CARLOS MIRANDA
En el siglo pasado, a medida que se acercaba el actual, se endilgaba a los hidrocarburos la mayor parte de la culpa en el calentamiento del planeta. Al mismo tiempo también se estableció que entre los combustibles fósiles el gas natural era el menor de los males.
Como los hidrocarburos eran y son los principales energéticos, las señas estaban claras: el uso del gas iría en aumento. Razón por la cual calificamos al gas natural como el combustible fósil del siglo XXI.
La naturaleza y la tecnología se han encargado de hacer que ese calificativo se convierta en una realidad viviente. Cada día se consume más gas natural y también se descubren reservas que sobrepasan lo consumido. El aumento de consumo se ha reflejado en una ola creciente de construcción de gasoductos que conectan zonas productoras con los centros de consumo. Así tenemos un gigantesco sistema de gasoductos rusos, en funcionamiento, abasteciendo a Europa por el Norte. Con el mismo fin también se ha iniciado la construcción de otro sistema que, saliendo de Rusia, atraviesa los Balcanes para abastecer Europa por el sureste.
Estados Unidos cuenta con una red extensa de gasoductos conectando campos productores con grandes consumidores y millones de pequeños usuarios. El extremo oriente se está gasificando con gasoductos en China, India y Pakistán. Nuestros gasoductos a Brasil y la Argentina están inscritos en esa tónica. Ese aumento de consumo ha promovido mayor uso de gas liquificado, LNG.
La búsqueda mundial de gas ha ubicado grandes reservas en regiones remotas. Plantas flotantes de LNG en diseño o construcción solucionarán ese problema.
OSCAR ORTIZ
La inesperada aprobación del pago del doble aguinaldo para los trabajadores públicos y privados ha generado una gran polémica sobre los efectos y motivaciones de la medida. Sin embargo, creo que el debate sobre sus consecuencias, como la inflación que generará, ha ocultado la discusión de fondo, que es la equivocada política de buscar popularidad incentivando el consumo sin promover el empleo.
GABRIELA CALDERÓN
No pocos consideran al Fondo Monetario Internacional como una institución característica de un orden económico liberal. Esta percepción resulta curiosa una vez que se analiza sus orígenes y las ideas que lo inspiraron.
JUAN RAMÓN RALLO
La semana pasada, los suizos dieron un contundente portazo a la propuesta legislativa 1:12, a saber, limitar los salarios máximos de los directivos a 12 veces el menor de los salarios de sus empleados (de manera que ningún directivo gane en un mes más de lo que gana el peor remunerado de sus trabajadores gana en un año). Todos los cantones, incluidos aquellos más escorados a la izquierda, rechazaron la ocurrencia, mostrando de nuevo que en muchos asuntos el pueblo suizo todavía no ha degenerado por la senda delvotante irracional.
¿Por qué existe desigualdad salarial?
En su no demasiado brillante libro La Economía del Bien Común, el economista Christian Felber se escandaliza de que un alto directivo pueda cobrar muchísimo más que su jardinero. ¿Acaso es más útil socialmente el trabajo que realiza el primero que el del segundo? Desde luego: la capacidad de generación de riqueza –y de destrucción de riqueza– de un alto directivo es infinitamente superior a la de un jardinero. Básicamente porque el alto directivo es el encargado de determinar a qué deben dedicar su tiempo cientos, miles o cientos de miles de trabajadores: si el directivo la pifia, el despilfarro de recursos que implica que cientos de miles de personas estén produciendo bienes que no deberían ser producidos es infinitamente superior al despilfarro derivado de que un jardinero la pifie; e inversamente, si el directivo acierta, la generación de riqueza obtenida de que centenares de miles de personas produzcan bienes valiosos para los consumidores es muy superior a la derivada de que un jardinero acierte.
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