H. C. F. MANSILLA
Los propagandistas del régimen actual afirman que vivimos un proceso de cambio. Su fuerza de atracción, su innegable popularidad y su capital político-electoral radican, sin embargo, en lo contrario: en la capacidad del régimen de preservar y promover las corrientes político-culturales que vienen de muy atrás. La cultura del autoritarismo, el paternalismo y el centralismo sigue representando uno de los pilares más sólidos de la mentalidad colectiva boliviana, y esta cultura no ha cambiado en los últimos tiempos.
El modelo sociopolítico del presente es el legítimo heredero de las tradiciones más arraigadas en suelo boliviano, incluidos los legados político-culturales de origen indígena. Para mantener y ampliar su capital electoral, el actual gobierno proseguirá con la intensificación de las prácticas políticas conservadoras. Digo conservador en sentido de rutinario, convencional y a veces frívolo, provinciano y pueblerino y, ante todo, autoritario, paternalista y prebendalista. Esta herencia cultural se ha transformado en una mentalidad antidemocrática, antipluralista y anticosmopolita y en una visión acrítica, autocomplaciente y edulcorada de la propia realidad. Que es, después de todo, lo que gusta a la mayoría de la población.
Para utilizar en su provecho estas tradiciones, el régimen no ha necesitado mucho esfuerzo creativo intelectual, sino el uso adecuado y metódico de la astucia cotidiana. El accionar del gobierno ha sido facilitado por una mentalidad colectiva que tiende a la reproducción de comportamientos anteriores, muchos de ellos de carácter verticalista. Por ello se explica la facilidad con que se imponen el voto consigna, el caudillismo personal del Gran Hermano y el descrédito de los que piensan de manera diferente.
JAVIER PAZ
Cuando hablamos de derechos humanos, es importante entender qué significa decir que la libertad de expresión es un derecho. Le impone al Congreso la prohibición de legislar sobre religión o que coarte la libertad de expresión y de prensa. Es decir que la primera enmienda de EEUU prohíbe al Gobierno hacer leyes o tomar acciones que limiten la libertad de los ciudadanos de emitir su opinión, de poseer medios de prensa y de reunirse pacíficamente. La primera enmienda establece la libertad de opinión como un derecho negativo que limita al Estado. Así lo pensaron quienes la redactaron y así la entendieron quienes después, en otras naciones, establecieron sistems republicanos de gobierno basados en la protección de las libertades civiles y políticas.
ROBERTO ORTIZ
Será por su historia encantadora plasmada en libros o por la manera enamoradiza en que lo discursean, que el socialismo se ha apoderado de muchas mentes, brillantes incluso. Sin embargo, es muy cierto que el papel aguanta todo, incluso lo que el señor Karl Marx y otros personajes con anhelos ilusorios escribieron en el siglo XIX.
Estas ideas, que tal vez fueron escritas de buena fe, como la igualdad entre las personas, en un país donde reinasen la felicidad y la buena vida, han sido motivo, a pesar de su supuesto fin, de innumerables reformas constitucionales, golpes de Estado, dictaduras, guerras multinacionales y, sobre todo, numerosos genocidios, todo a costa de alcanzar el maravilloso sueño que libros como El capital aseguraban ser posible.
H.C.F. MANSILLA
La modernidad es la sociedad de la industria, de la urbanización, de la racionalización de la vida cotidiana, de la diferenciación y especialización de funciones, pero también la del crecimiento gigantesco de la producción y del despilfarro equivalente de los recursos naturales. En los países del Tercer Mundo la modernidad es la época del incremento exponencial de la población y de los problemas anexos. También en las periferias mundiales la modernidad causa el florecimiento hipertrófico de la burocracia, la despersonalización de las relaciones humanas, la incertidumbre sobre el futuro, el descrédito de las utopías, la transformación de la experiencia del tiempo y la obsolescencia de los sistemas religiosos (con la excepción del ámbito islámico).
Una de las pérdidas más deplorables que conlleva el fin de la era premoderna es la disolución de los llamados vínculos primarios. La familia extendida, las jerarquías sociales basadas en el prestigio histórico, los sistemas de solidaridad recíproca, la amistad espontánea y los contextos de estabilidad afectiva están en franca decadencia y también en el Tercer Mundo son reemplazados por la educación universal, las pautas uniformes de comportamiento, la disciplina de la oficina y la fábrica y por las relaciones interhumanas dominadas por el frío cálculo de la conveniencia.
