ALBERTO MEDINA
Esta sociedad ha decidido darle entidad a la equivocada idea de que un buen legislador es aquel que presenta una innumerable cantidad de proyectos parlamentarios y consigue concretarlos a través de nuevas leyes.
Esta mirada explica, en buena medida, la conducta de ciertos dirigentes que intentan obtener votos para llegar a su banca, proponiendo determinadas leyes requeridas por la gente. Sus propuestas políticas, en este sentido, pasan siempre por regular, restringir, controlar y apelar a cualquier argumento que conduzca a agregar leyes a mansalva a las ya existentes.
Esto no sucede por casualidad. Es el resultado de una demanda social. La comunidad cree, mayoritariamente, que la actividad de un legislador debe medirse bajo ese parámetro. De hecho, son muchos los que al concluir el año, dan a conocer públicamente la cantidad de proyectos que han presentado, sumando además no solo las legislaciones propuestas, sino también otros recursos similares menores como declaraciones de interés, meramente enunciativas que sin relevancia sirven solo para abultar el número y generar la sensación de un trabajo gigante, profundo y dedicado.
En línea con esa visión, otros dirigentes son cuestionados por sus ausencias en el recinto, pero sobre todo por el exiguo número de proyectos de ley presentados durante su gestión, como si eso fuera realmente importante.
Es trascendente entender el trasfondo de este asunto, ya que allí radica la base ideológica de esta perspectiva que tantos adeptos tiene. Son muchos los ciudadanos que creen que la realidad puede ser modificada mágicamente por ley, estableciendo órdenes a través de normativas y haciendo que todo suceda por imperio de la fuerza, sin comprender que solo se necesita un marco normativo muy general, ya que el progreso depende, de la actitud de los individuos y no de su comportamiento colectivo.
ARMANDO MÉNDEZ
La sobrevivencia es un hecho natural en toda especie animal. El hombre manifiesta también esta característica. En su largo caminar superó la etapa del salvajismo, tiempo en el cual compartía las mismas características que los animales para sobrevivir. Debía extraer su alimento, a como de lugar, de lo que la naturaleza le proveía y debía matar a los animales para comer su carne y utilizar sus pieles para cubrir su cuerpo.
ADRIÁN RAVIER
“La estatolatría es la mayor enfermedad social de nuestro tiempo”. Este lema representa una de las lecciones que aprendí del Dr. Jesús Huerta de Soto, uno de mis profesores en el Doctorado en Economía de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Se trata de una creencia, o un fenómeno sociológico y cultural, en el que cada individuo se considera incapaz de valerse por sí mismo, y delega en el dios Estado la solución a todos sus problemas.
En el siglo XX el Estado ha reemplazado el rol que siglos pasados jugaba la Iglesia. La gente ya no pide a Dios por trabajo, alimento, ropa, un techo o salud, sino que redirige sus peticiones al gobierno de turno. El dios Estado se supone presente para asistir a los necesitados. Se cree en las buenas intenciones de nuestros gobernantes, y también en su omnisciencia. Se supone que el Estado detecta a tiempo cada problema y luego actúa en consecuencia.
En países presidencialistas, y en especial en etapas de auge, el presidente de turno se convierte en ídolo. Sólo cuando aparecen las fases de crisis y depresión es cuando el ídolo cae, y se lo reemplaza por su sucesor, intentando que ahora sí, la asistencia sea la esperada.
La inmadurez de las masas es una consecuencia obvia, y ante ello, los problemas se multiplican. Hombres y mujeres abandonan su creatividad natural, y en lugar de “emprender”, esperan pasivos por una solución externa que nunca llega.
Esa pasividad es también fomentada por los propios gobiernos, por esos ídolos de turno, que saben que sólo mediante la “infantilización” de las masas pueden mantenerse en el poder y multiplicarlo. Los gobiernos han logrado distraer la atención acerca de las verdaderas causas de nuestros problemas. Se culpa al capitalismo, al ánimo de lucro, al mercado, a los empresarios, a la propiedad privada, por los problemas que el mismo dios Estado causa, incluyendo la división de los pueblos y el conflicto permanente.
MARTÍN KRAUZE
¿Por qué es necesario limitar al poder? Después de todo, ¿no es la democracia el gobierno del pueblo? ¿Y para qué se va a limitar el pueblo a sí mismo? Estas preguntas, por supuesto, han sido tratadas por siglos en el ámbito de la filosofía política. ¿Qué puede agregar la economía al respecto?
Dados los problemas de incentivos e información que enfrenta la política y el potencial de abuso que significa el monopolio de la coerción en manos del estado, particularmente evidente en gobiernos totalitarios, se hace necesario limitar ese poder y tratar que su estructura institucional conste de incentivos para perseguir el bien común (si es que de alguna forma podemos definirlo), o al menos para minimizar el potencial daño si persigue políticas que llevan a peligrosas crisis futuras o que benefician a grupos específicos de la sociedad. Tal vez eso sea simplemente el bien común, la minimización del daño que nos podemos hacer unos a otros.
Un elemento importante para alcanzar este objetivo son los valores e ideas que predominan en una sociedad en determinado momento histórico. Son el determinante último de la existencia o ausencia de limitaciones al poder. Ninguna constitución o norma detendrá la concentración y abuso del poder si los miembros de una sociedad lo toleran y no lo resisten. Se atribuye al escritor y político irlandés Edmund Burke aquella frase “para que triunfe el mal, sólo hace falta que los buenos no hagan nada”. Y cuando vimos (en el libro) los incentivos que tenemos para estar informados en la política, es probable que no hagamos nada porque ni siquiera nos informamos sobre el abuso que pueda estar ocurriendo o porque creemos que no lo es, o porque no nos importa.
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