JOAQUÍN TRIGO
La reticencia a utilizar el enfoque del mercado es más fuerte en el tratamiento del desarrollo que en cualquier otro ámbito de la economía. Una y otra vez se sostienen los mismos planteamientos desacreditados, con pequeños retoques, a pesar del abundante cuerpo de evidencias que los cuestiona.
ROBERTO CACHANOSKY
El domingo 10 de junio, durante mi participación en Hora Clave, Pablo Rossi me preguntó qué le recomendaría al Jefe de Gabinete si me llamara para consultarme. Reconozco que mi respuesta fue brutalmente sincera porque respondí que le diría: "¿por qué no le dejás el puesto a alguien que sepa?".
Algunos amigos me dijeron que se me había ido la mano con esa respuesta dado que casi le estoy pidiendo la renuncia a la presidente. Me gustaría en esa nota explayarme sobre mi respuesta y el porqué de la misma.
En primer lugar, lo que hay que entender es que la economía y la calidad institucional no son compartimentos estancos. Dicho de otra manera, el tema no se resuelve proponiendo un retoque cambiario, suave movimiento de las tarifas de los servicios públicos o alguna medida monetaria o fiscal. Si bien hay cuestiones económicas para resolver, estas no pueden ser encaradas sin un contexto político e institucional determinado. La solución pasa por los dos compartimentos: el económico y el institucional. Ambos tienen que darse simultáneamente.
AXEL KAISER
Seguramente estimado lector, usted se ha podido dar cuenta de cómo cada vez que se expande el poder de los políticos mediante la confiscación y distribución de los frutos de su trabajo, se hace en nombre de la "solidaridad". El último "bono solidario" de alimentos del gobierno de Sebastián Piñera es un excelente ejemplo de la distorsión a la que ha sido sometido este concepto.
Resulta que, como vienen elecciones, gobierno y oposición de pronto se tomaron de las manos y decidieron, por unanimidad, ser "solidarios" con el dinero ajeno. La medida es un paso más en la dirección de esa típica adicción redistributiva que, cual célula cancerosa, si no se contiene a tiempo, termina por liquidar el sistema democrático. Pues una vez que se instala la lógica de que para salir elegidos los politicos deben sobornar a sus pueblos con su propio dinero, ya no hay vuelta atrás. De ahí en adelante, sobre la base de una moralina irreflexiva y argumentos emocionales primarios, la clase política defenderá la urgencia de proveer a diversos sectores de la sociedad en sus necesidades dando curso a una repartija cada vez más agresiva. Al mismo tiempo, como es de la esencia de la naturaleza humana alcanzar nuestros fines con el menor esfuerzo posible, los grupos beneficiados irán pidiendo cada vez más mientras otros grupos surgirán con nuevas peticiones. Y como en el mundo real los recursos son escasos y las necesidades ilimitadas, entonces llega un punto en que el sistema no da más y colapsa. (Véanse los estados de bienestar en Europa).
ALFREDO BULLARD
El agua es como cualquier otro bien. Su escasez o abundancia depende de cuanto la necesitamos en relación a cuanto produzcamos.
Se dice que el agua es escasa. Curioso decirlo de una de las sustancias más abundantes en nuestro planeta. Y es que en realidad no es escasa. Lo que es escaso es el agua disponible para uso humano (consumo, agricultura, industrias, minería, etc.).
¿Por qué entonces algo tan abundante es tan escaso? La respuesta está en que no tiene precio, es decir su escasez relativa no puede mandar señales adecuadas.El agua está entre esos bienes curiosos que, por distintas razones, nos negamos a considerar un bien. Diría que es víctima de un proceso que convierte los bienes económicos en “bienes políticos”, es decir bienes que consideramos no deben asignarse por decisiones económicas en un mercado, sino por decisiones políticas.
Y como no es un bien económico, sino un bien político, negamos que pueda existir un mercado de agua, lo que en el fondo es negar que pueda haber propiedad privada sobre ella. Al hacerlo condenamos al estancamiento a la oferta de agua. Y no hay agua más cara que la que no se tiene.
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