JOSÉ ANTONIO RIVERA 

Por voluntad del Constituyente, expresada en el Art. 1º de la Constitución, Bolivia es un Estado plurinacional comunitario, democrático, que se funda en la pluralidad y el pluralismo político, económico, jurídico, cultural y lingüístico.

AXEL KAISER 

Todas las revoluciones —esos esfuerzos delirantes por rediseñar desde arriba la totalidad del orden económico y social— han conducido a sangre, miseria y tiranía. Sobre esto la historia casi no muestra excepciones. Salvo, por supuesto, por la revolución americana, cuyo aniversario se acaba de celebrar el pasado 4 de julio. Mientras la revolución francesa, el primer ejercicio igualitarista-racionalista de la época moderna, condujo al Régimen del Terror y anticipó en buena medida las revoluciones marxistas posteriores tanto en la forma como en el fondo, la americana produjo la primera democracia de los tiempos modernos y la sociedad más libre y próspera que la humanidad jamás haya visto.

Como bien notara Lord Acton, Europa parecía incapaz de abrigar la libertad, la que tuvo que encontrar su terreno fértil en América para de ahí conquistar el mundo. La pregunta fundamental es por qué, a diferencia de las demás revoluciones, la americana consolidó una sociedad libre en términos políticos y económicos.

La respuesta es que la independencia americana en realidad no fue una revolución. Los americanos, a diferencia de los franceses o los soviéticos, nunca intentaron refundar un orden partiendo desde cero y jamás confiaron en los planes de ingeniería social diseñados por intelectuales. Cuando los colonos se rebelaron en contra del rey inglés lo hicieron acusándolo, con razón, de haber violado las instituciones y principios más esenciales de la tradición inglesa. Entre ellas destacaban el derecho de propiedad, el debido proceso y el derecho a representación política para quienes son contribuyentes. Desde su llegada a América, los primeros colonos habían incorporado el rule of law y los principios de soberanía popular como fundamentos del orden político.

GABRIEL ZANOTTI

1. Populismo en general.

¿Por qué las propuestas demagógicas e intervencionistas, con grados diversos de autoritarismos, son en general aceptadas por la gran mayoría de la población?

Es una pregunta que choca con el habitual racionalismo de ciertos liberales (1), que presupone que explicando racionalmente las bondades del libre mercado y el gobierno limitado, debería bastar para su aceptación. Si ello no es así, es que aún no hemos encontrado la forma de “explicarlo y-o comunicarlo bien y adecuadamente”. Sin embargo, la naturaleza humana no es racional “de ese modo”. Freud, en su obra “Psicología de las masas y análisis del yo” (2), nos explica algo sobre la naturaleza humana que los liberales clásicos deberíamos incorporar más a nuestros análisis políticos. La evolución de la psiquis no es tan fácil. La ambivalencia sobre la figura paterna puede generar a veces una identificación y una regresión infantil a la figura del padre (como un proceso inconsciente para evitar “el asesinato del padre”).

Estas personas con esta regresión quedan perfectamente preparadas para una alienación y masificación con el “jefe de la horda”, expresión muy significativa utilizada por Freud. O sea que en el psiquismo de muchos adultos existe una bomba de tiempo: un proceso de regresión por medio de la identificación con la figura paterna que se proyecta en el líder autoritario. Por eso las personas masificadas se sienten “hermanadas” en el amor al líder, y son propensas por ello a procesos de igualación que los identifique precisamente como los hermanos ante el padre. Esta es una explicación de los fenómenos de masas que explica muy bien los procesos de autoritarismos políticos, y la mala noticia es que estas personas no están precisamente preparadas para ejercer el juicio crítico contra el dictadorzuelo que ha capturado la debilidad de ese yo que padece una profunda regresión hacia sus etapas más infantiles.

CARLOS ALBERTO MONTANER

Comienzo por una anécdota. Me la relató la protagonista, una excelente médico cubana, especialista en implantes cocleares encaminados a devolverles la facultad de oír a niños sordos. Hace unos cuantos años, al volver de las vacaciones, la esperaba el moralizante comité del Partido Comunista del hospital donde trabajaba. Se proponían reprenderla. Ella no sabía por qué. Pronto lo supo. Era culpable de una conducta impropia del socialismo: se había creado fama de ser la mejor cirujana en su especialidad. Se había destacado. ¿Existía alguna prueba? Por supuesto: sus pacientes prefirieron esperarla y durante su ausencia se negaron a ponerse en las manos de otros médicos.

La acusada escuchó pacientemente la regañina. Le explicaron que la revolución preconiza el trabajo en equipo y es refractaria al éxito egoísta de los individuos, práctica que aparentemente pertenece al ámbito del capitalismo despreciable.

La doctora replicó que nada había hecho para seducir a sus pacientes, salvo ser buen médico, pero secretamente tomó la decisión de escapar de un país dispuesto a castigar la excelencia en nombre del igualitarismo revolucionario. Desde hace unos años ejerce su profesión muy exitosamente en Miami.

Relato esta historia porque hoy, mientras los gobiernos, los partidos políticos y numerosos pensadores, colectivistas y no colectivistas, se preocupan por reducir la desigualdad, satanizan el lucro y esgrimen como bandera el Índice Gini, con el que suelen azotar a quienes se han enriquecido, los individuos, por la otra punta del análisis, luchan por descollar y acentuar las diferencias sociales.