Economía

ARMANDO MÉNDEZ

En economía es conocida la teoría de la “trampa de liquidez” planteada por Keynes. Según este enfoque hay momentos en las economías nacionales que los agentes económicos privados no están dispuestos a gastar su dinero, menos a invertirlos, lo cual lleva a una contracción de la economía, que cuando se agrava deviene en recesión y hasta en depresión económica. Ante esta situación los economistas keynesianos consideran que los gobiernos deben impulsar el gasto fiscal, para de esta manera impedir que se desacelere la demanda interna. En mi opinión esto lleva a la “trampa del estatismo”.

CARLOS MIRANDA 

Nuestra industria petrolera está atravesando tiempos confusos y difíciles. Hay un rearreglo de los actores principales energéticos mundiales y el mercado del petróleo está funcionando con precios geopolíticos que han ocasionado fuertes rebajas en los precios del gas natural.

Iván Carrino

La semana pasada, frente a unos 30 alumnos de la carrera de Economía, me animé a preguntar: “¿cuáles son los problemas del capitalismo?”. La respuesta fue unánime: “la desigualdad”. Esta afirmación no extraña, ya que es una idea que se encuentra muy extendida. Sin embargo, esconde una parte de la realidad que es la que tendríamos que tener más en cuenta.

Uno de los temas de moda en la literatura económica es la desigualdad social y la idea de que esta se encuentra en constante crecimiento. Sin ir más lejos, “El Capital en el Siglo XXI”, de Thomas Piketty, se convirtió en el libro de economía más vendido de 2014. En su obra, el francés plantea que la porción del ingreso nacional que se llevan los más ricos está en una etapa de continuo crecimiento desde fines de la década del ’70.
Reforzando esta tesis, en internet circula un video que plantea que el 1% de los estadounidenses es dueño del 40% de toda la riqueza del país y que los CEO de las empresas pueden ganar hasta 380 veces más que los empleados promedio. Esto ayuda a difundir la idea de que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, al menos en términos relativos.

JUAN RAMÓN RALLO 

Muchos economistas suelen criticar la redistribución coactiva de la renta por ineficiente: arrebatar la renta a quien la crea y dársela a otra persona para que no produzca nada reduce la riqueza que conjuntamente podríamos generar todos. Sin embargo, esta crítica es marcadamente insuficiente para erigir una oposición fundamentada a la deshonrosa práctica de quitarle a Pedro para darle a Pablo. A la postre, siempre que decimos que algo es eficiente, o que no lo es, lo hacemos presuponiendo una determinada estructura de derechos (¿eficiente para quién?); y, por si fuera poco, los partidarios de la redistribución coactiva de la renta la han postulado esencialmente por motivos de justicia, no de eficiencia.

Así, las razones que los distintos filósofos políticos han ofrecido a lo largo de la historia para justificar la redistribución coactiva de la renta han sido muy variadas: promover la igualdad (Rawls); anular los efectos de aquella mala suerte de la que uno no es responsable (Dworkin); potenciar las capacidades de las personas (Sen); convertir a todo individuo en miembro de pleno derecho de la comunidad política (Sandel); reforzar el poder de negociación de las partes para evitar situaciones sociales de dependencia (Pettit); revertir la explotación del trabajo por parte del capital (Marx); compensar la desigual apropiación de los recursos naturales (George); compensar el uso lucrativo del capital social (Hardt y Negri); maximizar el bienestar social (Pigou); combatir la pobreza (Friedman); respetar las obligaciones comunitarias básicas que nos son consustanciales (MacIntyre).

En mi nuevo libro, Contra la renta básica, examino todas estas y muchas otras justificaciones a favor de la redistribución coactiva de la renta (además, le doy una especial y pormenorizada atención a las defensas intelectuales del establecimiento de una renta básica universal) para terminar rechazándolas de plano. No porque los fines que buscan muchas de ellas no sean nobles y loables, sino porque el medio que propugnan –la coacción contra las libertades personales– no resulta admisible. En el fondo, lo que todas estas corrientes filosóficas tienen en común es que no respetan a las personas tal cual son: no respetan la particularidad de sus proyectos vitales y de sus decisiones individuales, sino que buscan subordinarlas y someterlas a otros proyectos sociales reputados como más elevados, pese a que los afectados no han prestado su consentimiento.