Políticas públicas

MANFREDO KEMPFF 

No ha sido la oposición política la que ha lanzado la alarma sobre el peligroso camino que van tomando las empresas que están en manos del Estado, sino que es el propio Gobierno, mentor de las nacionalizaciones y estatizaciones, quien ha visto cómo una cosa es escribir algo bonito en la Constitución o alardear con baladronadas patrióticas sobre las bondades de “recuperar” para el país las inversiones extranjeras o privadas nacionales.

ALFREDO BULLARD 

¿Quién decide cómo se viste un niño, qué es lo que va a comer, qué religión debe tener o con qué juguetes va a jugar? Los padres. Es una regla universal.

Y no es universal por pura casualidad. El padre y la madre parecen los más aptos para decidir. La relación biológica viene acompañada de una relación afectiva especial, de las más fuertes de la naturaleza humana. Lo común es que los padres quieran lo mejor para sus hijos y sean los más aptos para decidir qué es bueno para ellos. ¿Qué haría usted si alguien se mete a su casa y le cambia la ropa que tiene puesta su hijo? ¿Y si Jaime Delgado cogiera las papas fritas que le acaba de comprar y las lanza a la basura con la excusa de que no son saludables, se quedaría cruzado de brazos? ¿Y si un día su hijo llegara del colegio y le dijera que lo acaban de bautizar en una religión que usted no profesa porque su profesor la considera la verdadera, se quedaría tranquilo?

No admitiría ninguna de esas acciones. Muchas podrían generar, con justificación, una reacción firme y hasta violenta en defensa de nuestros hijos. Y es que la libertad y autonomía de los hijos, mientras estos no puedan decidir, es la libertad y autonomía de los padres. Es lo lógico, es lo moralmente justificable y es lo que nos dicen la Ley y el sentido común.

¿Tiene el Estado el derecho de decidir cómo se educarán mis hijos? ¿Puede el Estado forzar a que se eduque a mi hijo de una manera diferente a la que he escogido o cambiar de colegio a un niño simplemente porque considera que el padre no decidió bien?

israeelCARLOS ALBERTO MONTANER

Lo he escrito en otras oportunidades: hay tres argumentos de gran peso para apoyar la existencia del Estado de Israel.
El primero es el moral. No se puede poner en duda el derecho a existir de una sociedad libremente constituida en un estado.

CARLOS HERRERA

(XVI fragmento del libro inédito "Apuntes sobre la Sociedad Abierta")

¿Saben los países pobres y atrasados como el nuestro en qué consiste la idea del “bien común”? Para saberlo es necesario revisar cuáles son sus políticas de Estado, esto es, qué asuntos de la vida nacional considera prioritarios y cuales las acciones que adopta para resolverlos. En general los pueblos adelantados del mundo (las sociedades abiertas) son los que dan la pauta en este sentido, ya que han pasado por la misma historia de los pueblos atrasados; es decir, han tenido que afrontar y resolver los problemas que nosotros tenemos ahora y es de su escuela de donde debemos informarnos para enfrentar nuestra realidad. Y esto porque aunque cada país tiene sus particularidades históricas, en líneas generales la historia política y económica es siempre la misma.

Digamos entonces que la idea del “bien común” se refiere a lo que es del interés general de la sociedad, a los problemas que nos afectan a todos, a los que en definitiva son la causa del atraso o del progreso de los países. ¿Qué asuntos debiera incluirse dentro de esta expresión? Si se trata de pueblos atrasados y pobres, no hay duda que lo primero debiera ser la educación de la sociedad. ¿Por qué la educación? Pues porque sólo a través de ella es posible cambiar la cultura de un pueblo, que es, a su vez, lo único que puede hacer el milagro de la transformación de un país.

Toda buena educación debe aspirar, como condición definidora de la misma, a crear una determinada cultura. Es decir, consolidar unos determinados valores y una determinada conducta social. Crear una cultura común no supone, como algunos pudieran creer, que todos debamos pensar y sentir de la misma forma. Se alude más bien a la necesidad de adoptar unas pocas ideas básicas para los fines del orden social y que resulten de una correcta apreciación de las cosas.

Un par de ejemplos en este sentido: que lo que es la base del mundo desarrollado, el respeto a las libertades por parte del Estado, permite a las naciones prosperar. O que si no se aplican políticas de fomento a la inversión y la actividad privada, es decir, en ausencia de una economía de mercado, la pobreza y la exclusión social nunca podrán ser combatidas eficazmente.