ANTONELLA MARTY
Para que todo resulte más sencillo habrá que partir de la siguiente idea (y será más beneficioso en caso de que la recordemos con constancia): el Estado no tiene derechos, tiene responsabilidades.
Al adentrarnos en el mundo de las sociedades libres, observamos que el punto más básico para corroborar la existencia de una sociedad auténticamente libre es la posibilidad de los individuos de tener la facultad de ingresar en el proceso de intercambios de bienes y servicios de manera plenamente voluntaria y abierta.
¿Qué es el mercado? ¿Qué es el libre mercado? El mercado no es un monstruo y tampoco es un grupo de multinacionales despiadadas y manipuladoras. El mercado es usted, el mercado soy yo, el mercado somos todos nosotros. Sí, el mercado está formado por individuos que intercambian bienes y servicios, cooperan, venden y compran según los deseos, gustos y necesidades de cada uno. Por ende, el libre mercado no es más que nosotros con la libertad de intercambiar a nuestro propio gusto lo que queramos, en vez de depender de un gobierno central que establezca qué debemos consumir, qué no, dónde invertir y dónde no. El libre mercado es así, una de las ideas más sanas que puede existir sobre la faz de la tierra.
¿Qué producen los mercados libres? El libre mercado y la libre competencia son quienes se encargan de fomentar el potencial en los individuos, la creatividad y la mayor producción, con mejor calidad, mejores precios, mayor variedad y más incentivos. En cambio, el resultado de la fórmula socialista resulta siempre negativo. Por algún motivo u otro, todo aquél que vive bajo un sistema con tendencias socialistas vive (o sobrevive) padeciendo la escasez, la desvalorización de la moneda, la disminución de la seguridad, y la ausencia de la propiedad privada. Sin embargo, habrá una cosa que jamás faltará allí: el dinero en los bolsillos de los gobernantes.
MANUEL HINDS
El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han advertido a la Reserva Federal, el Banco Central de EE.UU., que no suba las tasas de interés porque hacerlo llevaría a un pánico terrible en los países emergentes, que sería seguido por una crisis profunda y prolongada. Las dos instituciones tienen razón en términos de lo que puede pasar en los países emergentes, y en particular en la mayor parte de América Latina. Pero están siendo irrealistas al traducir esto a una recomendación de que la Fed no suba las tasas de interés. Es como tratar de parar no el Lempa, sino el Misisipi con un dedo. Esto es así por los dos lados. Primero, porque la Fed tiene razones muy poderosas para subir las tasas de interés en el futuro inmediato. Y segundo, porque atrasar la subida solo atrasará el golpe para los países emergentes y lo volverá peor.
Con respecto a las razones para subir la tasa de interés, el problema es que ya por muchos años la Fed ha mantenido la tasa de interés baja a base de crear enormes cantidades de dólares. La cantidad es tan grande que hace unos días el segundo de a bordo de la Fed declaró que ya hay signos de que la tasa de inflación puede subir sustancialmente. Si esto pasa, la tasa de interés subiría no por acción de la Fed. La subiría el mercado para compensar a los ahorrantes por la inflación.
Mucha gente cree que la inflación es bien alegre, porque todo sube. Pero no se acuerdan de que lo que no sube son los salarios, y que la inflación complica todo el manejo de los negocios y de las finanzas del gobierno y termina siendo depresiva, especialmente para los mercados emergentes.
HUGO SILES
En la frontera de Yacuiba se baila tango, y no es "Caminito”. Las febriles hormigas bagayeras no saben de sol ni de luna y cruzan sin cesar el puente binacional. En sus espaldas, o en carritos, las hormigas bagayeras no traen pequeñas hojas verdes, sino grandes volúmenes de productos industriales hechos en Argentina. Se desconoce, a ciencia cierta, si los bagayeros ingresan productos a Bolivia en forma ilegal (contrabando) o si lo hacen con la Declaración Única de Importación (DUI) de mínima cuantía, que no requiere de despachante de aduana y permite el ingreso de productos hasta de 2.000 dólares.
MANUEL LLAMAS
La pobreza se ha convertido, por desgracia, en uno de los campos más propensos para ejercer el innoble oficio de la demagogia y la mezquindad. Prueba de ello es el último informe que ha elaborado Oxfam Intermón sobre esta materia, bajo el muy sugerente título Europa para la mayoría, no para la elites, y los alarmistas titulares que ha cosechado entre la mayoritaria progresía mediática española, cuyos artículos, acompañados convenientemente de la tradicional fotografía de indigentes pidiendo en la calle, destacaban en titulares que "uno de cada cuatro europeos está en riesgo de pobreza" o casi un "tercio" de los españoles vive en condiciones de "miseria", mientras el número de ricos crece sin cesar, identificando así a los supuestos culpables.
Pero lo más terrible de este deleznable engaño no radica tanto en las colosales mentiras que contienen tales afirmaciones, sino en las recetas que propone Oxfam para reducir la "inaceptable" pobreza y desigualdad que, en teoría, sufre Europa. Lo primero que cabe señalar al respecto es que la pobreza real en la UE es muy inferior a las cifras que, tan irresponsablemente, ha difundido la práctica totalidad de la prensa y, en todo caso, ésta se concentra en los países del sur, los más golpeados por la crisis y con altas tasas de paro, y en Europa del este, los más pobres del continente y últimos en incorporarse a la UE.
Valga como ejemplo el caso de España, donde la población que padece "privación material severa", el indicador que más se aproxima a lo que todo el mundo entiende por pobre, se ha duplicado durante la crisis, al pasar del 3% en 2007 a algo más del 6% en 2014, equivalente a unos 3 millones de personas. Una cifra que, por cierto, se aproxima al volumen de personas que atiende Cáritas a través de sus comedores y servicios de asistencia (algo más de 2 millones en 2013), pero que se aleja, y mucho, del 25-30% que se suele escuchar (entre 13 y 15 millones de personas). De hecho, si se acota la medición a la incapacidad de "comer carne, pollo o pescado cada dos días", un indicador bastante más fiable acerca de la gravedad económica que puede sufrir un hogar, el porcentaje se reduce al 3% de la población española (1,5 millones de personas).
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