La modernidad ofrece más opciones, pero restringe la cantidad y la calidad de los lazos afectivos, los que, después de todo, son indispensables para la formación de identidades razonables. A pesar de su infinitamente mayor libertad de elección, la sociedad moderna despliega con frecuencia rasgos patológicos al rehusar a sus ciudadanos el calor humano y al exigirles al mismo tiempo la internalización eficaz y exhaustiva de un número muy elevado de normas, cuya transgresión es penada de manera menos brutal, pero más eficiente que en las comunidades tradicionales.
El desarrollo contemporáneo del Tercer Mundo está igualmente determinado por las alienaciones modernas, pero estas naciones periféricas carecen (aun) del espíritu crítico necesario para percatarse de que las bendiciones de la modernidad son de índole ambivalente. Están obstinadas en dejar atrás su infancia en el lapso de tiempo más breve posible, pero se olvidan de que este período de crecimiento ─ del cual ahora se avergüenzan como de un estadio de pobreza y atraso ─ representa la época de la fantasía creativa, del contacto inmediato con la propia naturaleza y de los impulsos espontáneos más nobles. La pérdida de este tipo de infancia es también una historia universal de la decadencia que puede desembocar en la catástrofe.
El progreso material y el disciplinamiento correspondiente producen el ya aludido quebranto de la policromía socio-cultural, conculcando el legado más valioso de la tradicionalidad, que es la diversidad en la organización político-institucional y en las pautas de comportamiento. La enérgica propensión en todo el Tercer Mundo hacia la adopción de los parámetros metropolitanos de desarrollo, que implican lo normalizado y centralizado, ha desprestigiado las propias tradiciones culturales en las periferias mundiales y las ha convertido en un asunto folklórico de los estratos de menores ingresos y oportunidades de educación. Si bien es cierto que este proceso ha debilitado al mismo tiempo odiosos privilegios convencionales, ha diluido valores irracionales de orientación y ha abolido desigualdades jurídicas, también ha denigrado la idea de lo positivo en la heterogeneidad, ha desprestigiado el estilo de vida rural y provinciano y ha imposibilitado la formación de algo que dé sentido transcendente a la existencia humana y a los valores éticos y estéticos.
A ciencia cierta no se sabe todavía si la modernidad realmente compensa los sacrificios colectivos que demanda (entre los cuales se hallan la supresión de individuos anárquicos, la eliminación de comportamientos socialmente anómalos, la mitigación de regionalismos exorbitantes y la terminación de lo que ahora es considerado como anacrónico), y esto conforma una cuestión que puede ser dilucidada a la vista de otros procesos evolutivos que actualmente tienen lugar en el Tercer Mundo y que han sido prefigurados por el desenvolvimiento de las sociedades metropolitanas.
En Asia, África y América Latina el desarrollo acelerado ha tenido lugar mayoritariamente a partir de la Segunda Guerra Mundial. En un lapso de tiempo de una brevedad excepcional a todo lo largo de la historia universal, la modernización de estas naciones ha conseguido éxitos innegables (como la industrialización de sociedades de Asia Oriental, que habían permanecido estáticas durante siglos o milenios), pero también ha causado daños ecológicos irreparables a escala planetaria, ha originado aglomeraciones humanas realmente monstruosas, ha dilapidado recursos naturales que tardaron eras geológicas en formarse y, en la mayoría de los casos, no ha logrado brindar un sentido existencial a las dilatadas masas arrancadas precipitadamente de sus raíces tradicionales.
Todo esto conduce a que los extensos procesos de disciplinamiento colectivo hayan perdido el aura de lo históricamente forzoso, positivo y hasta virtuoso; la política misma, en cuanto el esfuerzo colectivo por excelencia, emerge ahora como una actividad de importancia relativa, puesto que su capacidad para "transformar el mundo" y para inducir cambios sociales relevantes sería muy limitada.
*Filósofo, escritor y cientista social
Tomado de eju.tv
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