EDUARDO BOWLES
El Servicio de Impuestos Nacionales ha decidido celebrar el Día de la Cultura Tributaria como un formidable intento de exponer amplia información a la población sobre los principales trámites impositivos y los correctos procedimientos para cumplir con el pago de los tributos. Si se considera que la mayor parte de la ciudadanía boliviana incumple de alguna manera y en diverso grado con sus obligaciones tributarias, resulta sensato y oportuno destacar esta iniciativa dirigida a fomentar una cultura tributaria que hace mucha falta para recaudar recursos para obras públicas. Corresponde señalar, asimismo, que esta incipiente cultura tributaria atenta contra la economía nacional.
OVIDIO ROCA
Desde la época colonial, Bolivia, país asentado en las montañas andinas, al centro del continente y lejos del desarrollo costero y el comercio marítimo, fundó su economía en la explotación de las minas (especialmente de minerales preciosos como la plata) y la mano de obra indígena. En consecuencia no se incentivó una estructura productiva diversificada y menos una cultura industrial tecnológica capaz de generar empleo.
IVÁN ALONSO
A los partidarios de la libertad económica se nos atribuye una creencia dogmática en la infalibilidad del mercado. Ambas, la creencia y la atribución, son falsas. El mercado, ciertamente, no es infalible. Pero nadie cree eso. No, al menos, este librecambista.
Quien diga que el mercado es infalible no sabe de lo que está hablando. Lo que sí podemos decir son dos cosas. Primero, que el mercado yerra con menos frecuencia y, en general, por un margen menor que cualquier otro mecanismo para decidir cómo utilizar los recursos disponibles en la sociedad, tales como la planificación centralizada o el planeamiento “estratégico” dirigido por el Estado. Segundo, que cuando yerra, corrige más rápidamente su error.
En el concepto mismo del precio de mercado, acaso el más fundamental de la ciencia económica, se revela que no hay ninguna pretensión de infalibilidad. Decimos que el precio de mercado es un precio de equilibrio cuando la oferta es igual a la demanda. Todo el que quiera comprar un artículo cualquiera y esté dispuesto a pagar ese precio o más encuentra quién quiera vendérselo. Y todo el que quiera venderlo y esté dispuesto a aceptar ese precio o menos encuentra quién quiera comprárselo.
La idea de que hay un precio que equilibra el mercado supone que no todos valoramos un producto de la misma manera. Algunos estamos dispuestos a pagar más que otros. O, si nos ponemos al otro lado, algunos podemos producirlo y venderlo a un precio más bajo que otros. El precio de mercado no puede ser, pues, un precio “correcto” en ningún sentido absoluto. Es solamente un precio que iguala las cantidades que la gente quiere comprar y vender en un momento determinado.
JOSÉ IGNACIO DEL CASTILLO
Imagine un país donde nadie puede identificar quién es dueño de qué, las direcciones domiciliarias no pueden ser fácilmente verificadas, la gente no puede ser obligada a pagar sus deudas, los recursos no pueden ser convertidos cómodamente en dinero, la propiedad no puede ser dividida en participaciones, las descripciones de los activos no están estandarizadas y éstos no son fáciles de comprar y donde las reglas que rigen la propiedad varían de barrio en barrio. Usted acaba de trasladarse a la vida de un país en vías de desarrollo. Para mayor precisión, usted ha imaginado la vida del 80 por ciento de su gente.
Así identifica el economista peruano Hernando de Soto en su libro El Misterio del Capital la causa más poderosa, a su juicio, por la cual “el capitalismo triunfa en Occidente y fracasa en el resto del mundo”.
La gran tragedia del mundo subdesarrollado es que sus “muy sociales” gobernantes marginan a tres cuartas partes de sus habitantes, condenándoles a sistemas de propiedad precarios sobre sus bienes. De esta forma jamás pueden tener acceso a un crédito pignorándolos en garantía, tienen enormes dificultades para trasmitir su patrimonio en caso de necesidad o conveniencia, carecen de incentivo para invertir en la mejora de sus inseguras propiedades y, a fin de cuentas, viven condenados a no poder extraer de sus bienes la mayor parte de su valor potencial.
La tragedia no se para ahí. Con legislaciones laborales costosísimas e irreales, las burocracias tercermundistas no dejan más alternativa a sus nacionales que emplearse en puestos de trabajo extralegales. Así por ejemplo en Zambia sólo el 10% de la población está legalmente empleado. Además con sus regulaciones, certificaciones administrativas, mordidas y demás restricciones a la libre iniciativa hacen imposible que los emprendedores puedan acceder al mercado salvo a través de empresas sumergidas.
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