ALBERTO MEDINA

Buena parte de la sociedad observa el patético espectáculo del clientelismo político con sorpresa, espanto y estupor. Reprueba esas prácticas con vehemencia, incriminando a quienes la implementan y planteando su indignación por la creciente influencia que ejerce en los comicios.

Esta humillante dinámica, que intenta someter la voluntad de los votantes a los designios de los dirigentes políticos tiene muchos responsables. No son solo los corruptos de siempre, ni tampoco los pícaros que han montado una industria a partir de este instrumento, para aprovechar la ocasión.

Amenazar a un empleado estatal con reducir sus ingresos, a un beneficiario de un programa social con quitarle esa ayuda o, simplemente, ofrecer un intercambio de votos por dinero, mercaderías o la promesa de un empleo, es una brutal canallada. Habla muy mal de quien utiliza estas circunstancias de necesidad del ciudadano para coartar su decisión a la hora de sufragar.

No se puede responsabilizar de estas manipulaciones a las víctimas. Una persona condicionada por su situación de pobreza puede ser un blanco fácil de estos pésimos hábitos de la política contemporánea, aunque es clave identificar que no todos son mártires, ya que muchos se han profesionalizado y aprendieron a maximizar el momento electoral.

Los personajes de la política que recurren a esta modalidad como rutina no merecen defensa alguna. Ellos tienen una responsabilidad enorme y es muy evidente que no son capaces de seducir a los ciudadanos con su carisma, sus discursos y, mucho menos, con sus limitadas capacidades intelectuales. Si esos atributos estuvieran presentes ganarían elecciones sin necesidad de apelar a estos métodos tan denigrantes y despreciables.

estatismoAGUSTÍN LAJE

Así como existen determinadas sustancias que generan a nivel individual enfermiza dependencia en quienes las consumen, distorsionando su visión de la realidad, de idéntica forma existen, a nivel social, políticas y filosofías que generan adicción y alucinación en la población.

JAVIER PAZ 

Un requisito indispensable de una sociedad democrática y de derecho es el respeto casi absoluto a la libertad de expresión. La posibilidad de emitir opiniones sin represalias por parte del Estado, incluso cuando estas opiniones no son compartidas por la gran mayoría de los ciudadanos, es la base misma de la democracia. Sin libertad de expresión corren riesgo los partidos políticos de oposición; sin libertad de expresión no puede existir una prensa independiente que cuestione, investigue e incomode al poder político y económico. Sin libertad de expresión es más fácil que los gobernantes cometan y oculten más violaciones a los derechos humanos, además de perpetuarse en el poder y enriquecerse.

 

estadobienestarCARLOS ALBERTO MONTANER Edmund S. Phelps, Premio Nobel de Economía en el 2006, ha escrito un artículo importante sobre los fundamentos de la fracasada economía griega.