EDUARDO BOWLES
Los sindicatos son buenos en cualquier sociedad. Son grupos de presión, son organismos que defienden intereses particulares ya sea de un sector social, de una rama empresarial, de los trabajadores, de una minoría etc. Es bueno que sean agresivos y dinámicos haciendo respetar las leyes, buscando el mayor beneficio posible para sus asociados, exigiendo justicia y reclamando mayores niveles de democracia. Cuando un sindicato obtiene una conquista en forma de derecho, la ganancia suele extenderse hacia otros ámbitos y en ocasiones hasta pueden lograr el ansiado bien común, la razón de ser de cualquier sistema político.
AXEL KAISER
A muchas personas el mero hecho de formular esta pregunta les parece inaceptable. Evidentemente, piensan ellos, la desigualdad es un problema. Como diría la presidenta Bachelet: la desigualdad es nuestro “gran enemigo”. La declaración de Bachelet, sin duda en sintonía con el Zeitgeist, no es irrelevante. Como advirtiera John Stuart Mill, el clima de opinión intelectual define en buena medida la evolución institucional de un país y puede tener consecuencias desastrosas. De ahí que sea pertinente examinar el postulado igualitarista críticamente de modo de establecer qué es realmente lo que ataca y qué es lo que propone.
Como primera cuestión, este ejercicio requiere analizar cuál es el origen de la desigualdad. Y este no es otro, como notó Jean Gustave Courcelle-Seneuil hace un siglo y medio, que la naturaleza humana. Todos somos diferentes, es decir, desiguales. Nuestros talentos, capacidades, inteligencia, disposición al esfuerzo y los demás factores que definen nuestro ingreso varían de una persona a otra. En una sociedad de individuos libres estas desigualdades afloran permitiendo que cada uno haga el mejor uso de los talentos, suerte y capacidades de que dispone para servir a otros. Esto es lo que se conoce como principio de división del trabajo que Adam Smith explicara tan magistralmente en La Riqueza de las Naciones, obra poco leída por liberales y aun menos leída por los críticos del liberalismo.
Bajo un “sistema de libertad natural” como lo llamó Smith, habrá algunos que serán panaderos, otros ingenieros, habrá abogados, herreros, profesores, deportistas, campesinos, obreros, etc. También habrá muchos que cambien de profesión en el camino mientras otros comenzarán pobres y terminarán ricos y viceversa. En este sistema los ingresos variarán de acuerdo a la valoración que el resto de los miembros de la sociedad hace del aporte de cada persona. Se trata de un sistema que satisface necesidades y deseos ajenos y en el cual los méritos no juegan ni pueden jugar un rol relevante. Cuando usted va a comprar carne de cerdo no le interesa saber si el carnicero fue personalmente a cazar, cuchillo en mano, un jabalí en la montaña o si el animal fue producido en masa con mínimo esfuerzo
ORLANDO J. FERRERES
El cristianismo ha sido el factor fundamental en el desarrollo de Occidente. La creación de las universidades, el tratamiento de muchos temas científicos - sobre todo su aplicación a la producción-,el derecho internacional, la caridad cristiana, la tradición moral cristiana, la viva creencia en la razón, son algunas de las claves del desarrollo de Occidente.
La forma de razonar de manera tal que los conceptos concuerden con la realidad concreta que se analiza, se desarrolló en la antigüedad, de manera progresiva y en varios lugares, pero sobre todo en Grecia. En los tres tomos de la compilación de textos efectuada por Conrado Eggers Lan y Victoria Julia, Los Filósofos Presocráticos (1978), se describen las principales ideas de autores griegos anteriores a Sócrates que se adelantaron en la compresión del universo y que hicieron los primeros ensayos de ciencia y de filosofía.
La filosofía, según ellos, sería el estudio del Universo como unidad y como multiplicidad y llamarían ciencia a otros estudios de validez universal, pero sin referencia al mundo como totalidad. La razón, ese ente que la naturaleza en sí no posee, salvo el hombre, ha sido un factor clave para entender y desarrollar el mundo. Todos conocemos la influencia de pensadores como Sócrates, Platón, Aristóteles y muchos otros, influencia que incluso llega hasta nuestros días. Y no solo griegos sino también de otras regiones, aunque en este artículo estamos refiriéndonos solo al pensamiento y logros del mundo Occidental.
Un paso muy importante que se dio en el siglo XII fue el de la creación de las universidades
En los primeros siglos de nuestra era, el pensamiento griego no continuó con el mismo empuje que presentó en los cuatro siglos anteriores a Jesucristo y aún antes. Pero se logró un empalme intelectual que, por otros caminos, continuó con el desarrollo de los conocimientos. Cuando se cerró la Academia fundada por Platón en Atenas en el año 529, San Benito, también en el 529, inauguró Montecasino, el primero de los monasterios desde donde se continuó con la obra de estudiar y conservar la sabiduría de Occidente.
MARCOS AGUINIS
A Mario Vargas Llosa, en una de sus visitas a Buenos Aires, le preguntaron si era progresista. Sonó agresiva la consulta, como si se infiriese a priori que no lo era. Así se desnudaba antes a quien era negro, judío, gitano, homosexual o alguna de las muchas condiciones que se discriminaban (y discriminan) en el mundo. Ahora, no ser "progre" implica un estigma infernal. El escritor se limitó a una respuesta educada. Hubiera sido conveniente que preguntase a la entrevistadora qué entendía ella por progresismo . Entonces le hubiera transferido la carga de explicar algo que se ha convertido en un nudo gordiano.
En efecto, el progresismo se asocia a los partidos políticos llamados de izquierda, en oposición a los conservadores, llamados de derecha. Preconizan el progreso (valga la redundancia) en todos los órdenes. Pero resulta que muchos de los partidos y líderes que se proclaman de izquierda llevan a cabo políticas crudamente opuestas al progreso: tiranizan sus naciones, cercenan la libertad de opinión, generan pobreza, someten la justicia a los miserables intereses del grupo dominante, son hipócritas, desprecian la dignidad individual, corrompen la democracia, quiebran la recta senda del derecho y otras calamidades por el estilo.
No obstante, por el hecho de proclamarse "de izquierda" o "progresistas", quedan protegidos por el escudo de una excepcional impunidad. Sin ese escudo, hubieran sido objeto de impugnaciones muy severas. Imaginemos que el gobierno actual de Venezuela estuviese compuesto por figuras que no se llaman a sí mismas "progres" y se las considerase "de derecha". Y que, como el actual, haya surgido de elecciones poco claras. Supongamos que un gobierno desprovisto del maravilloso título de "progre" cercena el disenso, mete en la cárcel a los opositores, cierra medios de comunicación que le resultan molestos, reprime manifestaciones en las que mueren decenas de ciudadanos en la calle.
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