IAN VÁSQUEZ
La esposa de un ex presidente a la que rodean serios cuestionamientos éticos se enfrenta este martes en las reñidas elecciones presidenciales de EE.UU. a un candidato demagógico que promete volcar el ‘establishment’ podrido de Washington. Es una señal más de la latinoamericanización de la política estadounidense.
Quien más simboliza este fenómeno es el magnate Donald Trump, aspirante a la Casa Blanca por parte del Partido Republicano. Ha creado un culto de personalidad a raíz de sus afirmaciones de que todo está mal en EE.UU. y que solo él puede arreglar los grandes problemas del país, tal como declaró en la convención de su partido. Su estilo es de un populista autoritario. Propone cambios radicales sin ofrecer detalles. Es agresivo, intolerante e insultante hacia quienes difieren con él.
Es un nacionalista que favorece el proteccionismo y aborrece a los inmigrantes. Quiere revertir la política comercial internacional de EE.UU. Para Trump, el extranjero es el enemigo y se colude con la élite estadounidense, de la que la candidata Hillary Clinton es parte.
El hecho de que un 40% de estadounidenses esté apoyando a un ‘outsider’ como Trump dice mucho de la polarizada política estadounidense. Pero no es que Clinton sea muy querida. El nivel de rechazo de los dos candidatos es el más alto desde que se empezaron a hacer tales encuestas décadas atrás. La mayoría de los estadounidenses considera que ambos son deshonestos. Y la verdad es que Clinton ha sido por largo tiempo parte de ese ‘establishment’ que tantos estadounidenses ven con desdén por proteger cada vez más los intereses de grupos poderosos, entre ellos, la clase política.
CARLOS RODRÍGUEZ BRAUN
Recuerdo que hace tiempo leí este mismo titular en El País. Precedía a la entrevista que Pablo Ordaz le hizo al filólogo italiano Luciano Canfora, que dijo: “Se ha desarrollado y consolidado un fortísimo poder supranacional, no electivo, de carácter tecnocrático y financiero que tiene en los organismos europeos los instrumentos para gobernar toda la comunidad, dando a un país más importante que los demás, Alemania, el papel para dictar las reglas…la democracia ha muerto…quien decide realmente lo hace sin contar con el parlamento”.
La famosa frase de que hay que repetir mil veces una mentira hasta que parezca que es verdad es de Lenin. De él la tomó Goebbels, que admiraba al comunista ruso. Y los nazis, como los fascistas, tomaron de los comunistas la imagen de Marx de que el Estado es un mero títere de la burguesía. Pablo Iglesias y Pedro Sánchez avisando del peligroso poder del Ibex 35, por tanto, no han inventado nada.
Este argumento se parece a la antigua idea liberal de Adam Smith, que denunció las presiones de muchos empresarios ante los Estados, para obtener privilegios, financiación y protección frente a la competencia. Los liberales han mantenido esa denuncia hasta nuestros días, y, como Smith, la utilizan para criticar el poder político y reclamar un intervencionismo menor.
RYAN MACMAKEN
Es posible que no haya un término del que se haya abusado más en el discurso político moderno que “liberalismo”.
FERNANDO MIRES
San Agustín:"La ciudad de Dios"
“Si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala?
John Locke: ” Segundo tratado sobre el gobierno civil”
La finalidad del gobierno es el bien de la humanidad”. “¿Y qué es mejor para la humanidad? ¿Que el pueblo esté permanentemente sometido a la voluntad irrestricta de la tiranía, o que los gobernantes estén expuestos, ocasionalmente, a que se les oponga resistencia, cuando el ejercicio de su poder se vuelve exorbitante y lo emplean en aras de la destrucción y no de la protección, de las propiedades de sus súbditos?”.
Declaración de Independencia de los Estados Unidos:
Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad.
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