AXEL KAISER
En su autobiografía, John Stuart Mill contó que por un tiempo llegó a desear que el socialismo y las diversas doctrinas contrarias a la propiedad privada se esparcieran entre las clases populares no porque él las considerara verdaderas, sino porque creía que ésa sería la única forma de infundir el suficiente temor en las clases altas como para forzarlas a educar a la población sobre los perniciosos efectos de ataques injustos a la propiedad privada.
Mill creía que en una democracia las élites no podían darse el lujo de considerar irrelevante lo que las mayorías pensaran del sistema económico que las regía, aun cuando éste las beneficiara. El filósofo y economista inglés entendió así algo que resulta totalmente ajeno al mundo de la economía y políticas públicas actual; a saber, que en el largo plazo ninguna institución subsiste si el clima de opinión intelectual ya no les es favorable. En palabras de Mill: "cuando los instruidos en general han llegado a reconocer un arreglo social, político o cualquier institución como buena y otra como mala, una deseable y otra condenable, mucho ha sido hecho para otorgar a una o quitar a la otra la preponderancia de la fuerza social que le permite subsistir". (Essays on Politics and Society).
La cuestión relevante en este contexto no es de funcionamiento, sino de imagen. Basta con que se haya logrado crear la percepción de que un arreglo económico o social determinado es malo o injusto para que éste tenga sus días contados. Contrario a lo que se suele creer, en estas materias no es el interés lo que mueve primeramente a los hombres, sino sus convicciones. El mismo Mill diría que una persona con convicciones es un poder social tan formidable como noventa y nueve personas con intereses, criticando como superficiales a aquellos que despreciaban las ideas y creencias como fuente de poder en los asuntos humanos. Y es que la lógica que impera en una sociedad no es la misma que la que predomina en una compañía. Mientras en la primera, especialmente si hay democracia, son criterios ideológicos los más relevantes a la hora de determinar si una institución se mantiene o desecha, en la segunda son razones puramente utilitarias lo que define la suerte de su modelo de negocios y de su administración. Esto no significa que el funcionamiento sea irrelevante para que un sistema económico sea respaldado por las mayorías.
H.C.F. MANSILLA
Uno de los obstáculos principales al desarrollo efectivo de Bolivia en los últimos setenta años ha sido el surgimiento de partidos políticos con fuertes rasgos populistas, que bajo consignas radicales y altisonantes (empezando por los nombres de los partidos) han tratado de inducir procesos de cambio global e inclusión social. El Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) ha sido el más importante de ellos, sobre todo mediante su contribución al renacimiento de tradiciones socio-culturales que no son favorables a la moderna democracia pluralista.
El paradigma nacionalista de desarrollo ─recubierto a menudo con un barniz de socialismo radical─ ha gozado de una popularidad masiva y de una notable reputación intelectual durante una buena parte del siglo XX. Dos factores relacionados entre sí divulgaron esta concepción en extensas porciones de América Latina: la idea de que el orden tradicional, rural y preindustrial, constituiría un sistema político injusto, carente de dinamismo e históricamente superado, y la ilusión de que el progreso técnico-económico traería consigo simultáneamente la justicia social.
Usando una perspectiva comparada de lo ocurrido en casi todos los países latinoamericanos en las dos últimas generaciones, se puede afirmar que la Revolución Nacional de abril de 1952 en Bolivia fue, en el fondo, innecesaria y superflua. Los efectos modernizadores generados por este proceso hubiesen tenido lugar, más tarde o más temprano, bajo un régimen dominado por las élites tradicionales, como ocurrió en la mayoría de las naciones latinoamericanas. En el área rural la derogación de relaciones personales y laborales de tipo servil, la apertura de los mercados agrícolas, la generalización de mecanismos contemporáneos de intercambio y la mejor utilización de la red de transportes y comunicaciones se hubieran hecho realidad en años posteriores sin la violencia y las arbitrariedades que acompañaron a la reforma agraria de agosto de 1953. El incremento de la movilidad social y la expansión de oportunidades de educación básica se hubieran dado igualmente bajo gobiernos de diverso signo. Y lo mismo puede aseverarse del voto universal y del desarrollo acelerado de las regiones orientales. Sesenta años después de los sucesos de abril de 1952 Bolivia sigue siendo uno de los países más pobres y menos desarrollados del continente.
MAURICIO ROJAS
Mario Vargas Llosa cumplió el 28 de marzo 77 años. Su lugar en la historia está ya asegurado como uno de los más grandes escritores en lengua hispana de todos los tiempos.
FUNDACIÓN MILENIO
Es una falacia decir que la democracia es la llave maestra para abrir las puertas de la paz, la libertad y la prosperidad, pues la democracia no define ni es garantía en sí misma para una sociedad libre. La historia, en realidad, ha registrado tantos capítulos sobre sociedades democráticas que degeneraron en corrupción, saqueo y tiranía, que resulta necesario insistir incansablemente sobre la discusión no sólo de la ausencia de la democracia, sino también de la democracia en ausencia de libertad.
El mes de abril de 2010 marcó la fecha en que se cumplieron sesenta y cinco años de la muerte de Adolfo Hitler en la ruinas de Berlín, cuando finalizaba la Segunda Guerra mundial en Europa. Vale recordar la cercanía que tenían el Partido Comunista y el Partido Nazi en Alemania a principios de la década de los años 30, durante los albores de la República de Weimar.
En las elecciones del 31 de julio de 1932, el nacional socialismo de Hitler surgió como el partido más grande en el parlamento, mientras los comunistas ocuparon un tercer lugar después de los social demócratas. En la última elección libre del 6 de noviembre de 1932, antes de que Hitler asumiera el poder en enero siguiente, el nazismo seguía siendo el partido más grande a pesar de haber perdido algunos escaños, y los comunistas lograron ganar terreno a los social demócratas.
Ni los nazis ni los comunistas ocultaban a los votantes las intenciones que tenían para cuando llegaran al poder. En efecto, un economista austriaco llamado Ludwig Von Mises observó en 1926 que "muchos alemanes ponían sus esperanzas en la llegada del 'hombre fuerte', un tirano que pensaría por ellos y hasta sentiría cariño por ellos." Los hombres han vendido su libertad incluso a través de las urnas al haber sido seducidos por las promesas del paternalismo político.
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