ANÍBAL ROMERO

Como casi siempre, Winston Churchill dio en el blanco al afirmar que “sólo existen dos lugares en los que el socialismo funciona, el cielo donde no es necesario y el infierno donde ya le conocen”. Sin embargo, la quimera de una sociedad ideal pareciera estar profundamente arraigada, y no hay manera de erradicarla de las mentes y sueños de muchos. No importa cuántos reveses históricos se produzcan en nombre de la fantasía, cuántas muertes, desencantos y frustraciones se acumulen a lo largo del rumbo de abyección y ruina que deja a su paso el socialismo; después la utopía renace y reencarna en nuevos tiempos y lugares, generando los mismos desastres y desilusiones.

Ahora bien, conviene distinguir dos versiones de la utopía socialista: de un lado el socialismo que acá llamaré arcaico, y del otro la utopía futurista que, por ejemplo, formularon a grandes trazos Carlos Marx y Federico Engels. El socialismo arcaico, en síntesis, vislumbra el retorno a un paraíso perdido, a una sociedad sencilla, igualitaria y dichosa que alguna vez existió en el pasado pero fue destruida o desviada de su feliz curso por fuerzas malignas.

El mito del socialismo arcaico fue analizado con particular lucidez por Carlos Rangel en su notable libro Del buen salvaje al buen revolucionario, cuya primera edición apareció en librerías hace exactamente cuarenta años. La vigencia de esa obra es quizá mayor ahora que nunca, en especial dentro de la propia Patria venezolana de Rangel, en vista de la renovada fase de socialismo arcaico representada por el régimen que inauguró Hugo Chávez.

Antes de abordar el tema del socialismo arcaico en su ropaje chavista conviene distinguirle de la versión futurista del socialismo, aclarando de paso que acá empleo el término “futurista” de modo puramente descriptivo y sin connotación positiva alguna.

George Chaya

Es innegable que la política mundial avanza hacia una nueva etapa en lo concerniente a la seguridad de los Estados frente a las migraciones masivas producto de los conflictos actuales. En este proceso, muchos intelectuales no han vacilado en abundar sobre los posibles aspectos que los cambios entrañan y han arribado a definiciones tales como “el fin de la historia”, “el regreso a las rivalidades tradicionales entre las naciones-Estado” y “la declinación del Estado-nación a causa de las contradicciones entre tribalismo y globalización”, entre otras posibilidades.

JAVIER PAZ 

Busque la lista de los 10 países con mayor producción de petróleo y notará que, con la excepción de EEUU y Canadá, todos son dictaduras o frágiles democracias plagadas por populismos ineficientes, mucha corrupción y pobreza.

CARLOS ALBERTO MONTANER

Digámoslo rápido. El enfrentamiento actual que divide a medio planeta, y especialmente a los latinoamericanos, es entre el neopopulismo o democracia autoritaria y la democracia liberal. Acabo de desarrollar un breve curso sobre el tema en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. No conozco otra institución tan comprometida con la libertad económica y política. Impresionante.

En la esquina neopopulista del ring comparecen, a la izquierda, el padre Marx, el estatismo, el clientelismo, la Teología de la Liberación, la Teoría de la Dependencia, Eduardo Galeano, Che Guevara, Ernesto Laclau, Hugo Chávez, Evo Morales, Fidel Castro, todos revolcaos, más el caudillismo, el gasto público desbordado, la ALBA, el Socialismo del Siglo XXI, el Foro de Sao Paulo y un tenso etcétera con el puño cerrado y la consigna callejera a flor de labio.

En la esquina liberal se encuentran el padre Adam Smith, Mises, Hayek y los Austriacos, Milton Friedman y el mercado, James Buchanan y la Escuela de la Elección Pública, Douglass North y los institucionalistas, la responsabilidad individual, la empresa privada, el Estado de Derecho, la ALCA, el comercio libre y global, los Tigres de Asia, la exitosa reforma chilena, Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Mario Vargas Llosa, el Estado pequeño y eficiente.

Este eje de confrontación es relativamente nuevo.

El siglo XIX fue el de liberales a la antigua usanza contra conservadores, también de viejo cuño. El XX vio, primero, la batalla entre las supuestas virtudes de la hispanidad frente a los defectos de los anglosajones (el Ariel de Rodó y las conferencias encendidas del argentino Manuel Ugarte). La revolución mexicana de 1910 se cocinó en esa salsa antiimperialista.