Economía

ALBERTO MEDINA 

Desde hace demasiado tiempo, un conjunto de perversas ideas económicas se han encargado de transmitir la ilusión de que el mercado puede ser adulterado arbitrariamente sin que ello implique efecto alguno. En el marco de esa ridícula fantasía, los iluminados de siempre, esos que creen que saben todo y que pueden reemplazar a la sociedad en sus decisiones, tienen una particular obsesión por controlar el tipo de cambio.

Apelan para ello, invariablemente, a su intrincado arsenal técnico, bajo la hipótesis de que el empleo de políticas monetarias y fiscales sirve para sustituir las preferencias de los individuos, sin comprender que éstas son parte de un complejo e inimitable proceso inestable que busca su equilibrio eternamente transitorio e impredecible. El tipo de cambio es solo un precio más de la economía. Es el valor al que se produce el intercambio de mercancías, en este caso de dos monedas diferentes y por lo tanto solo responde a los estímulos lógicos y racionales.

Ciertos autodenominados economistas, de esos que pululan por doquier en casi todo el planeta, se entusiasman ingenuamente y con facilidad cuando al aplicar determinadas estrategias consiguen fugazmente que el rumbo sea el seleccionado. Pero no interpretan que se trata de un fenómeno que involucra costos, muchos de ellos imperceptibles en el corto plazo, pero que van operando lentamente hasta encontrar el nuevo equilibrio. Han escrito artículos, libros y tesis intentando explicar cómo sus brillantes políticas logran lo que ellos describen como extraordinarios resultados, sin percibir que solo han postergado lo que ineludiblemente ocurrirá si persisten en la implementación de sus pérfidas herramientas.

reserva federal_2_eeeJUAN RAMÓN RALLO 

Tras ocho años en el cargo, Ben Bernanke acaba de abandonar la presidencia de la Reserva Federal de EEUU, ese monopolio estatal sobre la emisión de moneda que ha contribuido a hundir el valor del dólar en un 95% desde su creación.

MANUEL LLAMAS

Argentina –y su camarada Venezuela– avanza sin frenos hacia el caos económico y social apenas doce años después de protagonizar la mayor quiebra soberana de la historia reciente. Con una inflación extraoficial que supera el 60% interanual y una constante e intensa devaluación monetaria, los argentinos sufren las consecuencias del empobrecimiento generalizado que, tarde o temprano, acaba aflorando con el populismo. El infructuoso intento de aproximarse a una economía de libre mercado en la década de los 90, con el también peronista Carlos Menem en la Presidencia, fue un mero espejismo debido a la timidez e inconsistencia de las reformas emprendidas. Fue entonces cuando el país se enfrentó a su particular dilema.

El firme anclaje al dólar, con la consiguiente imposibilidad de imprimir billetes, tan sólo dejaba dos opciones posibles a su Gobierno: liberalizar al máximo su economía, abrazar la apertura comercial (globalización) y reducir de forma drástica el gasto público y los impuestos, o bien suspender pagos, abandonar el dólar y recuperar la plena autonomía monetaria para devaluar a placer. La elección ya es conocida por todos, especialmente por los argentinos que vieron atrapados sus ahorros y cuentas bancarias en el inefable corralito.

El Estado se declaró en quiebra, entre vítores y aplausos de los socialistas de medio mundo, incluidos muchos argentinos, que veían en la deuda externa y el plan de ajuste impuesto por los organismos internacionales una condena injusta cuyo cumplimiento debían evitar. ¡Y vaya si lo evitaron! A finales de 2001 el Gobierno argentino repudió una deuda próxima a 100.000 millones de dólares. Sus prestamistas, inversores y ahorradores (jubilados inclusive) de Europa, Estados Unidos y América Latina perdieron cerca de 84.000 millones. La quiebra fue adoptada de forma unilateral, sin negociación previa, de modo que los afectados iniciaron un largo y complejo periplo en los tribunales internacionales para intentar recuperar parte de su dinero. Desde entonces, Argentina tiene cerrado el grifo de la financiación internacional –su deuda pasó de representar el 20% del mercado de bonos emergentes antes del default a apenas el 2% actual–. Su desbocado gasto público es financiado a través de su Banco Central, siempre dispuesto a comprar la deuda basura de los Kirchner

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tierracomunJUAN RAMÓN RALLO 

Liberales y antiliberales suelen caer en un extendido error que vicia todo su análisis: confundir propiedad privada con propiedad privada individual y propiedad estatal con propiedad colectiva.