Economía

HERNANDO DE SOTO

A medida que Estados Unidos entra en una nueva etapa de la guerra contra el terrorismo, se perderá su mejor oportunidad para derrotar al Estado Islámico y a otros grupos radicales en Medio Oriente si no emplea un arma crucial pero poco utilizada: una agenda enérgica de fortalecimiento económico. En este momento, solo escuchamos hablar de ataques aéreos y maniobras militares, lo que es previsible cuando se enfrenta a matones empeñados en producir el caos y la destrucción.

Sin embargo, si el objetivo no es solamente degradar lo que el presidente Barack Obama llamó acertadamente “la red de la muerte” del Estado Islámico, sino hacer que sea imposible que los líderes radicales recluten a terroristas en primer lugar, Occidente debe aprender una lección sencilla: la esperanza económica es la única forma de ganar la batalla por los grupos que abastecen a las organizaciones terroristas.

Hace una generación, buena parte de América Latina era presa de los disturbios. Para 1990, la organización terrorista marxista-leninista Sendero Luminoso había tomado el control de la mayor parte de mi país, Perú, en donde serví como el principal asesor para el presidente. La opinión de moda en ese entonces sostenía que quienes se rebelaban eran los esclavos asalariados pobres o subempleados de América Latina, que el capitalismo no podía funcionar fuera de Occidente y que las culturas latinas no comprendían a cabalidad la economía de mercado.

La opinión generalizada estaba equivocada. Las reformas en Perú otorgaron a emprendedores y agricultores indígenas el control de sus activos además de un nuevo marco legal más accesible para dirigir empresas, realizar contratos y obtener crédito, lo cual impulsó un alza sin precedentes en los estándares de vida.

JUAN ANTONIO MORALES

Todo parece indicar que el superciclo de las materias primas está llegando a su fin y la caída de las últimas semanas de los precios de las materias primas no sería sino el preludio de lo que puede venir. Sin embargo, hay que hacer notar que es sumamente difícil efectuar pronósticos de precios futuros. Hay el criterio muy respetado en la profesión económica de que los precios actuales engloban toda la información disponible y que a partir de sus niveles actuales se pueden mover en cualquier sentido, hacia arriba o hacia abajo.
No obstante la sensatez de la posición anterior, no se puede ignorar lo que está pasando en el mundo para nuestras conjeturas.

cristinaynestorROBERTO CACHANOSKY

En uno de sus típicos discursos en que puede hilar las palabras pero no las ideas, CF acaba de afirmar que tiene miedo (¿?) de que los que dicen que hay una crisis económica, quieran instalar esa idea para luego hacer el ajuste y destruir todos los “logros de la década ganada”.

JUAN RAMÓN RALLO 

La propaganda socialista ha popularizado la idea de que el capitalista explota el trabajador para arrebatarle una parte de su salario. De acuerdo con semejante estampa, el obrero constituye un elemento esencial del proceso de generación de riqueza al que se le adosa un improductivo parásito que le impide retener la totalidad del “fruto de su trabajo”. La realidad, sin embargo, es más bien la opuesta.

El trabajo por el trabajo, la simple aplicación de esfuerzo en cualquier actividad, no genera en sí mismo riqueza. Si lo hiciera, los centenares de miles de viviendas construidas en España durante la burbuja o los aeropuertos vacíos e innecesarios paridos del trabajo humano se erigirían como monumentos a la prosperidad universal. Pero no lo hacen: al contrario, todos coincidimos en la magna dilapidación de recursos que han supuesto. Digamos que el trabajo allí dedicado fue una completa pérdida de tiempo: si los trabajadores que se ocuparon y retuvieron en tan disparatados proyectos hubiesen sido empleados en otras finalidades más útiles, toda la sociedad –empezando por los propios trabajadores– se habría visto beneficiada por esta buena dirección de los esfuerzos.
Que el trabajo sea en muchos casos una condición necesaria para generar riqueza no lo convierte en una condición suficiente.

Es verdad que en un orden social extremadamente simple y primitivo casi cualquier trabajo permitía generar riqueza: las necesidades urgentes no satisfechas (alimentación, vestimenta, cobijo, ornamentación…) eran tantas y los medios potenciales para lograrlas eran tan poco variados (fuerza bruta) que, en efecto, lo único que se requería era esfuerzo físico; la coordinación de ese trabajo, sin carecer de importancia, apenas tenía un rol meramente técnico, de modo que era fácil confundir el esfuerzo humano con una condición suficiente para alumbrar bienestar.