MARY ANASTASIA O'GRADY
Paraguay tal vez no tiene mucho que mostrar, pero al menos si tiene un jefe de la Corte Suprema que no se deja intimidar por la izquierda cuando se le pide que defienda la Constitución. Conozco a mucha gente que desearía vivir en un país así.
El reciente fallo de la Corte Suprema de Paraguay, que permitió en forma unánime que procediera la impugnación legal del presidente Fernando Lugo por parte del Congreso llevada a cabo el 22 de junio, no estaba exento de los ataques de sectores que defienden intereses particulares. Pero al tomar la decisión, el principal magistrado del panel constitucional se basó en la ley en las veleidades de la política.
Haciendo caso omiso de los complicados razonamientos legales, las potencias imperialistas de América Latina no aprueban esta decisión. Hugo Chávez, Raúl Castro y los presidentes de Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Argentina, todos miembros de la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América (ALBA) de Chávez la han calificado como un "golpe de estado" y trabajan con ahínco para aislar a un país pequeño y sin salida al mar.
GABRIELA CALDERÓN
No celebramos la política exterior imperial, ni mucho menos muchas de las políticas domésticas que ese país tiene hoy. Sí celebramos ese gran documento (la Declaración de Independencia de EE.UU) por el progreso en libertades y la prosperidad que las ideas plasmadas ahí han permitido. Los liberales las celebramos, ya que las ideas no tienen nacionalidad y estas siguen teniendo relevancia a nivel mundial.
A los líderes latinoamericanos con complejo de redentores, les convendría leer el segundo párrafo del documento mencionado, donde se dice que los seres humanos somos creados todos iguales —y con esto los autores no pretendían darle poder al Estado para que todos tengamos igualdad de resultados o de oportunidades sino limitarlo para que todos seamos iguales ante la ley— con ciertos “derechos inalienables” como “la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad”.1 Inalienables significa que cada uno de nosotros nace con esos derechos y que la razón de ser del Estado es protegerlos, no darlos.
JAVIER PAZ
Existe una confusión generalizada entre los conceptos de desigualdad y pobreza. La desigualdad mide la diferencia de ingresos entre los más ricos y más pobres en un grupo. La pobreza se la puede definir como un nivel de ingreso por debajo del necesario para satisfacer ciertos estándares mínimos de acceso a bienes y servicios. La posibilidad de acumular riquezas en las sociedades capitalistas hace que las personas se esfuercen, inventen y sean más competitivas. Las innovaciones de Bill Gates o Steve Jobs al hacerlos multimillonarios, aumentan la desigualdad, pero también mejoran la productividad general contribuyendo así a reducir la pobreza.
Por el contrario las sociedades socialistas enfatizan la lucha contra la desigualdad y logran reducirla a costa de hacer a todos más pobres. Mientras que luchar contra la pobreza implica hacer un esfuerzo para que quienes se encuentran por debajo de cierto nivel de ingresos puedan superarse y mejorar sus estándares de vida, luchar contra la desigualdad implica asegurarse que nadie pueda ser mucho más rico que otros… es en cierta manera una forma de envidia hacia los ricos, más que una preocupación por los pobres. Efectivamente el discurso de la desigualdad se caracteriza por resentimientos e incitaciones a odiar a quienes tienen más, lo cual no mejora en nada la situación material de quienes tienen menos. Es una forma disimulada de promover la lucha de clases; es un vestigio del marxismo.
ARMANDO MÉNDEZ
¿Sabía usted del ofrecimiento electoral de 500 mil empleos que el ex-presidente Sánchez de Lozada lanzó como parte de su campaña electoral durante el año 1993? En una conferencia, que me cupo dar casi a fines de su primer mandato, afirmé a mi audiencia que se había cumplido este propósito, generando alegres sonrisas de muy corta duración entre sus partidarios asistentes porque luego completé la afirmación. Dije: “estos empleos se han creado en la economía informal”, lo que significa que el empleo aumentó no por las políticas de gobierno.
Al candidato opositor a Hugo Chávez, Enrique Capriles, para las elecciones presidenciales de fin de año en Venezuela, no se le ocurrió un mejor ofrecimiento populista y demagógico para atraer la votación que ofrecer lo mismo que hizo Gony: “mas de tres millones de empleos bien pagados y estables, con seguridad social”, de los cuales un millón serían para los jóvenes. Es cierto que Chávez representa la continuidad de un régimen funesto y Capriles la esperanza de reencausar la libertad y la democracia y que EEUU tiene urgentemente que reducir su déficit fiscal e impedir que siga creciendo su abultada deuda publica que ya supera el 100 por ciento de su PIB. Sin embargo, el Presidente Obama, que está buscando su legítima reelección, en una situación difícil de la economía norteamericana, lo está haciendo con ofrecimientos que no tienden a disminuir el gasto fiscal, cuando al buscar el apoyo de la clave juventud norteamericana les ofrece reducir el costo del financiamiento de la educación universitaria a miles de estudiantes. Estos al graduarse empiezan su vida profesional con deuda.
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