JAVIER PAZ 

El gremio periodístico a nivel mundial pretende inculcar la idea de que un buen periodista debe estar libre de ideologías y que su único objetivo debe ser la búsqueda de la verdad. Tal proposición implica una disyuntiva entre ideología y búsqueda de la verdad lo cual no es cierto. Y es que la ideología, entendida de una manera amplia, no es más que el conjunto de principios y valores que guían nuestro comportamiento y nos ayudan a decidir si algo es bueno o malo.

Bajo este criterio, no existe una sola persona libre de ideología. Habrá gente que cree en el cielo y el infierno, otros en la reencarnación otros en que no existe Dios ni vida eterna; unos que ven al Estado como la encarnación del pueblo, otros que lo ven como el expoliador del individuo; unos que estiman la propiedad privada como sacrosanta y quienes la consideran como el origen de todos los males sobre la tierra; algunos que aspiran ser honestos y otros cuyo objetivo es enriquecerse a toda costa… en fin, las posibilidades son infinitas, pero es imposible que una persona esté libre de tener un conjunto de ideas sobre la vida, la metafísica, la sociedad, el Estado, la libertad, el poder, el ser, etc. que forman su ideología.

Siendo que el periodista es también una persona, necesariamente tiene que tener una ideología y esto se manifiesta desde los temas en los que elije trabajar. Un columnista de opinión, por ejemplo, tiene literalmente millares de temas sobre los cuales podría escribir y cada vez que le toca escribir, debe decidirse por uno solo.

JEFF DEIST 

La web izquierdista Vox.com publicó recientemente un artículo bienvenido y razonado sobre las virtudes de devolver el poder político y legal a estados y localidades quitándoselo al gobierno federal. Este es exactamente el tipo de conversación que los estadounidenses honrados tienen que tener si hablamos seriamente de impedir el tipo de violencia política que se ha apreciado recientemente en Charlottesville y Berkeley. Una característica esencial de las guerras culturales es que ambos bandos temen justificadamente que el otro imponga su forma de vida a través de un sistema político en el que el ganador se lleve todo. La violencia es una respuesta natural y predecible a esto, un medio de eludir las urnas.

La clase política se gana la vida por el poder centralizado y la correspondiente división que causa. ¿Pero por qué deberían los estadounidenses normales aceptar la falsa alternativa entre un tipo de gobierno centralizado u otro, cuando la solución evidente es mirarnos a la cara? Romper políticamente es mucho más práctico y mucho más humano.

Escrito por un conservador que aparentemente apoyó a Evan McMullin en las elecciones de 2016, el artículo de Vox plantea dos cuestiones acuciantes: si la gobernanza centralizada es deseable en un enorme país de 320 millones de habitantes y, lo que es más importante, si esto es siquiera posible. ¿Pueden funcionar soluciones políticas generales o la política simplemente enriquece a Washington mientras alimenta la guerra cultural en rápido deterioro?

El autor presenta su argumentación central a favor de la subsidiariedad como una aproximación pacífica para un país grande y diverso:

La descentralización del poder requiere más que una simple devolución de unos pocos poderes aquí o allí: requiere un compromiso de toda la sociedad para transferir poder, autoridad y responsabilidad de vuelta al tótem. Una sociedad diversa puede sostenerse pacíficamente cuando sus miembros están comprometidos para resolver problemas tan localmente como sea posible, implicando a niveles más altos del gobierno solo cuando sea absolutamente necesario.

También usa el asunto aparentemente intratable del aborto para argumentar:

JAVIER PAZ

Si escucha a alguien hablar peyorativamente sobre el ‘capitalismo salvaje’, podrá inferir con un alto grado de certidumbre que el locutor entiende poco o nada de capitalismo. La historia de la humanidad se caracteriza por sistemas políticos de dominación de unos pocos favorecidos por la servidumbre de muchos.

Desde las dinastías chinas hasta las monarquías europeas decimonónicas, desde el imperio romano hasta el imperio incaico, desde la Esparta guerrera hasta los países comunistas, la persona común ha visto sus posibilidades de elegir reducidas o eliminadas. Elegir gobernantes, elegir su religión, elegir dónde vivir, elegir en qué y con quién trabajar, elegir en todas sus dimensiones.

El capitalismo es una excepción en la historia de dominación y explotación del hombre por el hombre. La esencia del capitalismo es la libertad del individuo y la libertad de cada persona para elegir qué quiere hacer con su vida, la libertad de asociarse para emprender, para emplearse o emplear a otras personas, etc. Y cuando los seres humanos ejercen su libertad, la única manera de lograr que la gente haga cosas juntas es mediante la cooperación voluntaria.