Economía

ROBERTO CACHANOSKY

Con mucha habilidad, buena parte de la dirigencia política ha convencido a la población que son ellos los que tienen el monopolio de la solidaridad. El resto de los seres humanos que no pertenecemos al mundo de la política no tenemos ese don divino de ser solidarios y preocuparnos por el prójimo. Solo unos pocos elegidos, que son ellos, tienen esa sensibilidad especial de querer ayudar a la gente.

Vendido este argumento, el paso siguiente es que el estado, es decir la dirigencia política, tiene que tener a su cargo lo que se conoce como ayuda social que se traduce en los llamados planes sociales. Ellos decidirán, gracias a la asistencia del Espíritu Santo, a quién corresponde “ayudar” y a quién no. Se ha montado, de esta manera, un gran aparato estatal repleto de reparticiones públicas con nombres que reflejan la solidaridad de los iluminados dirigentes políticos que administran miles de millones de dólares.

Bajo este concepto, la democracia se ha transformado en una gran competencia populista en la cual los políticos se esfuerzan por formular la mayor cantidad de promesas de repartir dinero ajeno. La idea de trabajo, esfuerzo, iniciativa individual, desarrollar la capacidad de innovación y todo lo que tenga que ver con la superación personal no existe en el vocabulario de la competencia electoral. Lo que predomina es el discurso que la gente tiene derecho a que otro le pague la vivienda, le otorgue un subsidio, lo proteja de la competencia de otros productores y cosas por el estilo. Obviamente, con esta oferta electoral y una demanda de populismo feroz por la pérdida de los valores que hicieron grande a la Argentina a fines del siglo XIX, la necesidad de un estado cada vez más grande es inevitable. Como también es inevitable que un estado cada vez más grande necesite de una creciente cantidad de recursos, me refiero a recursos impositivos. Si éstos no alcanzan se recurrirá al impuesto inflacionario.

GABRIELA CALDERÓN 

Hay varios temas involucrados en la controversia suscitada por los Papeles de Panamá. Entre estos se encuentran la voracidad fiscal de varios estados y la evasión fiscal por parte de determinados ciudadanos. A los políticos les interesa que nos olvidemos del primer tema, discutiendo solo el segundo, que es de lejos menos importante que la rapacidad fiscal de no pocos estados en América Latina.

Empecemos por el uso del lenguaje. El economista Daniel Lacalle señala que el término “paraísos fiscales” procede de “un error de traducción que no es casual, ni irrelevante. ‘Tax haven’ significa refugio fiscal, no ‘paraíso’...No es lo mismo un refugio, consecuencia de un ataque confiscatorio, que un paraíso”.

Esta semana, muchos han equiparado el aparente robo por parte de políticos —su corrupción al apropiarse de fondos públicos y esconderlos en lugares como Panamá— con la aparente evasión fiscal por parte de ciudadanos. Pero como explica mi colega Juan Carlos Hidalgo: “el Estado (ni la ‘sociedad’) es dueña del dinero que uno produce. Robar implica el acto de apropiarse de algo ajeno contra la voluntad del dueño. Tratar de quedarse con el dinero de uno no es un robo. . . Sí, evadir impuestos es un crimen...Pero esto en ningún sentido debería interpretarse como que el Estado tiene un reclamo moral sobre mis ingresos”.

CARLOS MIRANDA

Cuando J.D. Rockefeller ya era multibillonario, un reportero le pregunto:” cuál era el negocio más rentable que había”. Rockefeller contestó rápidamente: “una empresa petrolera bien manejada”. El reportero insistió. “Y cuál sería la segunda empresa más rentable”. Esta vez meditando unos segundos contestó: “Una empresa petrolera mal manejada”. Estas declaraciones revelaron la alta rentabilidad de las empresas petroleras.

LUIS CHRISTIAN RIVAS 

Ya en el siglo XVIII, Adam Smith advertía: “Nunca guardes todo tu dinero en el país donde vives, porque puede pasar algo. Y generalmente, pasa”. Las masas volátiles y los gobernantes concentrados en la rapiña y el saqueo para obtener ingresos, ya sea mediante impuestos o aranceles, sugieren que el individuo está huérfano frente al Estado.