altruismoDAVID KELLEY 

El sistema capitalista se inició en el siglo que va de 1750 a 1850, como resultado de tres revoluciones.

JUAN RAMÓN RALLO

La abdicación del Rey Juan Carlos I ha reabierto con toda su intensidad el debate sobre la forma de Estado óptima para España. Las opciones en liza parecen limitarse a la continuidad monárquica y a la ruptura republicana. En realidad, sin embargo, este falso dilema sólo contribuye a secuestrar el auténtico debate sobre la forma de gobierno, que no es entre monarquía o república, sino entre gobierno limitado y gobierno ilimitado.

Fue Aristóteles quien en su libro Política dividió las posibles formas de gobierno en tres parejas: monarquía (donde gobernaba una persona buscando el bien común) y tiranía (donde gobernaba una persona buscando su bien particular); aristocracia (donde gobernaba un grupo de personas buscando el bien común) y oligarquía (donde gobernaba un grupo de personas buscando su bien particular); república (donde gobernaba la mayoría de personas buscando el bien común) y democracia (donde gobernaba la mayoría de personas buscando su bien particular).

Claramente, la diferencia de fondo que traza Aristóteles entre las buenas formas de gobierno -monarquía, aristocracia y república- y las formas degeneradas de gobierno -tiranía, oligarquía y democracia- es que en las primeras el poder está estrictamente limitado y subordinado a mantener las bases de la convivencia y de la cooperación social dentro de la comunidad política, mientras que en las segundas el poder es irrestricto y va dirigido a que una parte de la comunidad política explote y parasite al resto.

JUAN RAMÓN RALLO

La socialdemocracia europea se construyó sobre un consenso ideológico profundamente antiliberal, hijo bastardo del pacto silente entre comunistas y fascistas. Sin embargo, la administración de esa socialdemocracia consensuada recayó sobre unas élites presuntamente tecnocráticas que renunciaron a cualquier discurso ideológico en aras del turnismo gubernamental. Ningún partido mayoritario osó jamás disputar las bases de ese consenso, dando la batalla de las ideas y de los valores: al contrario, se limitaron a asimilarlo con el propósito de maximizar sus opciones de acceder y mantenerse en el poder. De hecho, todos aquellos que lo combatían, que pugnaban por plantear un debate más de fondo cuestionando la esencia misma de los valores y las ideas socialdemócratas, eran directamente tildados de antisistema: cuando, en verdad, los mayores antisistema eran aquellos que se obstinaban en blindar un sistema claramente fallido.

A la postre, semejante circo político funcionó mientras la calidad de la gestión socialdemócrata no era cuestionada por el conjunto de la población. Mas en cuanto el pan ha comenzado a escasear, ha bastado con que unas pocas formaciones de inspiración fascista o comunista articularan un discurso mínimamente ideologizado para que la fallida tecnocracia se ponga a tiritar. No sólo en España, sino en casi toda Europa.

Acaso muchos opten por responsabilizar a la crisis del ascenso de formaciones filocomunistas y filofascistas. Y, ciertamente, la falta de pan tiene su porción de responsabilidad. Pero el problema de fondo es otro: si la mayoría de la población asocia crisis con la necesidad de un mayor antiliberalismo es porque las ideas antiliberales llevan décadas siendo absolutamente mayoritarias en Europa; es decir, si la incertidumbre trata de combatirse con mayor estatismo es porque hemos interiorizado el discurso de que el Estado es providente y la libertad una amenaza. A diferencia de otras etapas históricas, nuestro problema no es que el Leviatán haya aprovechado la crisis para crecer, sino que la mayor parte de la población le ha implorado al Leviatán que crezca.

ciudadeuropeaMAURICIO ROJAS 

Me han encomendado una tarea difícil, porque hablar de Europa es hablar de muchas cosas, Europa tiene muchos rostros, es muy diversa y hay que decir, en primer lugar, que no todo es crisis en Europa.