ALFREDO BULLARD
Popularizada por José Luis Rodríguez ‘El Puma’ hace más de tres décadas, el estribillo central de la canción dice “Dueño de ti, dueño de qué, dueño de nada”. Esta canción relata la historia de un hombre que se lamenta de su pareja. Su ilusión se estrella contra el maltrato de ella.
Un reciente proyecto de ley (3774) del congresista Manuel Dammert Ego-Aguirre recuerda la misma canción. Su propuesta: reforzar las empresas públicas (Petro-Perú, Enapu, Electro-Perú, Banco de la Nación, etc.) limitando su posible privatización, restringiendo la participación privada y fomentando una mayor inversión pública para hacerlas crecer.
¿El objetivo? El bienestar de la población. Asume que las empresas públicas actuarán en beneficio del interés general y contribuirán al desarrollo del país. La exposición de motivos menciona como base la famosa “Gran transformación”, el documento que contenía el plan de gobierno de Humala, y que proponía reforzar las empresas públicas estratégicas.
Según la propuesta, es bueno que ciertas actividades económicas sean de propiedad de todos. Las empresas públicas representan una suerte de propiedad social, en la que el accionista (el Estado) es representante del pueblo que es finalmente el propietario. Nos hacen a todos “dueños de algo”.
Pero lo que es de todos no es de nadie. Las empresas del Estado en realidad nos hacen dueños de nada. Un reciente artículo de Andrea Cadenas nos hace recordar que en 1994, solo 52 mil personas tenían un teléfono móvil mientras que actualmente 30 millones de personas cuentan con uno. Y nos recordó también que en el 2005, el puerto del Callao era el único en el ránking de puertos de América Latina y el Caribe que no tenía ni una grúa pórtico ni una grúa móvil y que, hace poco más de un mes, arribaron 6 grúas que permitirán duplicar su capacidad operativa.
ALBERTO BENEGAS LYNCH
Recordemos de entrada que ya Adam Smith expresó grandes reservas respecto de ciertos empresarios. Aquellas conjeturas y sospechas estaban bien fundamentadas cuando los empresarios se salen de su misión específica del arbitraje, es decir, comprar barato y vender caro. Adam Smith incluso se refería a la tendencia a “conspirar contra el público”. Esto ocurre si se reúnen en cámaras para fortalecer su aparato de lobby o cuando, por el mero hecho de ser empresarios exitosos, se ponen a pontificar sobre la ciencia económica. Esto último se traduce en una extrapolación ilegítima.
Un buen verdulero, sastre o industrial no tiene porque conocer la teoría de la utilidad marginal ni la ley de Gresham, del mismo modo que un buen banquero no tiene porque conocer el teorema de la regresión monetaria. El operar con eficiencia determinado mecanismo no implica que se deba conocer la naturaleza y los ingredientes de ese mecanismo. Cuando usamos un dictáfono, escribimos en la computadora o viajamos en avión, no se sigue que debamos conocer como se construyen dichos aparatos.
A juzgar por su patrimonio, George Soros es un hábil comerciante pero, a juzgar por sus opiniones sobre economía no parece disponer de los conocimientos suficientes. No hay que sorprenderse por ello. Al fin y al cabo, como ha dicho Einstein, “todos somos ignorantes, sólo que en temas distintos”. En la revista estadounidense The Atlantic Monthly (febrero de 1997) Soros publicó un artículo titulado “The Capitalist Threat”. En ese trabajo el autor sostiene que en el sistema prevalente hay “demasiada competencia” y una injustificada “creencia en la magia del mercado”. Asimismo, afirma que vivimos en “una verdadera economía global de mercado”.
HUGO SILES ESPADA
El pasado 10 de septiembre se realizó, en Guatemala, el World Business Forum (WBF) 2014, organizado por la Asociación de Industriales Latinaomericanos, donde el presidente del país centroamericano, Otto Pérez, ratificó su firme convicción de impulsar la industrialización para el logro del crecimiento económico y el desarrollo humano en Latinoamérica.
Los países no pueden conformarse con ser simples productores y exportadores de materias primas sin mayor valor agregado. En consecuencia, sigue siendo necesario el salto cualitativo por el camino de la industrialización basado en el capital humano y en la inversión.
JAVIER PAZ
La receta keynesiana para una crisis económica es imprimir más moneda y aumentar el gasto gubernamental. Sobre la primera parte de la receta, una pregunta que salta a la vista es ¿cómo puede una simple imprenta salvar o ahogar una economía? Si el dinero es simplemente un medio de intercambio, ¿acaso imprimir más papel hace que haya más carne para comer, más ropa para vestirse, más casas para habitar? La respuesta es no.
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