Adrián Ravier
Muchos recuerdan las palabras del Premio Nobel Paul Samuelson, quien dijo en el mundo hay cuatro tipos de países: los que crecen, los que no crecen, la Argentina y Japón. La Argentina es un país que con muchos recursos no ha encontrado la senda del desarrollo. Japón es un país que aún con escasos recursos logró alcanzar la senda del desarrollo. Venezuela se parece a la Argentina en este sentido: tiene enormes recursos y sin embargo, el desarrollo le ha sido esquivo. La gran pregunta es qué lugar debería tener el petróleo en el nuevo modelo post-chavista que se avecina.
IAN VÁSQUEZ
En su mensaje a la nación, Pedro Pablo Kuczynski nos ofreció una visión: “Anhelo que en cinco años el Perú sea un país moderno”. Bravo. Esa visión optimista y realista es la que el país necesita.
¿Qué significa ser moderno? Más que nada, apunta a una actitud. Ser moderno implica sostener y compartir ciertos valores y comportamientos que han hecho posible el progreso humano y que han caracterizado a los países más avanzados.
¿Cuáles son esos valores y conductas? Son la tolerancia, el intercambio voluntario, el igual trato ante la ley y el respeto a la dignidad del individuo. Hace un par de años, refiriéndose a los países desarrollados, escuché a la historiadora económica Deirdre McCloskey decir una verdad del tamaño de una catedral: “Somos ricos porque respetamos la dignidad de cada uno”.
Solo una vez que se dispersaron estos nuevos valores en algunas sociedades a partir de un poco más de dos siglos atrás, se dio el Gran Enriquecimiento, según McCloskey. Desde 1800, el ingreso per cápita en los ahora avanzados países miembros de la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos) se incrementó en 2.900%. Hasta entonces, el ingreso promedio mundial era de US$3 al día. La pobreza masiva y el crecimiento económico prácticamente nulo fueron la norma por miles de años.
Lo que cambió fueron los valores. Se empezó a respetar al individuo común y corriente, no solo a aquellos que pertenecían a la élite. Se celebró la habilidad de poder enriquecerse, sea quien sea, a través del esfuerzo propio y el intercambio libre. Requirió una tolerancia a las diferencias entre cada quien y entre distintas comunidades, y se fortaleció el concepto de la igualdad. Para citar al pensador argentino Alberto Benegas Lynch (h), ese concepto era que “la igualdad es ante la ley y no mediante ella”.
OVIDIO ROCA
Bolivia aún no se ha consolidado como Estado Nación; es un país en proceso de intermitente construcción y actualmente bajo la hegemonía de un gobierno absolutista, que luego de haber fraccionado al país, trata de controlar las innumerables facciones corporativas que permanentemente se le escapan de las manos; cada una de ellas con su propia estrategia de supervivencia. Y lo peor es, que este movimiento populista e indigenista a cargo del gobierno nacional, carece de una verdadera propuesta de país y de futuro viable y para todos.
ERIC HARRIS
Hoy en día parece casi indiscutible la idea de que la democracia republicana sea el mejor límite al poder político. Abogando por una supuesta representación de la ciudadanía, tanto liberales como socialdemócratas defienden el paradigma de que la división de poderes, en Ejecutivo, Legislativo y Judicial, es la forma de defender los derechos de los ciudadanos. En ensayos de filosofía política siempre se ve muy atractivo tal sistema, el problema es que en la práctica los únicos resultados que ha traído son:
-Mayor acumulación de decisiones y poder en un Estado central, lo cual lleva a una gran perdida de libertades individuales.
-El populismo como el modo de operar político, resultado de la desinformación inevitable del público en cada elección a gran escala.
-La casi nula representación ciudadana.
-Derechos de propiedad violados de forma creciente.
-Impuestos y endeudamiento en niveles récord.
-Monopolización estatal del dinero, manipulando políticamente la cantidad y el tipo de interés.
-Ciclos de burbujas y crisis recurrentes.
-Militarismo intervencionista que excede totalmente el rol de defensa por el cual cada sociedad debe tener un ejercito protector ante agresiones externas.
-La dictadura de las mayorías y, por consiguiente, la creciente renuncia a la defensa de los derechos individuales en nombre del colectivismo impuesto por un sistema de privilegios y mandatos legales.
El problema ha sido poner como valor supremo institucional a la democracia republicana, condenando tanto a las monarquías, las aristocracias o hasta la posibilidad de un sistema sin gobierno, pero sin haber prestado atención a la acumulación central de poder. Se pueden haber escrito constituciones proclamando la importancia de la defensa de la propiedad privada y la libertad de los ciudadanos, pero, al fin y al cabo, siempre la ley positiva politizada termina vulnerando, casi sin limites, tales derechos de propiedad. Países como Argentina y EEUU son un gran ejemplo de tal fracaso institucional, donde en la actualidad solo una pequeña minoría de ciudadanos realmente reclama por el respeto a sus respectivas cartas magnas fundacionales.
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