JOSÉ AZEL
La democracia es un sistema político anormal y no natural. Ese es el punto de vista que sostienen los regímenes autoritarios y totalitarios y quienes pretenden adularlos. Y, en cierto sentido, tienen razón. Una democracia liberal exige a quienes ejercen el poder restricciones reglamentadas a ese poder y, menos natural aún, habilitar procesos que puedan removerlos del poder.
Es encomiable que Roberta Jacobson, la jefa de la delegación de Estados Unidos, estando en Cuba, se reuniera con disidentes y expresara la preocupación de Estados Unidos por la falta de libertades civiles. Sin embargo, para poder avanzar con los derechos de los ciudadanos en Cuba tendrá que persuadir al Gobierno cubano de cambiar su propia naturaleza.
Los defensores de la nueva política han argumentado hasta el cansancio que la vieja política de sanciones económicas no ha funcionado, y que la nueva política debilitará al Gobierno cubano.
Esas afirmaciones son conjeturas, ya que la nueva política enriquecerá fundamentalmente a los militares cubanos, que controlan la mayor parte de la actividad económica, y así fortalecerá al régimen.
Es difícil discernir cómo fortalecer la democracia en un Gobierno totalitario, pero llevemos la discusión más allá de los lugares comunes, hacia arenas movedizas menos exploradas.
La democracia liberal no aboga por un Gobierno débil, sino limitado. La autoridad del Estado cubano no conoce límites; es una forma de Gobierno ilimitada. No conozco ningún argumento que proponga que la nueva política de Estados Unidos hacia Cuba promoverá un Gobierno limitado en aquel país. El enemigo del Gobierno totalitario no es el Gobierno débil; es el Gobierno limitado.
ALBERTO BENEGAS LYNCH
Conviene despejar un mal entendido. Se ha dicho que la libertad de uno termina donde comienza la del otro. Esto, aunque expuesto con la mejor de las intenciones, puede prestarse a confusión puesto que la libertad significa la de todos, lo cual naturalmente se traduce en el respeto recíproco. La invasión a las libertades de otros no es libertad sino anti-libertad, precisamente constituye un atropello a la libertad. No es que la libertad se extralimita, es que entra en la zona de la no-libertad. Lo mismo va para el derecho, plano en el que se ha introducido la absurda teoría del “abuso del derecho”, una contradicción en los términos puesto que una misma acción no puede ser conforme y contraria al derecho.
Pero aquí viene un asunto de la mayor importancia que se traduce en un debate que viene de largo tiempo y promete seguir. Reitero aquí parte de lo que he escrito en la introducción a la doceava edición de mi Fundamentos de análisis económico (Panamá, Instituto de Estudios de la Sociedad Abierta, 2011) puesto que de lo que se trata en este contexto es de discutir marcos institucionales civilizados para que pueda funcionar la economía. Allí ilustro el tema con lo consignado por dos pensadores de fuste: Karl Popper y Sidney Hook.
El primero escribe que “La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada incluso a aquellos que son intolerantes, si no estamos preparados para defender una sociedad tolerante contra la embestida del intolerante, entonces el tolerante será destrozado junto con la tolerancia […], puesto que puede fácilmente resultar que no están preparados a confrontarnos en el nivel del argumento racional y denunciar todo argumento; pueden prohibir a sus seguidores a que escuchen argumentos racionales por engañosos y enseñarles a responder a los argumentos con los puños o las pistolas” (The Open Society and its Enemies, Princeton, NJ., Princeton University Press, 1945/1950:546).
ARMANDO MÉNDEZ
Dos excelentes artículos de opinión sobre el populismo inspiran esta columna. El primero, de Iván Arias, titulado: ¿De seguro ganador a casi perdedor?, y, el segundo, de Gary Rodríguez, titulado: “Macroeconomía del Populismo”.
Iván Arias, compartiendo ideas con Diego Ayo, dice que las características del populismo son: despreciar el orden legal y domesticar a las instituciones de la democracia liberal; exaltar al líder carismático; aplicar el discurso y medidas para preservar el poder y la hegemonía política sin medir costos; culpar a otros de sus fracasos; alentar el odio de clases; movilizar permanentemente a los grupos sociales; utilizar discrecionalmente los fondos públicos para congraciarse con las masas, odia la fiscalización y busca reproducirse en el poder indefinidamente.
JAVIER PAZ
¿Qué me debe la sociedad a mí o a usted? ¿La sociedad le debe una casa, un auto, medicinas y servicios de salud, educación desde el colegio hasta la universidad, seguro de desempleo, pensión de vejez? Dependiendo de su corriente filosófica la respuesta puede ser un sí completo o parcial, como lo da el comunismo, el socialismo y los Estados de bienestar modernos. Estas corrientes consideran obligación del Estado cuidar a los ciudadanos como si fueran niños desde la cuna hasta la tumba. Por supuesto, si el Estado es responsable de proveer estos servicios y, para ello, confisca parte de la producción de los miembros de la sociedad mediante impuestos, entonces es la sociedad la que paga estos servicios.
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