HUGO MARCELO BALDERRAMA
La ciencia economía, lamentablemente, se encuentra plagada de mitos, falacias e impresiones. Eso tiene dos efectos. Primero, que mucha gente no se toma en serio la economía. Y segundo, que muchos economistas tienen la “fatal arrogancia”, es decir, se toma muy enserio frente a la sociedad. Dentro esa lógica, uno de los mitos más repetidos es considerar que la actividad económica puede ser medida con indicadores como el Producto Interno Bruto.
Para calcular el Producto Interno Bruto de un territorio, se utiliza la formula PIB = C + I + GP + XN donde: C = Consumo; I = Inversión; GP = Gasto público; XN = Exportaciones Netas.
Asumir que el PIB mide la riqueza de una nación es un craso error, sobre todo cuando la inversión privada se suma al gasto público. Cualquier gasto que realiza el Estado más allá de sus funciones propias (seguridad y justicia) es anti económico y un perjuicio para el conjunto de la sociedad. El gasto público no tiene ningún efecto multiplicador como se nos pretende hacer creer, de hecho, el despilfarro estatal solo se puede financieras de tres maneras: 1) Inflación 2) Deuda Externa 3) Impuestos confiscatorios.
Para que una economía crezca de manera sana y sostenida se necesita inversión, es decir, ahorro previo. Imagine que su barco naufragó y usted se encuentra solo en una isla. Siendo la pesca su único medio de subsistencia, inicialmente, pesca la cantidad de pescados que sus propias manos le permiten. Pero en sus momentos de descanso, piensa en la manera de hacer más eficiente su pesca, y se le ocurre la construcción de una red con algas y ramas de árboles, pero para eso debe abstenerse de descansar, es decir ahorrar previamente. Nadie le garantiza que su idea resulte, pero usted espera que los resultados futuros compensen el esfuerzo. Finalmente, la red funciona, ahora puede dedicarse a la construcción de una vivienda.
ALBERTO BENEGAS LYNCH
A esta altura se hace necesario insistir en que todo derecho tiene como contrapartida una obligación.
Mauricio Ríos
A pesar de que la ola recién empieza, bastante se ha hablado sobre las polémicas convicciones y características políticas de Jair Bolsonaro en Brasil, que la prensa ha calificado como populista de derecha o de ultra derecha, por las afirmaciones que ha hecho al menos desde los años 90 respecto de las mujeres, los homosexuales y la delincuencia, o por su manifiesta intención de establecer una alianza con EE.UU.
FERNANDO DÍAZ VILLANUEVA
Hay un término que se ha puesto de moda a ambos lados del Atlántico desde hace unos años: polarización. Todo está, según dicen, polarizado. Da igual el país que escojamos. En Estados Unidos se habla de polarización entre Demócratas y Republicanos a causa de la llegada de Donald Trump. En España la polarización es doble. Por un lado la que hay entre la izquierda y la derecha, acrecentada tras la irrupción de Podemos. Por otro la de los partidos constitucionalistas con los independentistas en Cataluña.
Podríamos seguir. En Francia la división se da entre el lepenismo y el resto de partidos. En Alemania entre los “antisistema” de AfD y los guardianes de las esencias de la Bundesrepublik. En Italia entre los populistas del norte y del sur y lo que queda de la socialdemocracia. En el Reino Unido entre los partidarios del Brexit y los de seguir en la Unión Europea. Hasta dentro de esta última hay polarización. Los euroescépticos frente a los europeístas.
En Hispanoamérica se sigue el mismo patrón, aunque matizado por el presidencialismo, lo que implica que todo se polarice en clave personal. Los mexicanos se debatían este año entre obradoristas y antiobradoristas. Los argentinos entre kirchneristas y antikirchneristas. Los chilenos entre piñeristas y antipiñeristas. Los colombianos entre votantes de Duque y votantes de Petro. Los brasileños entre los que adoran a Bolsonaro y los que le odian. Los peruanos con sus propios fantasmas a cuestas no terminan de enterrar el fujimorismo y andan enfrentados por eso mismo.
La fractura, como vemos, se verifica en prácticamente todos los países occidentales, incluidos algunos que hasta ayer eran un oasis de consenso como Holanda, Suecia o la plácida Costa Rica, que ha celebrado este año unas elecciones muy reñidas que partieron al país en dos mitades irreconciliables
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