Álvaro Vargas Llosa
Con ocasión de un seminario organizado por la cátedra Roberto Ampuero en la Finis Terrae en Santiago, compartí hace pocos días con las asistentes algunas reflexiones sobre el extraño devenir del liberalismo, que durante mucho tiempo casi monopolizó en América Latina el relato ilusionante, la épica, el utopismo en el mejor sentido, y que en algún momento se dejó arrebatar aquello por la izquierda socialista. Hoy el liberalismo ha quedado convertido para mucha gente, al menos en ciertos países, en una flor muy marchita y seca. El socialismo y el populismo -que no siempre fueron lo mismo pero hoy confunden muchos de sus espacios- ofrecen un relato y los liberales ofrecen -ofrecemos- cifras, estadísticas, racionalidad, en una palabra: bostezos.
CARLOS ALBERTO MONTANER
La presidente chilena Michelle Bachelet quiere reducir la desigualdad. Me sospecho que se refiere a la desigualdad de resultados, que es la que mide el coeficiente Gini.
HANA FISCHER
Los defensores del socialismo suelen presentarlo bajo un ropaje moral. Su argumentación primordial es la siguiente: La superioridad del socialismo frente al liberalismo reside, en que bajo ese sistema se castiga “la persecución del lucro”. Es decir, oponen la “generosidad desinteresada” —que supuestamente caracterizaría al colectivismo— a lo que ellos denominan peyorativamente el “egoísmo” de los agentes privados, cuando cada uno puede perseguir sus propios fines en un ámbito de libertad.
Los socialistas se ven forzados a recurrir a ese tipo de premisas, ya que la evidencia histórica es contundente al mostrar la supremacía del liberalismo en todos los planos. En el económico, la competencia en mercados libres es la razón por la cual los productos y servicios son cada vez más novedosos, baratos y de calidad. Desde el punto de vista humano, basta con comparar la atención recibida en un shopping con el trato recibido en cualquier oficina pública. Esa diferencia es muy relevante, ya que uno de los rasgos más característicos del socialismo es la proliferación exorbitante de los trámites que el ciudadano medio se ve obligado a realizar. En consecuencia, la desconsideración en las relaciones interpersonales es la realidad cotidiana a la que se ve sometido Juan Pueblo. Ergo, esa sociedad paulatinamente se va deshumanizando.
Si lo observamos desde el ángulo político, el rasgo definitorio del socialismo es la violencia. Es decir, el uso de la fuerza, ya sea física o legal. ¿Por qué ocurre eso? Porque ese sistema pretende modificar la naturaleza propia del hombre. Es por esa razón que continuamente se refieren al “Hombre Nuevo”, que supuestamente sería lo más parecido a un ángel que existe. Pero como es obvio, trasmutar bajo coacción a un sujeto en un ser celestial, requiere de tratamientos brutales. El film “La naranja mecánica” de Stanley Kubrick, es un buen ejemplo de lo que significaría en los hechos ese intento.
Los socialistas suelen denominar “egoísmo”, lo que en rigor es la búsqueda de mejorar nuestra propia condición y la de nuestras familias. Y eso se puede lograr de dos modos opuestos: mediante el trabajo persistente y honesto; o, viviendo a costa de otras personas.
ERNESTO MILÁ
¿Cómo ve el mundo un progre?
"Progre" es el apócope de "progresista", utilizado con voluntad denigratoria y resaltando las limitaciones de una ideología que no llega a tal, sino que más bien es una concepción del mundo. "Progresía", por su parte, se utiliza como sinónimo de feligresía "progre". El "progresismo" es tan limitado en lo ideológico que "progre" se adapta mejor a sus contenidos, de la misma forma que un dinosauro político indocumentado no es un "reaccionario" sino más bien un "regre". Lo "progre" y lo "regre" son las dos caras de la misma moneda: la de la estupidez aplicada a la política y al día a día.
La naturaleza "progre" viviseccionada.
El "progre" se ve aureolado de tres rasgos que definen su médula:
1) De cara al sistema político es ? renovador, reformista e innovador";
2) De cara a sí mismo es "tolerante, humanista y laico";
3) De cara a su ubicación es "de izquierda", "de centro izquierda" o "centrista" (y si es centrista, por supuesto, se reafirma diciendo que es de centro "progresista" porque más acá de la izquierda hay que añadir una muletilla).
Es difícil no considerarse "progre", porque, en principio los dos primeros rasgos no los puede negar nadie. Nadie con dos dedos de frente se encierra en un bunker político negando la necesidad de reformas y renovaciones. En tanto la sociedad avanza y evoluciona (o involuciona), siempre es preciso introducir correcciones al sistema. Así mismo, es difícil negar que "tolerante" y "humanista" son posiciones más ciertas que "intolerante" e "inhumano". Y lo laico siempre será más árido, pero más racionalista, que cualquier forma de pensamiento mágico.
Page 45 of 80