JAVIER PAZ
El Estado venezolano ha recibido en la última década mucho dinero como para transformar la nación y mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos. Hoy Venezuela es el país de la escasez y, como reza un dicho, no hay pan más caro que el que no hay. Los ciudadanos de ese país, no importa si son ricos o pobres, tienen que hacer peripecias para conseguir productos tan básicos como la leche o el papel higiénico y, por supuesto, tienen que racionarse, tanto para comer como para defecar
ROBERTO CACHANOSKY
Si uno ve el comportamiento de los argentinos de hoy en día, la única capacidad de innovación, inteligencia y habilidad que uno descubre es nuestra capacidad para sobrevivir el día a día. La habilidad que hemos desarrollado se limita a ver cómo sobrevivir a este tsunami estatista e intervencionista que ahoga la capacidad de innovación. Trabajar atados de manos por las regulaciones existentes. Producir sin saber si se tendrán insumos. Vender y ver como el fruto de nuestro trabajo se lo lleva ese socio carísimo que se llama estado y encima a cambio de nada es parte de nuestra vida diaria. Es más, hay un conjunto de burócratas que se consideran seres iluminados y superiores al resto de los mortales que habitamos estas tierras, que van forzando la asignación de recursos según su visión de lo que es mejor para todos según ellos.
Varios son los mecanismos que se utilizan para asignar los recursos productivos e inhibir la capacidad de innovación de la gente.
Por un lado tenemos el famoso gasto público. Este gasto público récord que lejos está de brindar los servicios para los cuales fue creado el estado, es decir, para defender la vida, la libertad y la propiedad de las personas. Este estado no ofrece esas garantías, por el contrario, las ataca cuando puede. El gasto público actual se limita a estimular el consumo en detrimento de la inversión, con lo cual dirige los recursos de la gente hacia la producción de bienes de consumo pero sin ampliar la capacidad productiva y menos la competitividad de la economía. A lo largo de todos estos años florecieron los comercios dedicados a vender bienes de consumo durable y no durable. Pero a medida que se va agotando la capacidad de financiar la fiesta de consumo vemos como mes a mes se baten récords en locales cerrados. Gente que con lo que vende, no puede pagar el alquiler del local, el sueldo y las cargas sociales de un empleado y los impuestos nacionales, provinciales y municipales. Esa persona cierra su local y tiene que ver cómo sobrevive.
La capacidad de innovación también se ve anulada por los inútiles burócratas que controlan los precios y rentabilidad de las empresas y las obligan a llenar planillas Excel que no sirven para nada. Ignorantes como son, creen que los costos determinan los precios de venta, cuando en la realidad son los precios de venta los que determinan los costos. Cuánto está dispuesto a pagar el consumidor por un producto determinado es el indicador que tiene el empresario para definir cuáles son los costos en los cuales puede incurrir (mano de obra, insumos, etc.)
Friedrich A. Hayek
En 1936, año en el que (por pura coincidencia) John Maynard Keynes publicó la Teoría General, mientras preparaba mi discurso presidencial para el London Economic Club, vi de repente que mi labor anterior en las diferentes ramas de la economía tenían una raíz común. Esta idea de que el sistema de precios era realmente un instrumento que había permitido a millones de personas ajustar sus esfuerzos a los acontecimientos, exigencias y condiciones sobre las que no tenían conocimiento concreto ni directo, y que la completa coordinación de toda la economía mundial se debía a ciertas prácticas y usos que habían surgido inconscientemente. El problema que había identificado por primera vez estudiando las fluctuaciones de la industria (que las falsas señales de precios desorientaban los esfuerzos humanos) luego lo continué en otras ramas de la disciplina.
IAN VÁSQUEZ
Es interesante cómo han surgido casos de corrupción política en los más altos niveles en buena parte de América Latina justo en momentos en que ha caído el crecimiento económico. La bonanza que produjo los precios altos de las materias primas acabó y la fiesta de escándalos explotó.
En Brasil han detenido al tesorero del partido del gobierno —Partido de Trabajadores (PT)— y han imputado a 35 funcionarios públicos y ejecutivos de empresas importantes por desfalcar por cientos de millones de dólares a la empresa estatal petrolera Petrobras en beneficio del PT. El mes pasado en Lima, Aecio Neves, ex candidato a la presidencia de Brasil, le dijo a Mary Anastasia O’Grady del Wall Street Journal que perdió las elecciones de octubre debido al “crimen organizado”. Así se refirió al uso ilegal de fondos de Petrobras en las muy reñidas votaciones de ese país. Dos millones de brasileños salieron a las calles a protestar contra el gobierno y se habla de hacerle un juicio político a la presidenta Dilma Rousseff.
En Chile, la presidenta Michelle Bachelet ha tenido que declarar que no piensa dimitir. Su hijo participó en una transacción multimillonaria que parece haber sido posible únicamente por tráfico de influencias. Financiamientos ilícitos por parte de grandes empresas a miembros de los partidos más importantes también han deslegitimado a la clase política chilena. En Argentina, el escándalo mayor ha sido la muerte del fiscal Alberto Nisman antes de que acusara formalmente a la presidenta Cristina Kirchner de corrupción. En México, la esposa del presidente y el ministro de Hacienda han sido cuestionados por adquirir casas de valores muy por encima de lo que sus ingresos parecieran justificar.
Sacar a la luz del día los abusos de la DINI (Dirección Nacional de Inteligencia) ya tumbó a una primera ministra en el Perú, y los casos de corrupción de gente que ha sido cercana al presidente son preocupantes
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