CARLOS SABINO
Lentamente, pero de un modo bastante preocupante, los gobiernos latinoamericanos están regresando ahora a los malos hábitos intervencionistas que tuvieron en pasadas décadas. No se trata solamente de los intentos socializantes de Chávez en Venezuela -que en las últimas semanas ha estatizado las compañías productoras de cemento, ha decidido la vuelta a manos del estado de la acería SIDOR y ha propiciado la "toma" de más de treinta haciendas azucareras- ni de lo que hacen sus émulos, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador o el sandinista Daniel Ortega en Nicaragua. Se trata de algo más: hay preocupación por el ascenso de los precios de los combustibles y de los alimentos y, por todas partes, se toman medidas o se trazan planes para controlar precios, otorgar subsidios o extender el control del estado hacia nuevas ramas de actividad económica.
El gobierno de la Argentina, siempre insaciable en sus gastos, ha querido aprovechar la coyuntura de los altos precios de la soja para aumentar los impuestos a los exportadores, llevándolos hasta el 44%; en varias naciones de Centroamérica se han aumentado los subsidios al transporte urbano o se discuten planes para fijar precios a varios artículos de primera necesidad mientras que, en México, tropiezan con una desenfrenada oposición los planes de eliminar el monopolio estatal de la petrolera PEMEX. Es como si, ante la nueva coyuntura mundial, se disparasen los reflejos condicionados hacia el estatismo de épocas pasadas.
MARY ANASTASIA O'GRADY
Muchos de ustedes sin duda están preguntándose qué posiblemente podría América Latina enseñarle a EE.UU. —dada nuestra fuerte Constitución, mercados abiertos, un poder federal limitado, y un banco central independiente (nada de mofas, por favor). Yo solía pensar así. Pero, en los últimos años, he visto una serie de similitudes alarmantes entre este país y nuestros vecinos del sur. Por supuesto que aquellos paralelismos no comenzaron con este presidente, pero definitivamente se han acentuado bajo la actual administración.
La explicación de moda para el subdesarrollo de América Latina ha sido la corrupción, la falta de educación, una infraestructura deficiente y —mi explicación favorita— la escasez de dinero. Pero estos son síntomas de malas políticas, las cuales resumo como las Tres P's de la Pobreza: Populismo, proteccionismo y prohibición. Nuestros desafíos son, ¿Cómo podemos evitar que nuestros políticos nos hagan dependientes del gobierno? ¿Cómo mantenemos los mercados abiertos? ¿Cómo cambiamos las leyes sobre las drogas de forma que prevengan que el crimen organizado reemplace a las instituciones democráticas?
ROBERTO CACHANOSKY
Afirma Adam Smith en la Riqueza de las Naciones: “No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero que esperamos nuestra cena, sino de sus observaciones de sus propios intereses”. ¿Qué quería transmitir Smith con esta frase en términos más actuales? Que el carnicero, el cervecero y el panadero no le iban a dar de comer a la gente por benevolencia sino porque pretendía venderles buenos productos. Ganarse el favor del consumidor.
GABRIELA CALDERÓN
Uno de los más influyentes comentadores acerca de la crisis actual es el Premio Nobel de Economía Paul Krugman, quien ha dedicado gran parte de sus energías a condenar las políticas de austeridad y muy poca tinta en explicarnos específicamente a qué se refiere.
La Comunidad Forex define a la austeridad como “la reducción del gasto por parte de los gobiernos con el objetivo de reducir el déficit presupuestario. Las medidas de austeridad suelen incluir recortes salariales y aumento de impuestos y se realizan para garantizar el pago de los créditos a los acreedores gubernamentales”.1 En inglés hay definiciones igual de confusas y por eso el economista Tyler Cowen de George Mason University llegó a la conclusión de que “'austeridad’ es una palabra engañosa y muchas veces mal interpretada. Es mejor si describimos las políticas de manera más concreta y de hecho eso no es tan difícil hacerlo”.2
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