estatua de_la_libertadDAVID BOAZ 

Cuando terminó la Revolución Americana, el Rey Jorge III le preguntó a su pintor estadounidense, Benjamin West, lo que George Washington haría ahora. West contestó, “Dicen que él va a volver a su granja”.

VÍCTOR PAVÓN

El libro Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, recientemente fallecido, se constituyó en un símbolo de la izquierda intelectual en esta parte del mundo. Galeano contaba con una pluma singular, sin embargo, sus ideas no se correspondían con la realidad histórica ni tenían bases políticas y económicas razonables. Todavía más, Galeano más bien alimentó el odio contra todo aquello que significa modernidad, en el sentido de aprender lo que otras naciones fueron logrando para beneficiar a la gente.

Fue así que Eduardo Galeano por más de cuarenta años se convirtió en el abanderado del anti-capitalismo y el anti-norteamericanismo, diseminando la idea marxista de la lucha de clases, del odio contra el proletario, el rico, el empresario que solo busca beneficiarse a costa de los pobres, según dice el credo colectivista.

Fiel seguidor de Karl Marx, su principal mentor intelectual, Galeano supo ganarse la simpatía de muchos latinoamericanos que así encontraban la explicación de la pobreza en esta parte del mundo. La causa, decía este autor, fueron primeramente los colonizadores españoles, luego los ingleses y más tarde los Yankees, hasta llegar al liberalismo que solo busca el lucro sin interesarle los trabajadores y campesinos, los oprimidos del “capitalismo salvaje”.

JAVIER PAZ 

Por más extraño que nos parezca, hace algunos siglos la gente creía que los reyes eran designados por Dios para el cargo y que su autoridad era incuestionable. El escocés John Locke (1632-1704) y el suizo Jean Jacques Rousseau (1712-1778) desafiaron este paradigma y desarrollaron la teoría del contrato social, según la cual existe un contrato implícito entre el individuo, la sociedad y el Estado por el cual el individuo cede parte de su libertad para vivir en sociedad y conformar un Estado que lo proteja de ciertas amenazas.

RAIMUNDO COX 

Cuando damos una mirada rápida a América Latina, sorprende que su historia no haya sido mejor. Para muchos, es curioso que, con todos los recursos naturales y posibilidades de la región, no haya una mejor calidad de vida y mayor prosperidad. La historia de América Latina ha estado marcada por innumerables problemas casi sistémicos que la acosan hasta el presente. Los caudillismos, las demagogias y las tentaciones marxistas han sido dolores de cabeza recurrentes en la historia de la región y han dado como resultado que, lo que podría haber sido una zona próspera, hoy se encuentre casi estancada en comparación con otros países.

Por ejemplo, hagamos una comparación entre la Argentina de principios del siglo XX con la Argentina de hoy. ¿Cómo un país que llegó a ser una de las potencias del mundo el siglo pasado puede encontrarse hoy en semejante decadencia? Otro ejemplo claro es el de Venezuela: Entre la situación que tenía en la década de los 70 y la que tiene hoy, existe un profundo abismo.

¿Cómo un país próspero lo echa todo a perder? La respuesta se encuentra en una sencilla medición: La libertad. Hubo países de América Latina que en diferentes períodos desde la independencia han gozado de épocas de libertad, en mayor o menor medida. Curiosamente esto coincide con sus momentos de mayor auge.

Las ideas de la libertad, y no otras, son las que, puestas en práctica, han generado las instituciones que llevan a los países a la prosperidad. Las ideas del respeto a la propiedad privada, la dignidad de la persona, el Estado de Derecho, y la responsabilidad individual han sido causales directas del progreso. Por tanto, parecería extraño que siendo estas ideas e instituciones las que mejor funcionan, alguien pensara en cambiarlas y más aún que esto se hiciera de forma radical y en sentido contrario.

Pues bien, aquí es donde nos topamos con la difícil cuestión, pues no es necesariamente el éxito per se lo que determina que algunas instituciones perduren o sean reemplazadas. Son las ideas, es el clima de opinión, es la cultura, las que mueven a las personas y su historia. Y en esos vaivenes, las ideas de la libertad han salido perdiendo en América Latina, pues cuando se están haciendo bien las cosas, sus pueblos se relajan y confían en que sus políticos sabrán mantener la prosperidad ganada. La libertad requiere eterna vigilancia y cuando no se es constante, damos paso a problemas como los que aquejan a la región. El fracaso espera a quienes no defienden su libertad.