JAVIER PAZ

Tener valores y convicciones implica defender ideales y no personas o instituciones. Un valor fundamental de todo liberal es el derecho casi irrestricto a la libertad de expresión. Un anhelo fundamental del ser humano es el de la libertad y no existe mayor violación a esta que cuando el Estado intenta controlar las ideas, los pensamientos y las conciencias.

H.C. F. MANSILLA 

René Zavaleta Mercado (1937-1984) es un clásico de las ciencias sociales bolivianas y el marxista más ilustre que ha dado el país. Por ello puede sonar muy extraño y hasta confuso que yo califique a su obra teórica como anacrónica. Pudiendo equivocarme fácilmente, sostengo que los pensadores izquierdistas latinoamericanos y bolivianos – y Zavaleta no fue, lamentablemente, una excepción a esta corriente – no contribuyeron a la creación de un marxismo genuinamente crítico y, en cambio, usaron esta doctrina como un instrumento para allanar su camino al poder político. Las creaciones institucionales y el espíritu crítico que había generado el racionalismo a partir del siglo XVIII resultaron indiferentes a los marxistas de la época zavaletiana. Esta es la carencia principal: un marxismo sin humanismo, el cual siempre ha sido una planta mal adaptada al clima local. El racionalismo occidental obliga a poner en cuestión lo obvio y sobreentendido y también los fundamentos de la propia conciencia. Esto es probablemente lo que molestaba a Zavaleta Mercado y a los intelectuales izquierdistas.

Pese a todo su talento, Zavaleta no practicó una actitud crítico-analítica con respecto a una modernización autoritaria, dirigida por un aparato estatal-burocrático centralizado y exento de controles democráticos. No lo hizo con respecto al gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario en Bolivia (1952-1964) y tampoco con referencia a ningún régimen socialista a nivel mundial. Para él las libertades individuales, el Estado de derecho y el pluralismo ideológico eran fenómenos muy secundarios. Lo importante para Zavaleta era el derecho del Estado de disponer sobre todos los recursos materiales y humanos en pro de las grandes metas históricas. Estas últimas eran definidas por una pequeña élite de iluminados, que, sin consultar a las masas, definía en nombre de estas el futuro de la nación.

CARLOS SANCHEZ BERZAÍN 

Los países controlados por el socialismo del siglo XXI han sufrido la suplantación de sus constituciones políticas y ahora son regidos por instrumentos que constituyen la base institucional de leyes y disposiciones con las que sistemas dictatoriales salidos de procesos electorales gobiernan simulando legalidad, cuando en verdad violan los derechos humanos de los ciudadanos. Estos sistemas jurídicos son en verdad fraudulentos mecanismos para ejercer el poder de hecho, se trata de “infames sistemas jurídicos”.

Un sistema democrático garantiza esencialmente el respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de la persona. La vida, la libertad, la igualdad, la dignidad, la protección ante la ley, el no ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado, la presunción de inocencia, la protección de la honra y reputación, la nacionalidad, la propiedad, la libertad de pensamiento, la libertad de opinión y de expresión, tribunales independientes e imparciales, circular libremente, participar del gobierno de su país, la seguridad, etc. Todos estos son derechos universales, garantizados incluso en los textos constitucionales de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua.

Una de las primeras trampas para institucionalizar la simulación democrática ha consistido en las denominadas reformas constitucionales que sientan las bases para terminar con la democracia. Ninguno de los regímenes respeta que una república se fundamenta en “el imperio de la ley y la igualdad ante la ley como forma de frenar los posibles abusos de las personas que tienen mayor poder, del gobierno y de las mayorías, con el objeto de proteger los derechos fundamentales y la libertades”.

VÍCTOR PAVÓN 

El legado de Friedman ha sido fructífero a la hora de contrarrestar las temibles influencias de las ideas colectivistas, llámese socialismo, comunismo, fascismo o socialdemocracia, que subordinan al individuo frente al Estado. Friedman fue el mentor intelectual de uno de los hechos más impactantes del siglo pasado, la “revolución conservadora” liderada por Ronald Reagan en EE.UU. y Margaret Thatcher en Inglaterra.

Un poco más en esta época, son parte del legado friedmaniano varios países que lograron economías prósperas como el caso de Hong Kong, pasando por Singapur, Nueva Zelanda, Australia, Mauricio y hasta Chile que promovieron exitosamente políticas de liberalización, privatización, control de la inflación, contención del gasto, etcétera y hasta reformas educativas.

En la dura e interminable batalla por las ideas, este hombre de pequeño porte físico nacido en el seno de una familia de inmigrantes pobres, desde su juventud se destacó por su coherente prédica por la “Libertad de elegir”, nombre de uno de sus libros leído por millones de lectores en todas partes del planeta. Hace cuarenta años atrás —y todavía sigue— en las universidades y centros de estudio se predicaba con gran pasión que los gobiernos debían tener un rol protagónico en la economía. Esto de hecho se puede probar con el peso del Estado como porcentaje del producto en los países del primer mundo, que pasó de alrededor del 10 por ciento a comienzos del siglo XX a 50 y hasta 70 por ciento en las últimas décadas.

Contra esta equivocada tendencia se opuso Friedman, una corriente difícil de contrarrestar debido a que casi todos los economistas y políticos fueron seducidos por la magia del keynesianismo. Friedman fue precisamente el más destacado científico que ayudó a comprender mediante la ciencia económica el valor de la libertad económica y el Estado de Derecho como los cimientos necesarios para salir de la pobreza y combatir efectivamente la corrupción.