y llegar al gobierno, como las ideas políticas que aquellos han elucubrado (con mas apego a la fe religiosa que a la racionalidad objetiva) han posibilitado la formación -en el arco político universal- de una hermandad que se ha constituido en la peor forma de impostura y en el obstáculo más importante para el avance de las sociedades modernas.

La izquierda populista está constituida hoy en día por un ejército de sacristanes que se resisten a aceptar la vacuidad de la teología de sus maestros (Marx y compañía) y no porque no entiendan la naturaleza desajustada y equivocada de sus teorías y de sus dogmas de fe, sino porque con ello se juegan su propia subsistencia en la vida política.

A esta altura de la historia ya es claro que la izquierda populista ha hecho de la mentira, la propaganda y la elucubración simplista, sus herramientas de subsistencia, porque incluso aquella “izquierda vegetal” que convive hipócritamente con el sistema democrático liberal, siempre que puede le pone una zancadilla a las libertades y al desarrollo sano de la economía de mercado, con medidas que para lo único que sirven es para costear la vida y los gastos de una burocracia improductiva y saqueadora del trabajo ajeno, que siempre disfraza su discurso con los trillados argumentos de la “justicia social” o la “redistribución de la riqueza”.

¿Y si esto no es cierto, cómo se explica entonces que en la órbita latinoamericana (donde la izquierda populista tiene gran influencia) se haya exhumado en estos últimos años el capitalismo de Estado, no obstante lo que muestra la historia mundial del pasado inmediato sobre el rotundo fracaso de las políticas de nacionalizaciones e intervención de los mercados?

La introducción del Estado como actor en la economía es, además, casi siempre contraproducente desde el punto de vista de la mejor asignación de recursos públicos, porque éste tiende a fortalecer más el empleísmo subsidiado que la satisfacción de las necesidades populares. En otras palabras, sirve más para darle pega a las huestes del propio gremio político, que para alentar el verdadero desarrollo productivo de los países. No hay más que mirar lo sucedido hasta hace poco incluso en países como Inglaterra, donde las empresas estatales (debido a la injerencia política) no fueron gestionadas con éxito y por eso tuvieron que ser privatizadas. Además el empleo subsidiado, ya lo sabemos, es dejar a los más pobres sin recursos esenciales para su progreso (educación y salud) aunque hace quedar muy bien a los demagogos. Entonces ¿Qué es lo que define la historia política de muchos pueblos del mundo, qué es lo que gravita más en la conducta política de estos pueblos, la verdad o la mentira?

Abogado.

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