ROBERTO ORTIZ
Durante el siglo XX, la manera preferida de los partidos comunistas para establecerse en el poder totalitario y eliminar la posibilidad de una oposición alguna era la revolución violenta, porque permitía pulverizar las instituciones y personas que daban forma a la sociedad. Así fue en Rusia, en China y en todos los países capturados por el comunismo en ese siglo. Al terminar la revolución, la potencial oposición ya estaba muerta.
En el siglo XXI y específicamente en el caso de Bolivia, el gobierno de Evo Morales inserta su sistema de gobierno de una manera mucho más atractiva e inteligente, algo parecida a la manera en que Hugo Chávez y Fidel Castro lo hicieron en sus países.
ANDRÉS GÓMEZ
Los revolucionarios de siglos pasados pelearon contra los reyes para acabar con el gobierno de los hombres y establecer el gobierno de las leyes. Cansados de la "ley del espermatozoide” o la "ley de la sangre”, propusieron la Constitución como límite al poder.
En ese tren, de principio establecieron dos reglas básicas: separar al gobierno del Estado (para que nadie diga el Estado soy yo, sino que sea la sociedad jurídicamente organizada) y fijar un periodo racional de duración de una gestión de gobierno.
Ambos planteamientos fueron una respuesta al sentido vitalicio de los emperadores en el poder y sus hijos, quienes eran Estado y gobierno a la vez; entonces, nacían para el cargo y morían con el cargo sin fiscalización de ninguna naturaleza. Para democratizar el acceso al poder, los liberales revolucionarios cambiaron de soberano, coronaron al pueblo en lugar de una persona, cuyo único mérito era ser rey. Desde ese momento, el poder de decisión sobre la conformación de un gobierno y el futuro de un Estado pasó a cada ciudadano.
De este modo, el liberalismo planteó un voto un ciudadano. Obvio, en un principio, ese voto se pesaba en billetes o en bienes. Luego se convirtió en la avenida por donde iban a transitar las democracias durante siglos para facilitar el camino hacia la toma del poder a todos los osados, sin importar su condición de clase, sexo o "color de sangre”.
Ya en la baja edad media los revolucionarios, que por si acaso no eran socialistas, habían discutido y planteado que para llegar al poder era necesario tener libertad de pensar y libertad para expresar ese pensamiento mediante palabras, libros, periódicos, muros. Por supuesto, imposible hacer política sin libertad de expresión y menos tomar el poder. Y los liberales lo cristalizaron poco a poco, cincelando la historia.
JAVIER PAZ
El filósofo escocés John Locke (1632-1704) es considerado el padre del liberalismo, por su extensa obra sobre los límites a los que debe ser sometido un gobernante y el derecho de los individuos a la vida y a la propiedad. Locke también escribió una obra abundante sobre la tolerancia.
Otros pensadores liberales como Adam Smith, John Stuart Mill, Friedrich Hayek o Karl Popper también escribieron extensamente sobre la importancia de practicar la tolerancia en la sociedad. Los primeros liberales, aquellos que no conocieron la palabra ‘liberalismo’ como Locke y Smith, pero que consideraban la libertad como un valor supremo, propugnaban la tolerancia principalmente refiriéndose a la tolerancia religiosa, ya que la Europa de su época estaba plagada de guerras civiles e internacionales por las luchas entre protestantes y católicos.
JUAN RAMÓN RALLO
Sostiene el parlamentario socialista Pedro Saura que “para muchos, entre los que me encuentro, acabar con la desigualdad ha sido y es un compromiso moral y permanente en nuestras vidas”. Su opinión es compartida por muchos, para quienes la igualdad posee un valor social intrínseco que legitimaría la utilización de medios escabrosos para alcanzarla. Pero no: la igualdad es una legítima preferencia personal como pueden serlo muchas otras (promover el estudio del siglo de oro español, dar a conocer los placeres de la cata de vino, extender el uso de ciertas normas de protocolo y etiqueta social, etc…) que, sin embargo, no sirve para justificar la coacción sobre terceros.
A la postre, en cualquier sociedad no absolutamente identitaria habrá desigualdad, a saber, habrá diversidad entre los individuos en materia de belleza, locuacidad, inteligencia, fortaleza, carisma, valentía, preferencias y, también, renta y riqueza. La libertad de actuación —de tomar decisiones con consecuencias divergentes— nos hace desiguales. Por consiguiente, la absoluta igualdad (donde todos fuéramos absolutamente iguales en todo que nuestro vecino) no sólo es imposible, sino indeseable: la diversidad de preferencias individuales implica la metapreferencia a que no todas las preferencias se reduzcan por la fuerza a una misma (o dicho de otro modo, si redujéramos la diversidad de preferencias a una identidad de preferencias, todos saldríamos perdiendo con excepción de aquellas personas cuyas preferencias individuales coincidieran inicialmente con la nueva escala de preferencias idéntica para todos).
Page 49 of 80