Roberto Laserna
El domingo varios revendedores de entradas fueron detenidos en las cercanías del estadio de fútbol de Cochabamba, cuando ofrecían entradas para el partido Wilstermann – The Strongest a un precio superior al de ventanilla. La Prefectura, responsable de esa decisión, les obligó luego a vender las entradas al precio establecido por el club anfitrión.
JUAN ANTONIO MORALES
El último aumento salarial sólo ha creado descontento. Por una parte, los trabajadores del sector público lo encuentran insuficiente, y tal vez tengan razón. Por otra parte, las cargas salariales aumentan en demasía para el sector privado, lo que le quita competitividad en los mercados externos y aún en el propio mercado nacional frente a las importaciones.
En vez de que nuestra producción se vaya diversificando, nos estamos especializando cada vez más en materias primas, donde los márgenes de ganancia son tan altos que pueden resistir las alzas salariales.
La industria manufacturera en gran parte, además constituida por pequeñas empresas, no tiene las ganancias que tienen los sectores de producción de materias primas. Sus márgenes por unidad producida son pequeños y cualquier incremento de costos, más allá del anticipado por los productores, las puede sacar del mercado, en el peor de los escenarios, o impedirles crecer para obtener economías de escala y absorber mayor tecnología.
Para las pequeñas empresas, las cargas salariales son, a menudo, el ítem más importante de sus costos. Por supuesto hay un amplio sector informal que no se siente constreñido por la política salarial ni por la legislación laboral, pero ¿será deseable que ese sector siga creciendo?
El salario mínimo ha tenido un gran dinamismo y desde el 2005 ha aumentado en términos reales (es decir tomando en cuenta a la inflación) en más de 60%. Este aumento no es inconsecuente para las pequeñas empresas y tiene implicaciones aún para las grandes, en la medida en que varias bonificaciones están atadas al salario mínimo, como nos lo recuerda el experto laboral Rodolfo Eróstegui. Los salarios reales y las remuneraciones reales promedio se han mantenido casi constantes desde el 2005, con trayectorias que difieren por sector.
HERNÁN BÜCHI
A pesar de tratarse de uno de los cambios estructurales más importantes para cualquier país, el gobierno, abusando de su mayoría parlamentaria, ha reducido el debate a su mínima expresión. Los espacios para que los actores, expertos y afectados expongan sobre las consecuencias de la reforma han sido lamentablemente estrechos y la discusión del detalle de su articulado, inexistente. Quienes promueven la reforma se han limitado a calificar peyorativamente a los que opinan distinto. El gobierno ha seguido la línea política de aseverar que aumentar los impuestos siempre es bueno, especialmente si se aplican a las empresas. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja.
Aun cuando se trate de un eslogan de campaña bien logrado, atacar a las empresas no es el camino adecuado si se quiere genuinamente mejorar la condición de los más vulnerables, tal como lo demuestran las experiencias de la Argentina y Venezuela, en donde las empresas se marchitan a la par que sigue creciendo el número de personas de escasos recursos.
El proyecto de ley de reforma tributaria es muy complejo. Se aleja radicalmente del ideal democrático en el que las leyes deben ser pocas para que los ciudadanos puedan conocerlas, y simples y coherentes para que las puedan comprender y cumplir. En nuestro caso, aún para los técnicos más especializados, el proyecto resulta difícil de entender y el mismo gobierno ya lo está corrigiendo, aun cuando en aspectos que no apuntan al fondo de los problemas planteados. Sin embargo, hay algunos comentarios que podemos hacer.
Menor crecimiento, mayor pobreza y menor recaudación
EMILIO J. CÁRDENAS
Una sociedad como la brasileña, normalmente alegre y muy optimista, parece pasar ahora por un momento de preocupaciones insatisfechas e incertidumbres abiertas. Muy particularmente, su clase media. Brasil va camino a estar -por un rato, al menos- clavada en los televisores del mundo entero. Porque pronto, el 12 de junio próximo, comenzará a jugarse el torneo mundial de fútbol. Brasil lo ha ganado cinco veces, más que ningún otro país del mundo. Pero lo cierto es que una sociedad como la brasileña, normalmente alegre y muy optimista, parece pasar ahora por un momento de preocupaciones insatisfechas e incertidumbres abiertas. Muy particularmente, su clase media.
Ocurre que, todo a lo largo de la década pasada, Brasil ha sacado de la pobreza a unos 35 millones de personas que hoy pertenecen ya a la clase media. Ellas se han incorporado a la categoría de consumidores. Con todo lo que eso significa. Particularmente en materia de atención de las expectativas crecientes. Ahora pagan impuestos y exigen una contrapartida: calidad en los servicios públicos. Y con alguna frecuencia no la encuentran. Además, exigen terminar ya con la corrupción, concentrada en el sector público y ciertamente enquistada en el patológico mundo de la política brasileña.
Lo que origina un estado social de clara disconformidad, expresado en las protestas multitudinarias que el año pasado sacaron a un millón de personas a protestar en las calles de las principales ciudades del país. Como ciertamente hoy ocurre también en Chile y Colombia, otros dos países exitosos de la región.
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