JUAN RAMÓN RALLO
Entre 2001 y 2007 España experimentó la que probablemente haya sido la mayor burbuja inmobiliaria del mundo gracias a que alrededor del 60% de todos los créditos de un sistema financiero tremendamente endeudado con el extranjero se dirigieron hacia el ladrillo.
JAVIER PAZ
Los seres humanos buscamos nuestro bienestar. En la economía de mercado, la forma de satisfacer nuestras necesidades es cooperando y satisfaciendo las necesidades ajenas; y satisfacemos las necesidades ajenas porque conviene a nuestro propio interés. Como dijo Adam Smith, “no es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”. El agricultor siembra para mejorar su condición económica, pero al hacerlo también ayuda a quienes demandan su producto. El trabajador asalariado cumple con los horarios de trabajo y hace sus labores responsablemente porque quiere mantener su puesto y en lo posible escalar profesionalmente, precisamente buscando su propio interés. El ama de casa que rebate los mercados buscando las verduras más frescas y baratas, lo hace porque tiene su propio interés en mente, y nunca se le ocurriría comprar un tomate podrido por benevolencia hacia el vendedor. Y la que le vende los tomates no lo hace por un deseo filantrópico de alimentar a la población, sino de procurar su propio sustento y el de su familia.
MANUEL HINDS
Hay dos enfoques para la política económica de un gobierno. El primero, heredado del feudalismo y las monarquías absolutas, consiste en cerrar oportunidades que naturalmente están abiertas en el mercado, para abrirlas otra vez pero sólo para algunos privilegiados.
Un ejemplo de este tipo de enfoque se da cuando, como fue hasta los noventas en nuestro país, el gobierno establece altísimas tarifas de importación para un gran número de productos y las cosas que se usan para producirlos, y luego le da permiso a alguno o algunos (siempre un número pequeño) para que importen estos componentes con cero tarifas de importación, los armen aquí y puedan venderlos mucho más caros que lo que valen en los mercados internacionales. Cuando el gobierno daba estos privilegios a una persona, se decía que esta persona había recibido “los beneficios de la ley”. Por supuesto sólo unos pocos los lograban. Si no, no hubieran servido de nada a los beneficiarios.
JUAN RAMÓN RALLO
Uno de los argumentos preferidos por una parte de la izquierda para criticar a los mercados libres y defender la intervención del admirado gobernante de turno es que los mercados son excluyentes, a saber, que dejan inexorablemente fuera a una parte muy importante de la población a la que, por supuesto, habría que rescatar de las penitentes llamas de la libertad merced al ejercicio de la muy sabia y ordenada coacción estatal sobre el resto de la sociedad.
Aunque la idea es un trasunto, consciente o inconsciente, del (muy equivocado) concepto de ejército de reserva industrial de Karl Marx, en la actualidad este prejuicio "anti-mercados libres" ni siquiera suele tratar de demostrarse con demasiada dedicación: a partir de una observación sesgada y poco informada de la realidad circundante, es habitual presentarlo como una lacra evidentísima de las sociedades modernas, cuando, por ejemplo, bien podría serlo del excesivo intervencionismo estatal. Así pues, antes de proceder a refutar el atolondrado razonamiento de que los mercados no aglutinan a toda la población, será menester dotarlo de un cierto contenido (armar argumentalmente las críticas) para, luego, proceder a mostrar sus principales fallas.
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