VÍCTOR H. BECERRA
La credibilidad de un gobierno, y con él, de un país (al menos mientras los gobiernos ocupen espacios tan amplios en la actividad económica) es fundamental para asegurar estabilidad, promover políticas públicas serias, fomentar un mejor clima de negocios, atraer inversiones y con ello, crear más y mejores empleos, los que promueven a su vez mayor consumo y más consumidores, y bajo su empuje, de nuevo más empleos: oportunidades de mayor bienestar.
Por el contrario, los inversionistas huyen como la peste de países donde el capricho es el sustento de las políticas públicas o de las leyes; nada es seguro en un país de políticos caprichosos y arbitrarios. La irresponsabilidad y el capricho políticos son repelentes del dinero y de los inversionistas. Hoy ese es el caso de México con Andrés Manuel López Obrador, que aunque aún no toma posesión de la Presidencia, amenaza con regresar a México al “país de un solo hombre” y de “la Presidencia imperial”, propios de la etapa del PRI hasta inicio de los años 90s.
En apenas unos meses (y reitero: sin haber tomado aún el poder), López Obrador y su coalición gobernante ya en el Congreso, causaron un gran estropicio económico: un fuerte aumento del dólar, caídas en el mercado de valores, un aumento en la deuda del país, por la volatilidad cambiaria, una caída del 75 por ciento en la inversión extranjera directa durante el tercer trimestre, una reducción de empleos registrados en la seguridad social, y una inicial estampida de inversiones hacia mercados con mayor confianza y previsibilidad.
Esto lo lograron cancelando un mega aeropuerto ya muy avanzado en su construcción, mediante una ilegal y sesgada “consulta ciudadana” (organizada, vigilada y dictaminada por su propio partido y cuya figura será, al parecer, en lo sucesivo, su instrumento preferido para pasar por encima de toda legalidad), y las millonarias pérdidas causadas a las empresas privadas y fondos de pensiones que habían invertido en el aeropuerto.
ROBERTO CACHANOSKY
No parece estar tan equivocado Jair Bolsonaro, el presidente electo de Brasil, cuando ve en Chile un modelo de crecimiento económico que ha sido exitoso en una Latinoamérica que anda a los tumbos.
La principal virtud del modelo chileno ha sido ver el mundo como una oportunidad, es decir, un mercado al que tenía que incorporarse Chile para poder exportar más. Las mayores exportaciones requieren de más volumen de producción y los mayores volúmenes de producción exigen inversiones, que son las que traen el progreso.
Chile pasó de exportar el equivalente al 13% de su PBI para llegar al 28,7% el año pasado. Es decir que con relación al PBI, Chile más que duplicó sus exportaciones
Comparando el modelo de apertura de Chile con el de sustitución de importaciones adoptado por Argentina se observan los siguientes resultados.
Chile logró ese cambio fundamental en su evolución de la economía bajando los aranceles pero previamente el gobierno hizo las reformas estructurales necesarias para que las empresas pudieran competir. Chile abrió su economía para forzar a sus empresas a invertir y exportar. Argentina se escondió detrás de una muralla proteccionista y no quiso llevar a cabo reformas estructurales.
Si vemos los últimos 57 años de exportaciones, Chile pasó de exportar el equivalente al 13% de su PBI para llegar al 28,7% el año pasado. Es decir que con relación al PBI, Chile más que duplicó sus exportaciones.
La Argentina pasó del 7,6% del PBI, en 1960, al 11,2%, en 2017 y ese aumento del 47% se explica gracias al cambio tecnológico que hubo en materia agrícola.
JOSÉ GARCÍA DOMÍNGUEZ
Que el Reino Unido, aunque lo más preciso sería decir Inglaterra, haya decidido sacar de Bruselas el único pie que aún mantenía dentro de la Unión Europea constituye una excelente noticia, sin duda la mejor que podrían esperar el resto de los Estados miembros de la UE. Y ello por una razón clamorosamente obvia, a saber: porque los británicos, e igual los conservadores que los laboristas, nunca creyeron en el proyecto político europeo. Por eso constituyeron una fuente inagotable de problemas a lo largo de todo el tiempo que permanecieron en el interior de la Unión. Y eso pese a gozar, y desde el primer día, del mejor status imaginable entre todos los demás miembros. El mejor.
Recuérdese a ese respecto que solo el Reino Unido dispuso del insólito privilegio consistente en disfrutar de todas las ventajas asociadas al libre acceso a los mercados de la segunda mayor área económica del mundo, pero sin que ello implicase para sus contribuyentes nacionales el tener que colaborar en la misma proporción que el resto de los países a la financiación de las instituciones europeas y las políticas comunes. Era como si los británicos nos estuvieran haciendo un favor a los continentales por concedernos la gracia de plegarse a integrar su economía con las nuestras.
Por eso supone una gran noticia que, al fin, se hayan marchado. Y es que la consumación de la idea supranacional de Europa jamás habría sido factible con ellos dentro. Si algo nos ha enseñado la Gran Recesión de 2008 es que Europa no puede seguir morando por más tiempo en este limbo a medio camino entre la integración y la desintegración donde ahora nos encontramos varados. Hay que dar zancadas, y ya, urgentes, hacia la unión fiscal y bancaria. También para la tan denostada unión de las transferencias. Algo que aún está por ver que resulte finalmente viable sin tener a los británicos dentro, pero que sería imposible, del todo imposible, si no se hubiesen marchado. Porque, para ellos, esa cantinela que todo el mundo recita en Bruselas, la de las "reformas de la Unión", significaba algo muy distinto que para el resto.
MAURICIO MEDINACELI
Y como si nada (¿O quizás como si mucho?) ya está por finalizar el mayor proyecto nacional de los últimos 50 años. Un proyecto gestado y acordado entre Bolivia y Brasil en la devaluada “época neoliberal”, un proyecto que curiosamente nos dio de comer en el llamado “Socialismo del siglo XXI”. De hecho, la mitad del crecimiento económico de los últimos 10… sí 10 años, se debe a la exportación de gas natural de Bolivia a Brasil. En fin, un proyecto al que los bolivianos le debemos mucho, entre otras cosas, le debemos las aventuras de gasto de los últimos diez años.
Pero, como diría un querido familiar mío, “a llorar al río” lo que se hizo (o no se hizo) con las rentas del gas natural boliviano es historia pasada, ahora toca ver el futuro con la cabeza fría, porque, al final del día, este “gas nuestro de cada día” son las joyas de la abuela que quizás nos den de comer en el futuro, digo “quizás”.
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