Economía

ANDRÉS OPPENHEIMER

Los problemas políticos de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, están creciendo a diario tras las protestas masivas antigubernamentales del 15 de marzo, que fueron mucho más grandes de lo esperado, y las nuevas denuncias de corrupción contra funcionarios de alto rango del partido gobernante en el escándalo político de Petrobras.

A juzgar por lo que escuché del ex presidente Fernando Henrique Cardoso, el senador José Serra y otros políticos brasileños cuando los entrevisté en días pasados, es probable que Rousseff no sea sometida a juicio político — al menos por ahora — en el escándalo de los sobornos pagados a funcionarios del gobierno y legisladores del gobernante Partido de los Trabajadores por la empresa petrolera estatal.

Sin embargo, Rousseff podría quedar políticamente paralizada para el resto de su mandato, que finaliza en enero del 2019. La investigación sobre los sobornos de Petrobras, que tuvieron lugar mientras ella presidía el Consejo de Administración de la empresa, durará por lo menos uno o dos años más. O sea que cuando termine, asumiendo que la presidenta salga indemne, ya será una jefa de Estado finalizando su mandato, y por lo tanto con poco poder político.

Para empeorar las cosas, la economía de Brasil tendrá su peor desempeño en 25 años en el 2015, según una reciente encuesta del Banco Central entre casi un centenar de economistas, que proyectan que la economía caerá un 0.6 por ciento este año. Pocos economistas esperan una pronta recuperación, salvo una movida poco probable de Rousseff para sellar un acuerdo con la oposición.

LUIS PAZOS 

Periódicamente se publican libros que hablan de la creciente concentración de la riqueza en los sistemas capitalistas. Exhiben datos de cómo a través del tiempo los ricos tienen más dinero y propiedades en relación con la mayoría de la población. Señalan cómo se agranda la brecha entre los más ricos y los más pobres. Culpan al capitalismo y a los mecanismos de mercado de propiciar dicha concentración.

Y tácita o expresamente presentan a la intervención del Estado como la solución para frenar la concentración de la riqueza y lograr su mejor distribución. Esos argumentos falaces llevan a muchos profesores, políticos y aun a empresarios productivos, a apoyar  mayores impuestos, limitaciones y expropiaciones en nombre de una desconcentración y mejor distribución de la riqueza.

La riqueza que reduce pobreza no es el dinero en manos de los más ricos ni el control de acciones que les permiten dirigir enormes empresas, sino los bienes y servicios disponibles para los consumidores. Los habitantes de un país no se hacen más pobres porque empresarios productivos concentren más dinero, que en su mayoría invierten, después de impuestos, en crear más empresas y empleos.

El verdadero termómetro para medir la riqueza o pobreza de la mayoría de la población es la cantidad de bienes y servicios que pueden adquirir. Si bajo ese parámetro medimos la riqueza, en los llamados países capitalistas es donde un mayor porcentaje de la clase media y de pobres, poseen relativamente más bienes y servicios y de mejor calidad.

MANUEL HINDS 

Cientos de miles de ciudadanos salieron a protestar el domingo en todo Brasil. Las multitudes llevaban pancartas que decían "Fuera Dilma". La motivación abierta de los manifestantes es protestar contra la corrupción que se ha destapado en las operaciones de la empresa petrolera estatal Petrobras durante los años de la bonanza del petróleo y otros productos primarios. Aunque la Presidente Rousseff fue la presidente de esa empresa durante los años de los peores actos de corrupción, ella no ha sido mencionada en ninguno de esos eventos —por lo menos todavía. Sin embargo, muchos altos dirigentes de su partido han sido mencionados.

Diferente a otros líderes latinoamericanos, la Presidente Rousseff ha tomado una actitud madura frente a este problema, apartándose como le corresponde ya que los casos de corrupción están en manos del ministerio público y el poder judicial. Ella sabe que no puede hacer nada sino abstenerse de dificultar la investigación y colaborar en la ella si es que se lo piden.

Sin duda que es este tema de corrupción el que ha disparado la furia de las masas. Sin embargo, detrás de él hay una creciente frustración en el pueblo brasileño por la rápida devaluación de la moneda, la salida de capitales, el aumento de la tasa de inflación y la contracción económica que está sufriendo el país. Lo trágico para ella es que aunque sí puede estabilizar la tasa de cambio y la inflación, no hay mayor cosa que pueda hacer para revertir en el corto plazo la contracción económica que el país está teniendo.

Pero la gente cree que sí lo puede hacer, porque por diez años la misma Dilma Rousseff y su partido les vendieron la idea a los brasileños de que las altas tasas de crecimiento de los años del boom de los productos primarios se debía al genio económico del ahora ex-presidente Lula, que en realidad lo único que tuvo fue una gran suerte. Esto se muestra claramente en la gráfica 1, que compara las tasas de crecimiento de los precios de los productos primarios en los mercados internacionales con las tasas de crecimiento del PIB desde 1990 hasta 2013. Como se ve en la gráfica, cuando los precios de dichos productos suben, la tasa de crecimiento del PIB ha subido, y cuando estos precios han bajado, el crecimiento también ha bajado.

JAMES A. DORN 

Por primera vez desde la crisis financiera de Asia en 1997 China puede que no cumpla con su objetivo de crecimiento real de su PIB para determinado año, que en 2014 fue fijado en 7,5 por ciento. Si la cifra de crecimiento resulta ser 7,3 por ciento, como se espera que lo sea, es probable que Pekín reduzca el objetivo para 2015 a 7 por ciento. Eso está muy lejos del crecimiento de dos dígitos experimentado durante más de tres décadas desde que en 1989 la economía se abriera al resto del mundo en 1978.

El presidente Xi Jinping y el Premier Li Keqiang han hecho un llamado por décadas para ir hacia un nuevo equilibrio de la economía e implementar reformas estructurales, reconociendo que un crecimiento de más lento, aunque más sostenible y de alta calidad es consistente con el “Sueño Chino” de un desarrollo integral. Pero ese sueño se podría convertir en una pesadilla si los factores políticos previenen reformas fundamentales, especialmente un Estado de Derecho justo que proteja y expanda los derechos de propiedad privada, incluyendo la libertad de expresión.

La vida económica se determina por intercambios voluntarios, que a su vez dependen de derechos de propiedad bien definidos. La confianza está basada en una reputación y las promesas cumplidas, lo que significa que el poder del Estado y de la ley deben ser utilizados para salvaguardar a las personas y su propiedad. Un gobierno con poderes limitados promueve la libertad personal y económica, y provee a los individuos con un rango más amplio de opciones que aquellas que tendrían bajo un control vertical desde arriba hacia abajo.