Economía

MAURICIO ROJAS 

Suecia se ubica en el sexto lugar en el último índice de competitividad del Foro Mundial ( Global Competitiveness Index 2016-17) mientras que, de acuerdo a la revista Forbes, encabeza la lista de los mejores países para hacer negocios ( Best Countries for Business 2016). A su vez, entre 2000 y 2016, el crecimiento de su PIB per cápita se ubicó entre los más altos de los países avanzados. Estos notables resultados no dejan de sorprender pensando la profunda crisis que afectó a Suecia en los años 90, después de un largo período de estancamiento relativo que entre 1975 y 1990 la convirtió en el país desarrollado de más bajo crecimiento después de Nueva Zelanda.

¿Cómo se logra una transformación semejante? La respuesta más evidente es la siguiente: bajando los impuestos, limitando el tamaño del Estado y desmontando los monopolios públicos. El otro lado de la medalla ha sido una fuerte expansión del sector privado, que ha complementado sus bases industriales tradicionales con notables éxitos en áreas propias de la nueva economía del conocimiento. Algunas cifras pueden ilustrar lo ocurrido.

De 1975 a 1990 la carga tributaria aumentó del 39,4% al 50,4% del PIB, mientras que de 1990 a 2016 disminuyó al 43,5%. La evolución del gasto público es aún más notable, expandiéndose un 44,4% entre 1975 y su tope en 1993, mientras que entre ese año y 2016 se redujo un 28,8%, pasando del 69% al 49% del PIB. Al mismo tiempo, el empleo público, que había crecido espectacularmente desde los años 60, disminuyó un 18,9% de 1990 a 2015, con una reducción de más de 300.000 puestos de trabajo. Esto implica que en relación al empleo total la parte pública disminuyó del 37,7% al 28,9% de 1993 a 2015.

En su conjunto, estas cifras ilustran la mayor reducción del sector público jamás experimentada por un país desarrollado. Un aspecto importante de este proceso ha sido la desmonopolización y privatización masiva de una multitud de servicios básicos (transportes, telecomunicaciones, energía, medios audiovisuales, correo, farmacias, entre muchos otros) así como la apertura de los servicios del bienestar financiados públicamente (educación, salud, apoyo a los adultos mayores, etc.) a la oferta privada mediante diversos sistemas de vouchers o subsidios a la demanda que apoyan la libertad de elección ciudadana.

estoniaVANESA VALLEJO 

En 1991 Estonia se liberó del yugo soviético. El socialismo, como siempre lo hace donde se establece, dejó al país en la miseria.

educacinJUAN RAMÓN RALLO

La educación pública suele caracterizarse como uno de los mayores logros de cualquier sociedad desarrollada que se precie:

IAN VÁSQUEZ 

No es descabellado pensar que este año se podría desatar una guerra comercial entre China y EE.UU. que golpearía a la economía mundial. O que el nacionalismo siga debilitando a la Unión Europea. O que las barreras migratorias de los países ricos continúen fortificándose.

Tal desintegración sería un revés para el progreso humano, pero quienes proponen y apoyan al proteccionismo –que son muchos– lo hacen en nombre del bienestar. Por eso, esta semana la muerte de un experto en estadísticas, Hans Rosling, es un momento oportuno para tomar en serio la lectura que hizo respecto a la trayectoria de la humanidad.

Rosling era un médico sueco que se dedicó a mejorar las vidas de los más pobres del planeta y a popularizar un mejor entendimiento del estatus de los humanos basado en los datos. Lo hizo a través de videos, charlas y su impactante sitio web Gapminder.org. No se cansó de decir: “El mundo está mucho mejor de lo que muchos de ustedes piensan”. Con eso quería decir dos cosas. Primero, que en los últimos doscientos años, la humanidad ha progresado como nunca y que en décadas más recientes los pobres en el mundo han estado cerrando la brecha con los ricos a un paso acelerado respecto a indicadores claves de bienestar.

Segundo, que a pesar del impresionante progreso humano, gente educada está sumamente mal informada al respecto e insiste que el mundo está empeorando. Rosling demostró esa tendencia a través de encuestas sobre la mortalidad infantil o la tasa de fertilidad en países en desarrollo. En ellas, los suecos escogían la respuesta incorrecta con una frecuencia por encima de lo que hubiera sido el caso si hubieran escogido de manera aleatoria. Por alguna razón, las personas tienden a ser pesimistas.