Economía

JOSÉ LUIS ESPERT 

Otra vez, como cuatro veces antes en el último medio siglo, nos encontramos con un programa económico agotado y ante la necesidad de hacer ajustes, pero con una gran discusión en la sociedad acerca de si hay que hacerlos o no y cómo y cuánto ajuste hacer si ésa fuera la decisión. Encima de todo esto sobrevuela el fantasma de una nueva crisis, si no se acertara con el remedio y la dosis adecuada.

Ya sucedió varias veces: a mediados de los años 70, con el Plan de Inflación 0 de Gelbard que terminó en el Rodrigazo; a principios de los años 80, con la tablita de Martínez de Hoz que terminó con las devaluaciones de Lorenzo Sigaut; a fines de los 80, con el Plan Austral que llevó a la hiperinflación, y se repitió a fines de los 90 con la convertibilidad, que terminó con la crisis de 2001-2002.

¿Por qué otra vez esta encerrona que nos agobia?

Porque vivimos haciendo lo que el economista Mario Teijeiro ha denominado "populismo industrial": cerrar la economía al comercio para dejar la mesa servida a la industria sustitutiva de importaciones, expropiar al campo y al petróleo con retenciones y restricciones para exportar, y hacer todo el déficit fiscal posible para que la demanda (de consumo) sea el ariete, la punta de lanza del crecimiento económico.

alvarovargasllosaÁlvaro Vargas Llosa

El Presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, no tenía más que recordar al trato que dio Cuba a lo largo de décadas a gobiernos de signo ideológico contrario que se mostraron obsecuentes con él para saber que tarde o temprano el chavismo le hundiría el estilete en la espalda. Le hubiera bastado, para no ir tan lejos, tener en cuenta cómo trató Hugo Chávez a quienes juzgó débiles frente a él -incluyendo, por ejemplo, al anterior secretario general de la OEA- para entender que el apaciguamiento constante, el poner la otra mejilla diplomática todo el tiempo, no inhiben a la parte contraria de actuar en función de sus intereses más pequeños, sobre todo cuando, como es el caso del chavismo, no está en condiciones de comprender cuáles son los intereses superiores.

ANDRÉS OPPENHEIMER 

Escuchando los discursos de los presidentes de Argentina, Bolivia, Venezuela y otros países sudamericanos después del reciente frenazo de la economía China, pareciera que están viviendo en otro planeta. Todavía siguen hablando de los abundantes recursos naturales y materias primas de sus países, como si eso importara mucho en el nuevo mundo de Google, Apple y Uber.

Cuando Sudamérica se benefició de los precios récord de las materias primas por las crecientes importaciones de China en la decada pasada, varios presidentes de la región se embarcaron en una fiesta populista. No le prestaron mucha atención al hecho de que el mundo estaba moviéndose rápidamente hacia una economía del conocimiento, en que una empresa como Apple hoy día vale más que el producto bruto de varios países.

Pero ahora, la fiesta ha terminado, y América Latina se enfrenta a una tormenta perfecta: la desaceleración económica en China, la caída de precios de las materias primas, una fuga de los inversionistas internacionales a países más seguros, y la posibilidad de que la Reserva Federal de Estados Unidos suba pronto sus tasas de interés, lo que haría más caro para los países de la región obtener créditos o pagar sus deudas externas.

Para colmo, la mayoría de los países sudamericanos están mal preparados para enfrentar estos retos, porque tienen poco para exportar que no sean materias primas de bajo precio.

EDUARDO BOWLES 

Las apuestas son siempre irracionales, aunque los jugadores compulsivos frecuentemente buscan alguna señal esotérica de qué agarrarse para arriesgarlo todo: un sueño, alguna cábala o un amuleto. Pero cuando el gobierno boliviano decide apostarlo todo al petróleo no solo podemos creer que se han vuelto locos, sino que están condenando al país al despeñadero.