CARLOS BALL
En casi toda América y Europa Occidental se vive una nueva era de crecimiento del intervencionismo gubernamental y de la burocracia. El déficit del gobierno de EE.UU. aumentó de 3 por ciento del PIB en el último año del gobierno de G.W. Bush a más de 10 por ciento hoy.
Los líderes políticos ganan popularidad entre los grupos receptores de nuevos privilegios, mientras que todos los demás pagamos por esos privilegios con más impuestos, mayor inflación o con una combinación de ambos males. La caída del poder adquisitivo de las monedas es la vía escogida por muchos políticos porque los votantes no suelen culparlos de eso y porque parte del costo se traslada a la próxima generación. Como nos lo explicó brillantemente Milton Friedman, la inflación es un impuesto escondido.
Un aspecto grave del problema es que en la medida que aumenta la burocracia menos conexión existe entre los ciudadanos y el gobernante. Esto tiende a perjudicar a la mayoría, pero favorece a ciertos y determinados grupos que pagan por los servicios de cabilderos, encargados de influenciar tanto las decisiones burocráticas como la redacción de nuevos reglamentos y leyes que se discuten en los concejos municipales, las legislaturas estatales y en el congreso nacional. En la medida en que se multiplican las leyes, las ordenanzas, las licencias, los reglamentos y los permisos queda más expuesto el ciudadano porque resulta imposible conocer y llegar a comprender toda esa maraña de disposiciones legales que coartan la libertad individual.
AARON ROSS POWELL y TREVOR BURRUS
Incluso si tratamos de ignorarla, la política influye en gran parte de nuestro mundo. Para los que prestan atención, la política invariablemente lidera en los periódicos y noticieros televisivos y se discute, o grita, en dondequiera que se reúne la gente.
ARMANDO MÉNDEZ
Una verdad a medias es conocida la expresión de Rosseau: “El hombre nace bueno, la sociedad lo corrompe”. Las artes y la civilización serían el origen de la corrupción y de la desigualdad. Comparto lo primero. No quepa duda de que el hombre nace bueno. Mire a un niño, sentido racional de maldad: ninguno. Todo es permanente actividad, descubrimiento y adquisición de conocimiento. Repetición de lo que otros niños mayores hacen. Éste es el proceso de evolución individual de toda persona humana.
Si aplicamos los conocimientos de la estadística se diría que los niños se distribuyen en una función estadística normal, tipo “campanada de Gauss”, donde los anormales se encuentran en las colas. En un extremo se ubican los genios, en el otro, los defectuosos, ambos minorías. Seguramente más del 95 % de la población se encuentra en la parte calificada como normal.
MAURICIO ROJAS
Chile y Argentina nacieron a la vida independiente como hijas de un impulso libertador común. Naciones hermanas a las que, sin embargo, la vida separaría hasta convertirlas en paradigmas antitéticos: el del progreso, Chile, y el del eterno retorno del fracaso, Argentina.
Hace poco presenté en Buenos Aires mi libro Argentina: breve historia de un largo fracaso, donde analizo los males que llevaron su triste destino a un país que parecía tenerlo todo para ser inmensamente próspero. A diferencia del debate argentino habitual, tan pendiente de sus grandes caudillos, mi análisis destaca las causas que posibilitaron la aparición de esos personajes lamentables y que hacen que la historia se repita en un país que parece condenado a no aprender ni olvidar nada.
Esas mismas causas explican la radical distancia que hoy separa a Chile de Argentina. La primera surge en los años que siguieron a la independencia. Durante medio siglo Argentina se desangró en guerras civiles que forjaron su manera típica de hacer política: la movilización de la patota armada, la hueste del caudillo-estanciero que asaltaba el Estado para luego, desde el poder, asaltar la sociedad... Su figura arquetípica fue Juan Manuel de Rosas, el más bárbaro de los muchos tiranos que Argentina ha conocido. Desde entonces y hasta los Kirchner, la política argentina normalmente ha estado dominada por caudillos y mafias, lejos de la legalidad y de la decencia. Chile se hizo república de una forma muy distinta. Selló rápidamente la paz interior, edificó un sólido Estado de Derecho y su arquetipo político no fue un caudillo sino un estadista: Diego Portales. Sus instituciones son, junto con las de Uruguay, de lejos las más sólidas y menos corruptas de América Latina.
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