La izquierda abandona a Marx y abraza a Nietzsche
JOAN FONT ROSSELLÓ
Decía el pasado domingo (La fuerza del ideal, EM, 9/06/2019) que la exculpación del comunismo de los libros de texto de Geografía e Historia, así como la «imagen negativa y sesgada de las empresas y de los empresarios» que se desprende del estudio de Sociedad Civil Balear, no responde a ninguna casualidad sino que tiene su origen en la concepción del mundo conocida como «corrección política» que viene dominando Occidente en los últimos treinta años. Jean-François Revel, en La gran mascarada (2000), había sido el primero en advertir de la operación diseñada por la «intelligentsia» de izquierdas para blanquear los espantosos crímenes del comunismo y tratar así de salvar la utopía comunista.
Una de las primeras tácticas empleadas consistía en comparar la perfección del ideal comunista con las imperfecciones de la economía de mercado, un trampantojo al que se prestan los manuales de Geografía e Historia analizados, ávidos en señalar todas las desventajas del capitalismo mientras tratan con neutralidad al comunismo como idea al margen de sus fiascos reales. No se trataba tanto de afirmar el comunismo, a fin de cuentas una ideología hecha añicos por la apisonadora de la realidad, sino de relanzar la idea de «justicia social» mientras se atacaba el capitalismo motejándole de «salvaje» y otros adjetivos descalificadores. Como el comunismo había dejado de ser una alternativa económica viable a la economía de mercado, la «intelligentsia» de izquierdas centró sus esfuerzos en demonizar el capitalismo, aliándose con todo aquel que pusiera objeciones al nuevo orden mundial inaugurado en 1990.
Las ‘dictaduras tolerables’ de América Latina
ANDRÉS OPPENHEIMER
En 2016, los bolivianos rechazaron un referéndum para permitir a Evo Morales postularse nuevamente a una elección. No obstante la decisión del electorado, Morales lanzó su campaña para un cuarto mandato, un hecho preocupante que no ha sido condenado ni por EEUU ni por la OEA.
Aunque la crisis humanitaria de Venezuela merece atraer la atención internacional que está recibiendo, hay otro fenómeno que debería hacer sonar las alarmas en todas partes: la proliferación de lo que muchos países consideran “dictaduras tolerables”.
Eso fue lo primero que me vino a la mente cuando el Secretario General de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, recientemente respaldó la candidatura inconstitucional del presidente de Bolivia, Evo Morales, para un cuarto mandato, y cuando el gobierno del Presidente Trump se quedó callado ante el anuncio de la nueva candidatura de Morales .
El mito de la integración latinoamericana
Jorge Riopedre
Estados Unidos lo ha probado casi todo con el fin de lograr una integración hemisférica. Integrar países con diversas formas de vida nunca ha sido fácil. Napoleón lo intentó sin éxito, fue uno de los primeros en proponer un código legal europeo; moneda común; pesas y medidas; y un sólo pueblo con la capital en París. Tomó un par de siglos y varias guerras llegar a lo que es hoy la Unión Europea, una entidad geopolítica formada por 28 países tras la disolución de la Unión Soviética.
Simón Bolívar propuso su propio plan de integración hemisférica en 1822, la Gran Colombia, que intentó concretar sin éxito en el Congreso de Panamá en 1826. Simultáneamente en 1823, Estados Unidos elaboró su propio plan de integración en torno a la Doctrina Monroe y convocó a una reunión continental llamada Primera Conferencia Internacional Americana. Desde entonces, los proyectos integracionistas siguen la pauta bolivariana o el modelo panamericano. El primero busca la unidad de Hispanoamérica, el segundo busca la unidad de todo el hemisferio.
¿Necesitamos una ley del artista?
Santiago Laserna
La pasada semana se vivieron momentos muy interesantes para el arte en Bolivia. Por un lado, los artistas, casi de manera común, rechazaron un anteproyecto de la ley del artista, con el argumento central de que no sólo busca burocratizar y controlar el mundo del arte sino llenar a los artistas de obligaciones. Por el otro lado, un gran número de artistas celebró el compromiso del Ministerio de Planificación con el programa Intervenciones Urbanas, que distribuye 140 millones de bolivianos de fondos públicos en apoyo al arte, cultura, deporte y empresas sociales. Ambas iniciativas representan dos estilos contrapuestos de incentivar el arte y la cultura en el país por medio de la intervención estatal.
Una de las cosas que más sorprende es que fueron los mismos artistas los que reclamaron por una Ley del Artista o Ley de Culturas. Esto parece formar parte de una tradición arraigada en Bolivia, que nos lleva a renovar ilusiones en la centralización e intervención gubernamental, y a buscar formas corporativistas y clientelares de relación con el Estado. Es la manera en que ha estado operando el país desde los años 1950 y que ha marcado la gestión de gobierno los últimos años. En esa lógica, era previsible que una Ley del Artista terminara ofreciendo ventajas a cambio de restricciones a la libertad. Las leyes, casi por definición, sirven más para regular que para incentivar o proteger. La experiencia ha demostrado que el intervencionismo estatal sacrifica la libertad de las personas a cambio de promesas que rara vez se cumplen.
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