Economía

ANTONELLA S. MARTY

A estas alturas, se presenta evidente que la columna vertebral del populismo latinoamericano está representada por el sector estatal, es decir, aquellas empresas estatizadas por los gobiernos de turno y que, por regla general, exhiben un funcionamiento deficitario e improductivo. Es que el producto de estos núcleos parece resumirse a una sumatoria de fracasos y de resultados económicos negativos por doquier. Asimismo, éstas se encuentran regenteadas por una burocracia estatal que teme a la competencia y que rechaza fervientemente tanto la innovación como el progreso económico.

Como contrapartida, la importancia del espíritu empresarial y de los emprendedores como aporte al crecimiento de cualquier país es fundamental, siempre en un marco de absoluta libertad laboral. Los hombres de empresa que hacen de la batalla contra la regulación estatal una carrera, son generadores de competencia, al tiempo que son los motores de la evolución y las mejoras en la calidad de vida de las personas, es decir, los verdaderos héroes. Los ejemplos en todo el mundo son bien conocidos.

La figura exactamente opuesta al espíritu emprendedor está dada por los ‘dioses políticos’, autoproclamados caudillos que en sus discursos defienden hacerlo todo en nombre del pueblo -al que, paradójicamente, saquean y menosprecian.
Mientras tanto, los latinoamericanos han sido convencidos frente a la falacia populista de que el empresario debe siempre &"repartir sus ganancias&", en tanto se ha promocionado un supuesto carácter inmoral de éstas. Tales utilidades -reza el populismo- deben ser puestas a la orden del político de turno, mientras que también reclaman la necesidad de una mayor –y a la vez destructiva- regulación del mercado laboral. El resultado final no sorprende: baja productividad en la industria, baja calidad de los productos -pero más caros para el consumidor final-, y una caída abrupta del salario real.

FERNANDO HENRIQUE CARDOSO

Cuando me empeñé, durante los años 90, en hacer reformas y modernizar la estructura productiva de Brasil, tanto de las empresas privadas como de las estatales, no lo hice por caprichos o por subordinación ideológica. Se trataba, pura y simplemente, de adecuar la producción brasileña y el desempeño del Gobierno a los nuevos tiempos (sin discutir si son buenos o malos, mejores o peores que las experiencias del pasado).

Eran, como lo son aún, tiempos de globalización impulsados por nuevas tecnologías de comunicación e información, como internet, y por los avances en los medios de transporte, como los buques portacontenedores, que permitieron maximizar los factores productivos a escala mundial. La producción se repartió por todo el mundo, con independencia del país de origen del capital. Los mecanismos financieros englobaron todos los mercados, interconectados por las computadoras.

En las nuevas condiciones mundiales, o Brasil se integraba competitiva y autónomamente en los flujos productivos del mercado o perecía en el aislamiento y la desventaja competitiva, por atraso tecnológico y por ineficiencia pública.

Las privatizaciones fueron solo una parte del proceso modernizador, tan importante como lo fue el cambio del sector productivo estatal. El objetivo era transformar las empresas estatales en compañías públicas, sometidas a reglas de administración, fuera del control de los intereses político-partidistas, capaces de competir en el mercado y de beneficiarse de su dinámica.
El alboroto de la oposición, con Luiz Inácio Lula da Silva y su Partido de los Trabajadores (PT) a la cabeza, fue enorme. Acusaba al Gobierno de seguir políticas `neoliberales´ y de haberse sometido al `consenso de Washington´. A cada licitación pública para la exploración de un campo de petróleo llovían protestas y movilizaciones de ‘organizaciones populares’, así como acciones judiciales para paralizar las decisiones.

IVÁN ARIAS

El conflicto minero ha evidenciado, una vez más (ya lo hizo con el tema del TIPNIS), la contradicción que hay entre los postulados de la Constitución Política del Estado (CPE) y la vida real. En este caso, mientras tenemos una CPE estatista y, dizque, orientada al socialismo, ésta choca con una realidad alimentada cotidianamente hacia el liberalismo, capitalismo e individualismo, en la mayor parte de los espacios, salvaje.

Los ideólogos de la CPE diseñaron un país sobre la base de sus ideologías trasnochadas, antes que en la rica y dinámica realidad que tenemos y somos. Por supuesto, debido a su adusto parto, la CPE encubre contradicciones que se prestan ya sea para asumir el estatismo a ultranza, como para descartarlo.

Por JAQUELINE PATIÑO 

¿Cómo puede ser malo un pedazo de papel con tinta? Porque el dinero, básicamente, es un pedazo de papel nomás. ¿No será que los humanos que manejan dinero, hacemos bien o mal con nuestra plata? Creo que sí. Recuerda que un papel puede servir para quemar una ciudad, o para escribir un poema. Depende del usuario del papel.