George Chaya

Cuando el 11 de septiembre de 2001 la organización Al-Qaeda secuestró aviones con el fin de atacar los EE.UU, intentó secuestrar también el mensaje del Islam. Al hacerlo, los fundamentalistas encendieron la gran batalla del nuevo milenio. El asesinato de más de tres mil personas inocentes en nombre de la yihad no significó solo la antítesis de los valores del mundo civilizado, sino también de los preceptos del propio Islam.

Cuando los terroristas liberaron su brutalidad y salvajismo, mostraron sus fines políticos más bajos, exactamente igual que los demagogos habían manipulado todas las religiones antes que ellos.

ALBERTO MEDINA 

La política como actividad profesional ha instalado una serie de creencias hasta convertirlas en verdades irrefutables. La mayoría de ellas apuntan a que la sociedad incorpore la idea de que los políticos son imprescindibles protagonistas, necesarios participes y vitales intérpretes en su función de intermediarios entre las dificultades y las soluciones.

El paradigma central de ese dogma preferido por los políticos, es aquel que sostiene que son los gobiernos los que deben “solucionar los problemas de la gente”. Esta perspectiva, además de perversa y falaz, apuesta a la pereza ciudadana promoviendo la comodidad de ciudadanos que creen, genuinamente, que todos sus padecimientos son responsabilidad de terceros, de otros, de personajes que se empeñan en hacerlos desdichados.

En el marco de esa engañosa teoría, la política como sacerdocio y vocación, asume el heroico rol de ofrecer “alivios y remedios” para que la comunidad los apoye electoralmente y de ese modo deleguen esa agotadora gestión dejando todo en manos de políticos supuestamente eficientes que toman la posta para resolver cada inconveniente que los ciudadanos identifican.

La felicidad es un concepto subjetivo, individual, absolutamente personal, por el que cada ciudadano fija sus prioridades, gustos, preferencias y una escala de valores bajo la cual intenta alcanzar ese estándar sublime.

No existen garantías para ello. Esa búsqueda es permanente y siempre imperfecta. Lo que cada individuo intenta es lograrlo, pero no lo consigue con la frecuencia deseada, siendo invitado entonces a ajustar reiteradamente sus estrategias y tácticas para obtener la meta soñada. Por momentos lo consigue, pero sabe que ese bienestar es efímero y que pronto algo volverá a romper el equilibrio, obligándolo a un nuevo intento.

CARLOS ALBERTO MONTANER 

Esta obra se inscribe en una tradición que tiene un glorioso precedente cubano, la Teoría de la autoridad, escrita en el último tercio del siglo XIX por Calixto Bernal, uno de los grandes tratadistas de la época.

Mi primera observación tiene que ver con el hecho mismo de que un joven político cubano se atreva a pensar y a teorizar por cuenta propia. Eso es magnífico. Tenemos la nefasta tendencia a creer que la política es una actividad de maniobreros de corto aliento, ávidos de poder, apenas vinculados a la función de pensar y a la gloria y al ánimo genuinos de servir. Eso es falso. Los grandes estadistas, al margen del legítimo impulso psicológico que los lleva a querer mandar, suelen tener la cabeza poblada de ideas y de conocimientos. Pienso en Winston Churchill, en Antonio Cánovas del Castillo, en Václav Havel. Eso no quiere decir que los estadistas más cultos acierten siempre, sino que es preferible examinar la realidad desde un marco teórico complejo que tratar de interpretarla a impulsos del corazón o de los testículos, sin que en ello apenas intervenga el cerebro.

Una buena cabeza, un buen equilibrio emocional y una sólida estructura de valores probablemente reducen las posibilidades de errar y multiplican las de hacer el bien. No anda descaminado quien supone que un buen estadista, un estadista completo, debe tener una idea moral de la sociedad, una idea económica, una idea sociológica, una idea antropológica, una idea histórica. Es verdad que el sentido común es muy importante –esa mirada rápida que permite a quien lo posee tomar las decisiones más razonables y adecuadas a la realidad–, pero ese instinto se alimenta mejor cuando se nutre de una densa formación cultural.

MAURICIO ROJAS 

Friedrich Hayek inicia Camino de servidumbre con la siguiente cita de Lord Acton: "Pocos descubrimientos son tan irritantes como aquellos que revelan el origen de las ideas". Y así es, no menos en el caso de las diversas variantes actuales del populismo, ya sean latinoamericanas o españolas.

El populismo contemporáneo gusta de vestirse con ropajes socialistas y hasta se proclama "socialismo del siglo XXI". Desde su perspectiva, esta sería una forma de adquirir cierta respetabilidad intelectual y revolucionaria. Pues bien, como casi todas las cosas que predican los líderes populistas, también es una falsedad. Su verdadera historia ideológica es bastante distinta y tiene mucho más que ver con el fascismo que con el socialismo (diferente, aunque no por ello mejor). Es del mundo simbólico del discurso fascista (pueblo contra elites vendidas y enemigos foráneos), su culto a la fuerza de la voluntad (encarnada en la voluntad titánica del líder) y su talento mediático (la política como espectáculo), de donde se nutre el populismo en sus diversas variantes. Por ello es que el populismo de hoy, más que el socialismo, es el fascismo del siglo XXI.

Esto lo captó muy bien Carlos Fuentes, que ya en 2006 escribió lo siguiente sobre Hugo Chávez:

Montado sobre la quinta producción mundial del petróleo, Hugo Chávez se pasea como gobernante de izquierda cuando en verdad es un Mussolini tropical, dispuesto a prodigar con benevolencia la riqueza petrolera, pero sacrificando las fuentes de producción de empleo.