MARIO VARGAS LLOSA
Esta semana dos cosas espléndidas ocurrieron en América Latina.
IAN VÁSQUEZ
Estamos en la temporada en que los candidatos presidenciales sacan o amenazan con sacar sus propuestas de gobierno —ese ejercicio en que pretenden tener el plan, o múltiples planes, para resolverlo todo—. En estos solemos aprender que siempre se puede mejorar la salud, la cultura, el desempleo, la educación, etc., con una buena dosis de dirigismo y programas gubernamentales.
Felizmente el progreso no ocurre así. El autor Matt Ridley nos explica en su nuevo libro La evolución de todo (The Evolution of Everything) que los grandes avances de la humanidad ocurren de una manera no planificada e impredecible y se trata de cambios graduales en los que han contribuido multitudes de personas sin que necesariamente se conozcan o hayan tenido un fin común.
El desplome de la pobreza mundial, la reforestación de buena parte del mundo desarrollado, la caída de la fertilidad, la habilidad de dar de comer a una población mundial creciente, son ejemplos de tales fenómenos que nadie planificó.
Es más, los órdenes complejos se dan precisamente porque han evolucionado en un proceso que no ha sido dirigido por una persona o grupo de expertos. El lenguaje es un ejemplo. Nadie inventó el español o el inglés, pero esos idiomas son sistemas de reglas sofisticadas escritos por todos y que a su vez están siempre evolucionando. Así como en el caso de las costumbres y el mercado, es el resultado de la acción humana pero no del designio humano, como explicó el escocés Adam Ferguson.
CARLOS ALBERTO MONTANER
La victoria de Mauricio Macri en Argentina es el triunfo del sentido común sobre el discurso crispado y fallido de las emociones. Es, también, el arribo de la modernidad y el entierro de una etapa populista que debió desaparecer hace mucho tiempo.
Hay una exitosa manera de gobernar. Es la que se emplea en las 25 naciones punteras del planeta, donde debiera estar Argentina, donde estuvo en el primer cuarto del siglo XX. La esperanza de todos es que Macri encamine al país en ese rumbo.
¿Cuáles son esas naciones? Las que consignan todos los manuales rigurosos, desde el Índice de desarrollo humano que publica Naciones Unidas hasta el Doing Business del Banco Mundial, pasando por Transparencia Internacional. Son una veintena de compilaciones y da igual cómo se crucen: a la cabeza siempre comparecen los mismos.
¿Cuáles? Los sospechosos habituales: Noruega, Inglaterra, Suiza, Canadá, Alemania, Estados Unidos, Holanda, Dinamarca, Japón, y el consabido etcétera. ¿Cómo lo hacen? Con una mezcla de respeto a la ley, reglas claras, fortaleza institucional, mercado, apertura comercial, razonable honradez administrativa, buen nivel educativo, innovaciones, competencia, productividad y, sobre todo, confianza.
JAVIER PAZ
Europa está en una encrucijada. El viejo continente se encuentra en la vanguardia de los principios liberales como la tolerancia, gobiernos limitados, libertad de expresión, libertad de credo. Las olas migratorias predominantemente musulmanas y la erupción del terrorismo fundamentalista islámico plantean dilemas complicados con relación a estos principios de convivencia. Los migrantes musulmanes traen su cultura, tradiciones e idioma y despiertan entre ciertos sectores de la población europea sentimientos de nacionalismo y xenofobia. Por otro lado, el legítimo derecho de defenderse contra el terrorismo fundamentalista, puede tener un alto costo en cuanto a la protección de la libertad individual.
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