MANUEL LLAMAS
Rajoy acaba de cumplir su primer año en el poder y el balance es, sin duda, negativo para el conjunto de españoles. El presidente no ha logrado remontar el suspenso que cosechó ya en febrero. La razón de este resultado negativo, al contrario de lo que opina la mayoría, no reside en los supuestos recortes a lo público que ha aplicado desde que gobierna, ni en las profundas reformas liberalizadoras de las que tanto se queja la izquierda mediática, política y social. No, ni mucho menos. Si por algo hay que criticar a Rajoy es justo por todo lo contrario.
Es decir, por su falta absoluta de principios morales y convicciones ideológicas para hacer lo que hay que hacer, que no es otra cosa que eliminar el déficit exclusivamente por la vía del gasto (sin subir impuestos), reformando la anquilosada estructura estatal y reduciendo el peso del sector público, evitar la perjudicial e injusta socialización de pérdidas que impone un rescate público de bancos o empresas y liberalizar al máximo una economía que, por culpa del asfixiante intervencionismo gubernamental, es incapaz de volver a generar riqueza con la intensidad suficiente como para reincorporar a los casi seis millones de parados al mercado de trabajo.
JAMES GWARTNEY, ROBERTO LAWSON, JOSHUA HALL.
A principios de los ochenta bajo el liderazgo de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, tanto EE.UU. como el Reino Unido redujeron las tasas impositivas marginales, controlaron la inflación, simplificaron las regulaciones y flexibilizaron las barreras comerciales.
CARLOS ALBERTO MONTANER
Dice Obama que quiere fomentar la creación de empleos. Cree que la recesión no termina, realmente, mientras la población activa no encuentre cómo ganarse la vida. En EE.UU. el desempleo anda por el 10%. En España ese porcentaje se duplica y el gobierno de Zapatero se hunde paulatinamente, como si estuviera en una tembladera. Obama y Zapatero piensan utilizar el gasto público para estimular la economía. George W. Bush lo hizo antes, enviando a los estadounidensess un cheque de 20 dólares, medida más cerca de la demagogia populista que de una política económica seria. Es lamentable.
Hace unos 40 años, un candidato venezolano a la presidencia prometió que crearía miles de empleos a poco de llegar al poder. Dicho y hecho: dictó un decreto que obligaba a contratar a una persona para que apretara los botones en todos los ascensores del país. La sociedad aplaudió agradecida sin advertir que eso creaba trabajos que no aumentan la producción de riquezas ni mejoran la productividad. Poco después, volvió a la carga: obligó a que en los baños públicos hubiera siempre un encargado de limpieza. Otros miles de puestos de trabajo fueron creados con un chasquido de los dedos.
El mundo está lleno de ejemplos parecidos. En Andalucía, España, se paga a unos desempleados para que barran los parques, en lo que parece ser un curioso traslado de polvo de un sitio a otro. En EE.UU. y Europa entregan grandes sumas de dinero público a empresarios agrícolas o ganaderos para que produzcan menos, como si la función del Gobierno fuera mantener altos algunos precios.
ISAAC LEOBARDO SÁNCHEZ
Hace algunos años, el economista Hernando de Soto, nos indicó con claridad y precisión que la definición y el respeto a la propiedad privada es una de las razones por la cual el capitalismo produce riqueza y prospera en algunas zonas del mundo, principalmente el occidente, mientras que en otras se estanca y perpetua la miseria. El reconocimiento, la definición y el respeto de la propiedad son condiciones indispensables del bienestar económico, ¿qué posibilidades de progresar tiene una sociedad, si el fruto del trabajo y esfuerzo individual no se encuentra garantizado?
En su ya clásico libro: El misterio del capital, de Soto, concluye que buena parte de la marginalización de los pobres en los países en vías de desarrollo y en los que salen del comunismo nace de la precariedad de sus sistemas de propiedad y la incapacidad para aprovechar los beneficios que aporta un buen conjunto de reglas de propiedad: fijar el potencial económico de los activos, integrar la información dispersa en un solo sistema, volver responsables a las personas, hacer fungibles los activos, integrar a las personas en una red y proteger las transacciones.
Todavía más, para los economistas existen cuatro formas por medio de las cuales la falta de respeto a los derechos de propiedad afecta la actividad económica. Primero, los sistemas de propiedad débiles o inseguros incrementan el riesgo de expropiación, lo que reduce los incentivos para invertir y producir. Segundo, la inseguridad en materia de derechos reduce la productividad, al desviarse fondos del proceso productivo para defender a la misma. Tercero, cuando la propiedad es poco respetada impide obtener todas las ganancias posibles del comercio. Finalmente, la propiedad y su respeto sirven como una herramienta para el apoyo de otras transacciones, tales como la obtención de financiamiento, dada su función de colateral.
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