MARÍA MARTY
La democracia nos trae la idea de un sistema que ha permitido a la gente, a lo largo de la historia, ser parte del Gobierno y escapar de absolutismos, despotismos, dictaduras y tiranías. Todavía recuerdo la alegría de todos los argentinos cuando en 1983, luego de más de siete años de dictadura militar, recuperamos la democracia y pudimos volver a las urnas.
En nuestras mentes, democracia es sinónimo de libertad de elección, libertad de expresión, libertad de acción. Y es antónimo de represión, censura y autoritarismo.
Podemos casi trazar un paralelismo entre democracia y la entrada a la vida adulta. Cuando cumplimos 18 años, en Argentina, ya no necesitamos de la autoridad de un tercero que nos diga qué decisiones tomar en nuestra vida. Ahora somos considerados adultos capaces de realizar elecciones racionales. Incluso, al cumplir los 18 años, se nos considera que estamos capacitados para elegir a nuestros gobernantes. Y la democracia, del mismo modo, es un sistema que se basa en la premisa de que los habitantes de un país están capacitados para tomar decisiones y elegir a sus propios gobernantes.
El problema surge cuando las bases sobre las que un sistema democrático debería apoyarse, pecan por su ausencia.
Pensemos en un adulto -con licencia de conducir- que cada vez que se sube a un auto, en vez de utilizarlo para mejorar la calidad de su propia vida, lo utiliza para chocar los autos de sus vecinos y atropellar a los peatones.
No hay duda de que las calles serían un total caos, donde quienes nos manejamos con respeto en relación a los demás, estaríamos a merced de aquellos que se manejan de acuerdo al capricho del momento.
ALBERTO BENEGAS LYNCH
El caso de Austria vuelve a poner sobre el tapete el tremendo avance nacionalista, es decir, la xenofobia, la cultura alambrada, la obtusa y retrógrada desconfianza en el comercio internacional libre, el ataque a los inmigrantes y, en definitiva, la vuelta a los instintos más oscuros del hombre primitivo.
En este caso pongo de relieve el peligro del candidato presidencial austríaco Norbert G. Hofer que acaba de perder en la segunda vuelta por escasísimo margen (49.7 % frente a 50.3% de los sufragios del ganador en la contienda electoral). La primera vuelta en abril del corriente año la ganó Hofer por el mayor caudal de votos de un presidente desde 1945, momento en que fue efusivamente felicitado por los otros candidatos nacionalistas de Europa: Matteo Salvini de la Liga del Norte de Italia, Marine Le Pen del Frente Nacional francés, Frauke Pety de Alternativa para Alemania y Greet Wilders del Partido Holandés para la Libertad.
En este panorama siniestro de los cuasi-nazis europeos no hay que dejar de lado al candidato Donald Trump con el discurso por todos conocido del otro lado del Atlántico, para no mencionar a megalómanos como el venezolano del chavismo y sus imitadores (entre muchos otros autores, J.F. Revel nos muestra en detalle en La gran mascarada el íntimo parentesco y la comunión de ideales entre el nacionalismo y el comunismo).
Es en verdad muy triste que nada menos que en Austria sucedan estas cosas, la tierra del cosmpolitismo antes del advenimiento del asesino serial: Hitler. Stefan Zweig nos cuenta es su magnífica autobiografía -El mundo de ayer- de los célebres cafés vieneses visitados permanentemente por contertulios de todas partes del mundo, donde se exhibían los periódicos más destacados de todos los puntos del planeta. Nos detalla las enormes ventajas del cosmopolitismo que permitieron a los austríacos gozar de progresos culturales notables en la literatura, la música, la economía, el derecho y el psicoanálisis. Nos muestra el clima en los colegios y en la universidad de Viena por el empeño por estudiar todo lo que se pudiera sin ni siquiera percatarse cual era el lugar de origen de tal o cual contribución que tomaban como patrimonio de la humanidad. Nos relata el valor de establecer marcos institucionales civilizados y de respeto recíproco en el contexto de la propiedad privada y la santidad de los contratos, así como también la importancia de contar con una moneda estable y segura.
Fuente: eldeber.com.bo (Por JAVIER PAZ)
El objetivo principal del Estado debe ser salvaguardar la libertad de las personas y procurar la paz en la sociedad. Sin embargo, siendo el mismo Estado una amenaza tanto para la libertad como para la paz (con frecuencia es la mayor amenaza) es que requerimos que se enmarque en ciertos parámetros que eviten o minimicen los abusos del poder. La democracia es una de las herramientas para este fin. Elegir a los gobernantes por voto popular, tener parlamentos, imponer términos a los periodos presidenciales y a las reelecciones son algunas de las características de una democracia. Pero conste que la democracia no es la única herramienta para evitar el abuso de poder. La separación e independencia de poderes, la Constitución, el predominio del derecho, la libertad de prensa son otras herramientas que deben funcionar en conjunto con la democracia para procurar que el Estado cumpla su rol sin abusar del mismo.
MARÍA MARTY
Imagina este escenario.
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